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Showgirls lanzadas en plan de catarsis

Esta nueva exploración del mundo de las desnudistas surgió de un taller teatral.

 Por Horacio Bernades

Primero en Exótica, más tarde en Showgirls y Striptease, el cine contemporáneo parece haber descubierto de golpe el mundo de las strippers. Mundo de deseos-express, de desnudos, poses y simulacro. Y también de fracasos, corazones destrozados y servidumbres humanas. Todas esas líneas reaparecen en Dancing at the Blue Iguana, producción independiente en la que no faltan actrices de renombre (notoriamente, Darryl Hannah y Jennifer Tilly) y que dirigió el británico Michael Radford, cuya película más famosa sigue siendo ese fabuloso éxito global que se llamó El cartero. En la Argentina, el sello Gativideo lanza en días más Dancing at the Blue Iguana, directo a video y con el título de Historias de la noche.
Tal como informa un cartel final, la peculiaridad de esta nueva exploración en el mundo de las desnudistas es que la película surgió de un taller de improvisación actoral, emprendido por el realizador junto al elenco. Esto da por resultado un guión más centrado en los personajes que en la progresión narrativa, que además les da a todos los miembros del elenco oportunidad de lucimiento en largas escenas, estratégicamente repartidas a lo largo del film. El Blue Iguana es un boliche perdido, al borde de unas de esas autopistas periféricas típicas de los alrededores de Los Angeles. Cada chica tiene su historia, por lo cual el título de la edición local en video no parece desencaminado esta vez.
“Caída del cielo, aquí está Angel”, anuncia el presentador, con pompa literal, cada vez que la rubia Darryl Hannah sube al escenario y empieza a enroscarse alrededor del tubo plateado, tótem que preside esta clase de templos de la noche. Recién salida de una cura de desintoxicación (pero siempre al borde de caer otra vez), Angel tiene una obsesión: quiere ser mamá. Para ello cuenta con dos obstáculos. Uno es su novio, que no parece demasiado apegado a ella. El otro es que hace como seis meses que no tiene relaciones sexuales. Lo cual no le impide fantasear un embarazo, cuando encuentra en el baño un evatest positivo y supone que puede haber sido producto de su propia orina.
La verdadera dueña del evatest es Jo (Tilly), a quien, como es de suponer, el resultado no le hace ninguna gracia. Otras pupilas del Blue Iguana son la asiática Jasmine –que en sus ratos libres visita un taller de poesía–, la recién llegada Jessie –que en busca de complacer a sus semejantes pasa de la lisonja a la fellatio– y la morocha Stormy. Cuyo permanente abatimiento –convenientemente ilustrado con canciones de Leonard Cohen– tiene su origen en que el amor de su vida no es otro que su hermano (Elias Koteas, que ya había estado en Exótica). Este está a punto de casarse, a pesar de lo cual ronda por el lugar. Tanto como para echarle leña al fuego de la desazón, en el que Historias de la noche nunca deja de crepitar.
La maternidad frustrada de Angel, la no deseada de Jo, la búsqueda de aprobación compulsiva por parte de Jessie, la imposibilidad de Jasmine de conciliar sus opuestos y el tabú infringido por Stormy son como las distintas caras que esa desolación emocional adquiere, como ya sucedía en Exótica. Daría la sensación de que el Blue Iguana podría haberse llamado “El Puticlub de los Corazones Destrozados”. Con una buena captación de climas y ambientes (los números de las chicas, los billetes arrugados que los clientes arrojan sobre el escenario, los roces pagos que se celebran detrás de las cortinas), Historias de la noche se hace fuerte en las escenas en que las actrices tienen bandera verde para desplegar sus catarsis. Tanto en los tiempos muertos –en los que las chicas secretan veneno en los camarines– como en los fuertes.
La escena en que Angel se cae del escenario, aquella otra en la que Jessie interrumpe el numerito de dominatrix de Jo, el diálogo confesional de Jasmine con una compañera o el denso encuentro íntimo entre Stormy y su hermano son puntos altos de Historias de la noche. En tren de hacer un balance, en el debe de la película dirigida por Radford habrá que anotar su desmesurada duración (que la acerca a las dos horas de metraje), su engolosinamiento con la sordidez y la caricaturización de algunos personajes. En este último punto, la que sale más perjudicada es Mrs. Hannah, cuya Angel sufre de una innecesaria estupidización. Esta llega al colmo en una escena en la que pide ayuda a un policía caminero sin advertir que en el asiento delantero lleva, bien a la vista, un canutito de marihuana. Por lo cual termina en prisión, de puro pava. Destino sin duda injusto para la actriz a la que Quentin Tarantino acaba de devolverle toda su espesura, con el memorable papel de asesina tuerta que escribió para ella en Kill Bill.

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Darryl Hannah es Angel, una rubia caída del cielo al infierno de las strippers.
 
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