CONTRATAPA

Goldfinger

 Por Juan Sasturain

La ambientación en San Francisco y alrededores californianos permite imaginar la intervención del flaco Dashiell Hammett en la época en que trabajaba de investigador, o suponerlo un misterio a resolver para alguno de sus inmortales detectives: el gordo anónimo de la Agencia Continental o el mismísimo Sam Spade. Los dos se hubieran involucrado con gusto en “El caso del dedo de Nevada”, “El misterio del dedo en los frijoles” o “El dedo que hizo temblar a Wendy’s”. Cualquier título de ésos le cabe a una increíble historia que aún está en curso de resolución.
Todo empezó hace algo más de dos meses, el martes 22 de marzo, en San José, California, en un local de la cadena Wendy’s –la competencia universal de McDonald’s en ver quién es más “fast” y menos “food”–, cuando Anna Ayala, una robusta morocha de 39 años, pidió un plato de frijoles con carne y ají picante y a la segunda cucharada sintió que mordía algo raro. Al sacárselo de la boca comprobó que se trataba de un indudable pedazo de dedo, casi cuatro centímetros de un anular con uña bien cuidada. Anna Ayala pegó un grito.
Lo siguiente que pegó fue una estampilla fiscal en la demanda millonaria que le puso a la cadena con sede regional en Fresno y sucursales en la mitad más uno de los países del mundo. Desde ese día y en las inmediatas semanas, Wendy’s perdió dinero, clientes y credibilidad a un ritmo de centenares de miles de dólares diarios, ya que la noticia del dedo guisado estalló de costa a costa. El 28 de marzo Anna fue a Good Morning, América, un programa de la ABC y aportó precisiones: “Sólo saber que tuve restos humanos en mi boca... Es repugnante”. Claro que sí. Sin embargo, no faltaron los humoristas que recogieron el tema: “Menos mal que no encontraron una mano entera, porque Bush la hubiera mantenido viva con asistencia médica, como a Terri Schiavo”, se dijo. El tema daba para todo.
No se sabe hasta dónde llegó Ayala en sus pretensiones de resarcimiento, pero a las pocas semanas retiró la demanda y alegó estado depresivo: no podía dormir bien, y menos comer con normalidad. Pero no sólo ese recuerdo espantoso la inquietaba. Es que la gente de Wendy’s, mientras perdía clientes y se le enfriaban las hamburguesas sobre la plancha, no se detuvo. Primero investigó dedo a dedo a empleados y proveedores: no faltaba nada. Después, sus abogados se pusieron a mirar con lupa los antecedentes de Anna Ayala y descubrieron que la muchacha de Las Vegas –saltó de Nevada a California para masticar tranquila– había recorrido en los últimos años un largo camino de denuncias que incluían demandas a un patrón por abuso sexual, contra un concesionario de coches por la pérdida de una rueda de su auto y de treinta mil dólares al comedero El Pollo Loco por una descompostura de su hija menor. Lo suyo era casi un estilo de vida.
El caso dio un vuelco cuando la empresa fue a los medios. Una vez verificado que el dedo no había sufrido las tres horas de cocción –común destino del resto de los ingredientes– y que sus huellas digitales no pertenecían a nadie fichado en California, Wendy’s ofreció primero cincuenta mil y después cien mil dólares a quien ayudara a localizar al mutilado dueño. Ahí ya estaba el caso para Spade.
Los resultados más o menos grotescos no tardaron en aparecer. Primero fue una mujer criadora de animales salvajes de 59 años que “reconoció por televisión” el dedo que le había arrancado semanas atrás una pantera de su elenco estable. Sin embargo, las pruebas de ADN demostraron que ésas no eran las falanges que extrañaba la imprudente Sandy Allman. Y no fue el único caso fallido en estos meses.
Hasta que Pat Hogue, empleado de la compañía de mantenimiento del asfalto de San Francisco, se enteró por la prensa que James Plascencia, de 43 años, que había trabajado con él, era el actual y reciente marido de la mediática Ayala. Ahí pensó en los cien mil verdes, ató cabos y no dudó en afirmar que ese medio dedo era de un compañero suyo operario de grúa, Brian Paul Rossiter, quien se lo había cercenado limpiamente con la puerta de una camioneta pick-up en diciembre último. Hogue les contó al San Francisco Chronicle y a la policía que Rossiter tenía una deuda de cincuenta dólares con Plascencia y que no había vacilado en saldarla entregándole el dedo como forma de pago, suponiendo que él sabría qué hacer con él...
Así, las cosas empezaron a cerrar para Wendy’s y para la policía de dos estados. La semana pasada fueron con orden de arresto directamente a buscar a Anna Ayala y se la llevaron de la pestaña, acusada de fraude e intento de estafa. Le pueden dar siete años. En cuanto a Plascencia, que está en la cárcel por otra causa –no pago de pensión alimentaria– se está investigando su responsabilidad. La policía no duda en que hubo más implicados: si fuera por los de Wendy’s, hasta encerrar al payaso de McDonald’s como autor intelectual, no paran.

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