CONTRATAPA

Los de afuera no son de palo

 Por Juan Gelman

Viktor Yuschenko reclama ahora a las potencias extranjeras que no se inmiscuyan en las nuevas elecciones que tendrán lugar en Ucrania el próximo 26. Esta demanda sería apenas hipócrita si no fuera sumamente hipócrita. Hace un año que la Casa Blanca, escoltada por la Unión Europea, trabaja con empeño para que el líder naranja sea presidente de la ex república soviética. El comentarista Ian Traynor reveló los mecanismos de esa estrategia (The Guardian, 26/11/04): la campaña pre y poselectoral de Yuschenko –señala– “es una creación estadounidense, un ejercicio perfeccionado y brillantemente concebido de mercadeo masivo que en los últimos cuatro años se utilizó en cuatro países para manipular sus elecciones y terminar con regímenes molestos”. Organizado y financiado por el gobierno norteamericano –que movilizó a decenas de consultores, encuestadores, diplomáticos–, por institutos de los dos partidos que se turnan en el poder y por ciertos organismos no gubernamentales parabushistas, dicho ejercicio se aplicó por vez primera en Europa en el año 2000 para derrotar a Milosevic en las urnas. Se empleó el año pasado en Georgia y consiguió el revés que sufrió Shevardnadze, fracasó en Belarús en el 2001 –ganó el hombre fuerte del país, Alexander Lukashenko–, pero todo sirve para acumular experiencia.
El Centro de Resistencia No Violenta de Belgrado viene puliendo esa variedad de “golpe blando” desde el 2000. Lo integran jóvenes surgidos del movimiento estudiantil anti Milosevic que se llamó Otpor (“Resistencia”). El movimiento similar se autobautizó Khmara en Georgia y el que funciona en Ucrania, fundado en abril de este año, se denomina Pora (“Tiempo”). Varios miembros del Centro belgradense se instalaron en Ucrania en las últimas semanas. “Encuestadores y consultores profesionales –informa Traynor– organizan grupos de activistas y compilan datos electorales para planear la estrategia.” En lo que hace a los partidos políticos locales, tratan de unir a las distintas fracciones de la oposición detrás de uno solo de sus candidatos, el que más posibilidades tenga de triunfar. La Freedom House de George Soros y el Instituto Demócrata Nacional contribuyeron a financiar “el esfuerzo más vasto de supervisión electoral” que se conoce: más de mil observadores fueron enviados a Ucrania. Entre otras cosas, realizaron encuestas a boca de urna que la noche del domingo 21 de noviembre, día de la segunda vuelta, daban la victoria a Yuschenko con una ventaja de 11 puntos sobre su tocayo y rival, el oficialista Yanukovich. Es notorio que estas encuestas sirven a la oposición para tomar la iniciativa en el terreno mediático y como base para cuestionar un resultado adverso.
El analista John Laughland (The Guardian, 27/11/04) bucea en otras cuestiones que los medios de Occidente no se ocupan de informar: “En Kiev ha habido grandes manifestaciones de apoyo al primer ministro Yanukovich, pero no las muestran en nuestros televisores; cuando se admite su existencia, se denigra a los partidarios de Yanukovich calificándolos de ‘acarreados’. Las manifestaciones a favor de Yuschenko cuentan con iluminación de láser, pantallas (de TV) y equipos sonoros de tecnología avanzada, conciertos de rock, tiendas de campaña y una enorme cantidad de ropa color naranja; y nos engañamos a nosotros mismos diciendo que son espontáneas”. Está claro que los muchachos de Pora no andan escasos de dinero a pesar de la crisis económica ucraniana. Y luego: Yuschenko obtuvo más del 90 por ciento de los votos en tres regiones, Yanukovich en dos. Laughland señala que en Occidente se vocifera que estos resultados “prueban el fraude electoral” del último, pero el del primero, no. El nuevo presidente de Georgia, Mikhail Saakashvili, apoyado por la Casa Blanca, fue elegido con el 96,24 por ciento de los sufragios, una cifra que recuerda los comicios de la era soviética. Ningún observador europeo habló de fraude.
El piadoso manto de Occidente –salvo raras excepciones– también recubre lo de fondo: la lucha entre sectores oligárquicos por tajadas de la economía del país. Yulia Timoshenko, la agitadora Nº 1 de Yuschenko, denostó la corrupción de los clanes en el poder: el dirigido por Yanukovich, que domina importantes sectores de la metalurgia, el carbón y la petroquímica; el de Kiev, encabezado por el jefe de la administración presidencial Viktor Medvedchuk; y el que maneja Viktor Pinchuk, yerno del primer mandatario saliente Leonid Kuchma (El País, 6/12/04). La descripción es exacta. Sólo que la denunciante no mencionó lo que casi nadie menciona: cuando Pavlo Lazarenko fue primer ministro de Kuchma y su hombre en el Banco Nacional de Ucrania era casualmente Yuschenko, que defraudó 613 millones de dólares de créditos del FMI y los repartió entre los amigos de diferentes clanes para adquirir por casi nada industrias estatales privatizadas, ella, Yulia, era directora del Sistema Energético Unico de Ucrania, un consorcio que genera el 20 por ciento del PIB del país. La entonces llamada “princesa del gas” tenía 22 guardaespaldas, un jet y seis helicópteros personales (Matthew Brzezinski, “Casino Moscow”) y fue presa por falsificación de documentos, contrabando de gas y corruptelas varias (BBC, 16/01/01). Se declaró a sí misma “prisionera política” y salió rápidamente en libertad; su esposo fue condenado. En 1999 Yulia fungía de viceprimera ministra del entonces primer ministro Viktor Yuschenko. Otra casualidad, pues.

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