CONTRATAPA

Sus hijos, los fanáticos

 Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona

UNO El cuento se titula “Mi hijo, el fanático”, está firmado por el inglés de ascendencia paquistaní Hanif Kureishi, se publicó por primera vez en las páginas de The New Yorker y fue recogido en el libro Amor en tiempos tristes en 1997 –Anagrama lo tradujo en 1998– en otra época, en otro planeta.

DOS El cuento de Kureishi transcurre en una ciudad de Inglaterra cuyo nombre no importa. Allí vive Parvez, quien, al principio, está orgulloso porque todo indica que su hijo, Ali, parece ir dejando atrás todas las torpes taras de adolescencia. De pronto, Ali es ordenado y responsable, y parece disfrutar de una nueva forma de felicidad. La satisfacción de Parvez no demora en convertirse en inquietud. Ali –quien sacaba las mejores notas y era muy bueno jugando al cricket– ha dejado atrás a su grupo de amigos y a su noviecita inglesa, y ha tirado a la basura una bolsa llena de compact-discs y videos y libros y ropa de marca. Ali ya no toca la guitarra, y ha arrancado de las paredes de su habitación posters y fotos. Enseguida, el televisor y el equipo de sonido desaparecen. La habitación está casi vacía y las paredes son blancas. Y Ali ha comenzado a dejarse crecer una barba.

TRES Y cuando Parvez le pregunta a Ali qué le pasa, Ali no le contesta. Se limita a mirarlo fijo, con una mezcla de burla y tristeza. Así que Parvez conversa de todo esto con amigos y con clientes y con una amiga cliente: Bettina, una joven prostituta de la que, quizás, esté un poco enamorado y quien, tal vez, está un poco enamorada de él. Parvez le comenta que está preocupado, que tal vez Ali haya vendido buena parte de sus pertenencias para financiar el consumo de drogas. Pero lo cierto es que Ali pocas veces se vio más tranquilo. Bettina le aconseja que preste especial atención a los ojos del muchacho. Es allí donde todo se hace claro, donde no se puede esconder nada. Parvez le comenta que la mirada de Ali es más limpia que nunca. Una noche, al volver del trabajo, antes de acostarse junto a su mujer, Parvez apoya su oreja contra la puerta de la habitación de Ali y escucha algo extraño. Ali está rezando.

CUATRO El mismo Kureishi adaptó el cuento para el cine y –dirigido por Udayan Prasad– fue presentado en Cannes 1997 y despertó las casi siempre insomnes iras de fundamentalistas islámicos en Inglaterra. Dijo Kureishi: “La historia surgió a partir de una imagen: un hombre y una mujer –Parvez y Bettina– conversando en un taxi sobre el hijo del primero. Y lo que más me interesaba del asunto era la ‘novedad’ de un padre siendo más liberal que su hijo; una situación que era exactamente la contraria de la que yo solía escribir hasta entonces. Me pareció que ésta era la mejor manera de contar el auge de un nuevo fundamentalismo. El Islam es una religión poderosa, practicada por millones y controlada por hombres con una inmensa autoridad. De ahí que, me parece, hoy muchos jóvenes ven en este fundamentalismo una forma de protesta contra el liberalismo que abrazaron sus padres al mudarse a los Estados Unidos o al Reino Unido en los años ’50 y ’60. La práctica fundamentalista de la religión les garantiza, además, que no caerán en el consumo de drogas o en bandas callejeras, a la vez que les ofrece un sitio de pertenencia, un santuario: un sentido de identidad y de solidaridad con los suyos. He visto cómo la práctica religiosa ha ayudado a mucha gente a dejar atrás tiempos difíciles; pero hay aspectos del fundamentalismo que me parecen profundamente inquietantes y que dan miedo”.

CINCO Y miedo es lo que empieza a sentir Parvez cada vez que se queda solo con Ali. Miedo a sus ojos limpios y condenatorios de todo lo que hace y piensa. Y es todavía peor cuando Ali habla: “¿No sabes que no es bueno y que está prohibido beber alcohol?”, “El problema está en que te has implicado demasiado en la civilización occidental”, “Los materialistas de aquí nos odian”, “La ley del Islam gobernará al mundo”, “Arderán las pieles de cristianos y judíos”, “Occidente es un pozo lleno de hipócritas, adúlteros, homosexuales, drogadictos y prostitutas”, “Mi gente ya ha soportado suficiente. Si no dejan de perseguirnos tendrá lugar una Jihad. Yo y millones de fieles como yo daremos nuestras vidas por la causa sin importarnos la muerte, porque nuestra recompensa será el paraíso”. Enseguida, Ali le informa que dejará sus estudios porque “la educación occidental cultiva actitudes antirreligiosas”. Y, finalmente, Ali le pregunta a su padre cómo es que no lleva barba o, por lo menos, bigote. Después, Ali dice: “Reza conmigo”.

SEIS Kureishi dice: “A principios de los ’80, cuando visité Pakistán por primera vez, comprendí que el islamismo más extremista comenzaba a ocupar –como ideología política– el sitio donde habían fracasado tanto el marxismo como el capitalismo. Y que funcionaba como una mezcla de slogans, con resentimiento y culpa –la culpa de los que habían dejado atrás sus raíces–, apuntando a un enemigo único: Occidente. El fundamentalismo es una ideología que se ha visto potenciada por la expansión de la cultura occidental a través de videos y satélites. Una protesta contra todo eso. El Nuevo Islam es algo tan reciente como el posmodernismo y –como el racismo– funciona sólo a base de fantasías”.

SIETE “Mi hijo, el fanático” termina con un Parvez perdiendo la paciencia, luego de que Ali insulta a Bettina. De regreso, el padre le da una terrible paliza al hijo, quien, con los labios rotos, escupiendo sangre, “sin miedo en sus ojos”, le pregunta: “¿Y ahora quién es el fanático?”.

OCHO Hasib Hussain, Lindsay Germaine, Mohammed Sidique Khan y Shahzad Tanweer, jóvenes nacidos en el Reino unido, mochilas al hombro, subiéndose a un tren en la estación de Lutton. 7 de julio de 2005. Ahora, diarios y noticieros y políticos y familias y amigos se preguntan –como Parvez– qué pasó, cómo es posible, qué hacer, cómo mirarse a los ojos para encontrar una explicación.
Terminado el cuento y vista la película, la historia continúa.
Sus hijos, los fanáticos.

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