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Achique

 Por Antonio Dal Masetto

El tifón está desatado, la furia de los elementos no da tregua, el barco está haciendo agua, las bombas de achique trabajan día y noche, todo el mundo trata de achicarse al máximo para disminuir los gastos y capear la malaria. Tres esforzados marineros acodados en el mostrador del bar narran sus experiencias.
–Yo me quedé sin trabajo, dejé el departamento y me fui a vivir con mi vieja –cuenta el marinero Rodrigo–. Venía muy cascoteado porque no sólo perdí el laburo sino que mi mujer emigró con los chicos a España. Mi madre tiene 74 años y me recibió con los brazos abiertos. “Ahí está tu camita”, me dijo. Para la cena me preparó la sopa de cabellos de ángel que me gustaba cuando era niño, el postre de vainilla con dulce de leche y chocolate, antes de dormir me contó historias de su abuelo cuando llegó de Europa y en el campo había indios, por la mañana me llevó el desayuno a la cama, café con leche en el tazón grande floreado, pan con manteca espolvoreada con azúcar. Me reconfortó el regreso al calor del hogar, del que me había alejado a los 18 años. Al día siguiente fue la misma sopa, el mismo postre, las mismas historias y al despertar el mismo desayuno. Y así por semanas y meses. Mi mamá siempre esperándome a las ocho de la noche en punto, hora de la cena, y diciéndome: “Tenés que tomar toda la sopa, Rodriguito, que te hace bien”. Y además: “Ponete el pulóver”, “no te olvidés de lavarte los dientes”, “limpiate las uñas”, “no fumés en la cama”, “dejá de leer que es tarde, te apago la luz”, “anoche estuve despierta hasta que escuché la puerta, si viviera tu padre no volverías a esa hora, la próxima vez pongo el pasador y te quedás afuera”. Ayer cuando salía para ver un trabajo me di cuenta de que mientras me besaba me revisaba las orejas a ver si las tenía limpias. Para concluir, señores, puedo decir lo siguiente: a mí esto del achique me produjo una curiosa obsesión, todas las noches sueño con la película El estrangulador de Boston.
–Yo hice una carrera meteórica con el matrimonio –cuenta el marinero Ariel–. Me casé tres veces y cada vez tuve una hija. Una tiene 4, otra 8 y la mayor 14. Me prometí que nunca más armaría un hogar y me mantuve firme incluso cuando conocí a Raquel, que es divina y con la que estoy remetido. Vivo en un departamento antiguo en Parque Lezama y con el achique no pude seguir pasándole plata a mis ex. Las tres perdieron el trabajo, les fue imposible afrontar los alquileres y se mudaron a mi casa con las chicas. Mi novia Raquel también acaba de perder el laburo, está a punto de dejar su departamento y me puso contra la pared: “Sos capaz de vivir con tus tres ex y no conmigo que soy el amor de tu vida”. Tiene razón y no quiero perderla. Tengo que pensar rápido cómo resolver este asunto. Mientras tanto vivo con seis mujeres, cuatro de las cuales tienen novio, las tres adultas y la de 14. Recibo los llamados de los tipos, anoto los mensajes, doy explicaciones, y cuando vienen a buscarlas, ellas me gritan desde el baño que atienda, que deben ser Juan, Pedro, Pablo o José. Y yo voy a la puerta y repito: Dice Zulma que está terminando de maquillarse, dice Matilde que en cinco minutos está lista, dice Dora que se atrasó un poco, dice Karina que viene volando. Y cuando finalmente me quedo solo en casa cuidando a las chiquitas, me digo: Mi querido Ariel, ¿con esto del achique, no te estarás volviendo demasiado moderno?
–A mí también me tocó achicar y enfrentar las consecuencias
–narra el marinero Abelardo–. Hace ocho años que tengo una relación maravillosa con Eloísa. Ella es ensayista y yo, como ustedes saben, soy poeta. Siempre compartimos todo, menos el techo, porque consideramos que la convivencia puede resultar dañina. Pero el achique nos obligó a cambiar de filosofía. Dejamos nuestros departamentos de un ambiente y alquilamos uno un poco más grande para compartirlo y reducir gastos. Algunos mueblesque sobraban los llevamos a un trueque donde conseguimos una estupenda y enorme biblioteca para los libros de ambos. Yo instalé la biblioteca y Eloísa la enceró. Desde entonces pasaron dos meses, ella sigue sacando lustre y yo continúo mejorando los cartelitos para el ordenamiento de los libros. Mientras tanto los libros permanecen en sus cajas. Todos los días estoy a punto de decirle: “Pongámolos en los estantes, Eloísa”. Pero inmediatamente se me presenta la ominosa imagen de mis amados libros mezclados en promiscuo montón con los de otro dueño, de manera que con el tiempo ya no se sabría a quién pertenecen unos y a quién otros. Me acongoja la idea de que en algún momento Eloísa me dispute la propiedad de un libro que yo estoy cien por ciento seguro de que es mío. Y ella debe estar sintiendo lo mismo. Esta es mi turbadora experiencia con el achique.
–Mis queridos hombres de mar –interviene el Gallego–, tómenlo con calma porque el mal tiempo viene para largo, sigan dándole a las bombas de achique, no le escatimen ron al garguero y consuélense recordando que incluso para don Noé, el famoso capitán del arca, se cumplió aquello de que siempre que llovió paró.

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