CONTRATAPA

El otro Aleph

 Por Rodrigo Fresán

UNO Una leyenda urbana que jamás me preocupé de verificar, pero ahí está y ahí seguirá por siempre, suele asomar la cabeza cuando –muy de vez en cuando– nos arriesgamos a esa forma bastarda del patriotismo que es el Made in Argentina. Y, sí, tenemos poco de lo que sentirnos orgullosos y entonces –mirando al cielo y con una mano en el corazón– afirmamos que el colectivo, el dulce de leche, la birome y el sistema de identificación por huellas digitales son argentinos (y, casi enseguida, en un susurro culposo y con cara de nada-es-perfecto sumamos a la picana eléctrica a la listita). Y el otro día pensaba que cabría invitar a esta fiesta nacional no la invención científica (que tuvo lugar hace 35 años, o algo así) pero sí la iluminación literaria de Internet o la World Wide Web: ese otro planeta que está en éste, que ya está superpoblado, y que goza y padece de nuestros más carnales problemas traducidos al lenguaje de la invisibilidad eléctrica.
Veamos: en 1944, Jorge Luis Borges se sentó frente a un cuaderno cuadriculado, escribió el título “El Aleph”, y se puso a contar el descubrimiento –en el sótano debajo de un comedor, bajo una escalera, a la altura del escalón diecinueve– de un punto donde convergen todos los puntos del espacio y del tiempo, un artefacto místico con forma de “pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor” y “de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño” y “donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe vistos desde todos los ángulos” y “todas las luminarias, todas las lámparas, todos los veneros de luz”. En la parte más justamente célebre de El Aleph Borges –narrador y protagonista del cuento obsesionado por la idea de recuperar la memoria palpable de la muerta Beatriz Viterbo– enumera todas las muchas cosas que alcanza a ver en la pupila del milagro y concluye: “...vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi el Aleph en la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo”. Lo que Borges –que era ciego– ve entonces es una cabalística versión de internet, ¿no?

DOS Y todo eso –la faceta argentina del bicho– se cayó el pasado martes, cuando se vino abajo todo dominio com.ar. “La pucha, che”, habría dicho Carlos Argentino Daneri –verdadero descubridor de la maravilla en el cuento de Borges– frente a su monitor mientras tomaba la leche con bizcochitos de grasa. El “apagón” virtual –la desaparición absoluta de nuestro país tal como se lo conoce en esa otra dimensión cada vez más pegada y unida a la nuestra– duró unas cuantas horas. Horas durante las cuales los que utilizan la magia sin saber cómo se hace sufrieron ataques de histeria mientras que los que saben mucho sobre cómo se invoca al fantasma en la máquina se preguntaron muy danerianamente qué corno estaba pasando y, de inmediato, propusieron múltiples hipótesis pero ninguna certeza. Porque –lo sabe cualquiera que alguna vez haya tenido a un técnico informático en su casa– a la hora señalada, y más allá de los bonitos diseños Mac y de los manuales escritos en ese esperanto de siglas, todo parece indicar que poco y nada sabemos de lo que sucede cuando estas cosas se descomponen. Y cuando funcionan –como ocurre en los mitos cada vez que hace acto de presencia un Deus muy ex machina– lo mejor, por las dudas, es no manifestar demasiadas dudas. Y, agradecidos, caer de rodillas.

TRES Y à propos de la debacle y en las páginas de este mismo diario, Juan Sasturain hablaba con gracia y elegancia sobre lo verdaderamente preocupante de todo esto. Y es que Borges no le exige a su Borges que entienda el funcionamiento del Aleph porque no hace falta para el magistral funcionamiento de su trama; pero nosotros nos hemos acostumbrado a vivir rodeados de artefactos de los que sabemos poco y nada más allá de su marca. Se dirá que esto fue así siempre y que los antiguos poco y nada sabían del trazado de los continentes o del cosmos. Pero, claro, eran cosas que ya estaban antes del hombre y que seguirán estando luego de que nos desenchufemos en masa. Lo raro de los días que vivimos es que nada y poco sabemos de los ingenios que supimos crear. El aquí firmante no tiene la menor idea de por qué los aviones vuelan o los teléfonos (ese artefacto que en los últimos años ha evolucionado a pulsos agigantados hasta alcanzar la categoría de fetiche sci-fi) suenan para que alguien nos responda del otro lado. Y esto, claro, es sólo el principio de una larga lista y así nacemos y crecemos y nos reproducimos y morimos en el feliz desconocimiento de todo aquello que ahora nos es indispensable. La coartada con la que escudarnos es que, bueno, tampoco sabemos cómo funciona el cerebro que inventó todas esas cosas; y el otro día leí que el más avanzado investigador del tema no es hoy por hoy un neurólogo sino un informático de Silicon Valley, Jeff Hawkins, quien ahora postula, en un libro titulado On Intelligence, que “la principal función del córtex no es generar comportamientos sino hacer predicciones”. Leí todo el reportaje a Hawkins, miré fijo la infografía que acompañaba al texto, y –satisfecho– no entendí una palabra; pero igual me pareció muy interesante. Y mi intelecto educado a base de 2001: Odisea del Espacio sí fijó aquello de Hawkins diciendo que “estoy seguro de que podemos construir máquinas inteligentes que nos superen en dominios concretos del conocimiento”. “¡Chocolate con churros por la noticia!”, exclamaría Carlos.ar Daneri, hombre cuya “actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante”. Y está claro, también, que habitamos uno de esos momentos/bisagra de la Historia donde todo menos nosotros está cambiando; y vaya uno a saber cómo pensarán todos estos niños con –idea hasta hace poco impensable– computadora en el jardín de infantes. Tal vez, quién sabe, al encontrarse a un Aleph lo miren con desprecio y digan: “El mío tiene más memoria”. Y después nos expliquen con su alephiano córtex y con preciso lujo de detalles lo que pasó con el corte del pasado martes cuando dejó de oírse el curvo y cibernético y argentino grito sagrado por los pasillos y habitaciones y sótanos de la ancha red mundial.

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