CONTRATAPA

Una deuda con Haití

Por Alicia Oliveira

La Argentina decidió enviar tropas a Haití. En el debate parlamentario unos dijeron que era una forma de cumplir órdenes de los Estados Unidos. Otra posición fue que las tropas ayudarán a mantener la paz y van a colaborar en el proceso de institucionalización. Pero hay un dato histórico que debe ser incorporado: la Argentina tiene una deuda con Haití.
El 9 de junio de 1956 un grupo de militares y civiles se levantó en armas contra el gobierno militar que presidía Pedro Eugenio Aramburu. Decían, en su proclama, que querían restablecer en el imperio de la libertad y la justicia al amparo de la Constitución y de las leyes. Los jefes militares de este movimiento eran los generales Juan José Valle y Raúl Tanco.
La tentativa de restablecer el orden constitucional fracasó y el castigo no se hizo esperar. Fueron detenidas cientos de personas –que sufrieron todo tipo de torturas– y ejecutadas 27.
El general Valle fue fusilado en la Penitenciaría Nacional sin que se le permitiera despedirse de su mujer y de su hija. Sólo le dejaron enviarle una carta. Rescato este fragmento: “No me dan tiempo para despedirme de ti con un gran beso. Aquí te lo envío. En los últimos momentos no quiero tener amargura con los hombres que se olvidan de todo lo que es humano”.
El general Tanco y seis personas más, civiles y militares, buscaron refugio en la embajada de Haití. El embajador Jean Brierre hizo conocer a la Cancillería argentina la concesión del asilo y el nombre de los asilados.
El 14 de junio, el embajador se dirigió a la Cancillería para seguir tratando la situación de sus protegidos. Apenas salió de su residencia, varios automóviles estacionaron frente a ella. De los autos descendieron alrededor de veinte personas empuñando pistolas y metralletas. Desarmaron al custodio de la residencia. Allí les quedó el camino expedito y se introdujeron en la casa. Mediante amenazas, golpes y gritos a la esposa del embajador y su empleada lograron secuestrar a los asilados. Al mando de este grupo conocido como “comandos civiles revolucionarios” se encontraba el general Quaranta, quien estaba en actividad y era jefe del Servicio de Inteligencia del Estado.
A medida que los sacaban de la casa los iban colocando contra la pared, mientras los comandos civiles aprestaban sus armas para ejecutarlos en el lugar. Lo que impidió que siguieran fue que la mujer del embajador salió a la calle y a los gritos pidió ayuda a los vecinos, que salieron de sus casas. Advertido de que habría demasiados testigos para cometer un asesinato, Quaranta detuvo un colectivo que pasaba, hizo descender a los pasajeros y subió a los secuestrados. De allí se encaminó al Primer Cuerpo de Ejército. Al llegar al lugar los apresados fueron identificados y se les retiraron sus efectos personales, colocados en sobres. El de Tanco decía: “Pertenencias del que en vida fuera el general Tanco”.
La señora del embajador denunció el hecho a las agencias de noticias internacionales y se comunicó con la Cancillería de su país. Cuando su esposo, el señor Brierre, regresó, formuló una enérgica protesta solicitando la búsqueda de los secuestrados.
Cuenta Salvador Ferla en su libro Mártires y verdugos que el argumento del embajador fue éste: “No porque Haití sea una nación pequeña va a permitir semejante atropello. Por el contrario, los pequeños países deben ser respetados escrupulosamente porque son pequeños. Para que el derecho sea un imperativo moral y no de fuerza”.
A las 22, Brierre ingresó al Primer Cuerpo y rescató a los asilados. Así, siete argentinos escaparon al terrorismo de Estado gracias a que un diplomático y su mujer siguieron el principio de que los derechos humanos no se declaman, se actúan.

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