CONTRATAPA

Verano sin Sol

 Por Leonardo Moledo

Se va agotando, gota a gota, el verano, y pronto nos veremos sumergidos en un otoño gris e impiadoso; no habrá ya ocasión de tenderse en la playa. Mientras lo hacía, perezosamente, y exponía mi cuerpo a la letal radiación ultravioleta que deshace los pigmentos de la piel, y mientras sentía el dulce hormigueo de los fotones energéticos de luz, capaces de romper los enlaces del ADN de mis células y lanzarlas a una loca e imparable carrera de proliferación, me dio por pensar en el Sol. Al fin y al cabo, todos dicen adorarlo, pero... ¿quién se pregunta de dónde sale tanta luz, tanto calor? ¿Quién piensa que el Sol en realidad es una esforzada máquina?

O mejor dicho, un motor, pensé. Como todas las estrellas (el Sol es una estrella cualquiera, inimportante, como casi todas las que vemos cualquier noche en el cielo), sólo que está muy cerca (nunca se me ocurriría tostarme a la luz de alfa del Centauro, una estrella parecida al sol, a 4 años luz.... o, mejor dicho, sí se me ocurrió y lo intenté, pero no me dio resultado). Inimportante, neologísticamente, pero así y todo es una enorme esfera de un millón y medio de kilómetros de radio. ¿De qué? De gas incandescente. ¿De qué gas? Casi enteramente hidrógeno, que en la superficie tiene una temperatura de seis mil grados, y en el centro, de veinte millones. Todo eso pensé, mientras en la playa se oía un mar de radios portátiles transmitiendo música barata.

Me di vuelta, porque ya me ardía la espalda, y vi un espectáculo majestuoso: el mar de gente, de sombrillas y de carpas que se extendía desde la escollera hasta el agua (un horizonte de carpas/ladra muy lejos del mar). ¿Y el Sol? El centro, o el núcleo del Sol, soporta el peso de toda la estrella, y esos veinte millones de grados son los que, justamente, permiten que en el núcleo solar se desencadenen mecanismo de fusión: los átomos de hidrógeno, el elemento químico más simple de todos (y el más abundante en el universo, que está compuesto por más de 90 por ciento de hidrógeno) se fusionan para dar átomos de helio, y en ese proceso una parte de la materia se transforma en energía (según la fórmula einsteiniana e=mc^2) dando luz y calor.

Cada segundo, seiscientos treinta millones de toneladas de hidrógeno se transforman en helio, de las cuales casi cinco millones de toneladas se evaporan como energía, generando una presión hacia afuera capaz de contener el peso de toda la estrella, evitando que colapse sobre sí misma y manteniendo el equilibrio.

Un pelotazo me dio en plena cara y me llenó los ojos de arena. “Pero el equilibrio no durará para siempre”, les dije al grupo de chicos que vinieron como desaforados a buscar la pelota, “el combustible (el hidrógeno), si bien es mucho, no es eterno. En algún momento el hidrógeno se agotará y llegará el momento fatal en que todo el hidrógeno se habrá convertido en helio, y comenzará, lenta, irreversiblemente, la muerte del Sol”. Uno de los chicos se puso a llorar. Me senté.

“Cuando el hidrógeno se agote –seguí–, las capas exteriores empezarán a expandirse (evaporando a los planetas más cercanos, como Mercurio y Venus)” “¿Y la Tierra?”, preguntaron. “La Tierra también”, contesté, feliz. “Todo el aire volará por el espacio, los océanos se evaporarán... la corteza terrestre se fundirá...”

“¡Mamá! ¡Mamá!”, se alejaron gritando, despavoridos, en tanto yo pensaba que mientras las capas exteriores se expanden, las interiores se contraen, aumentando la temperatura hasta que alcance para fusionar el helio en carbono, y luego el carbono en elementos más pesados, hasta llegar al hierro, que no se fusiona ya.

Los altoparlantes anunciaban bulliciosamente la actuación de un astro rockero para diez minutos más tarde y el comienzo de un extraño juego, combinación, en partes iguales, de paddle y truco, cuando llegó indignadala madre de los chicos, una gorda inmensa, que desbordaba su bikini, y que habría necesitado una buena afeitada.

Le expliqué que una vez que el núcleo del Sol se haya convertido en una bola de hierro, nuestra estrella se empezará a contraer y a apagar, lentamente, a extinguirse, y una noche definitiva caerá sobre estas playas que ya se habrán evaporado, y que nada, pero nada en el mundo puede rescatar al Sol, ni evitar que estas cosas ocurran, que son tan fatales como el día de mañana.

La gorda estaba visiblemente impresionada: “¿Y falta mucho?”, preguntó.

“Bastante”, le dije. Y me callé.

“¿Cuánto?”, preguntó, ansiosa. Y no dije nada; la hice esperar unos horribles instantes y luego: “Dentro de cinco mil millones de años”.

Pero no pareció consolarse. “Además –le dije–, piense que cada fotón, cada partícula de luz que se genera en el centro del Sol tarda ocho minutos en llegar hasta nosotros, pero tarda un millón de años en llegar a la superficie del Sol desde su centro. Así que piense que cada rayo de luz que usted adora y que llega a su pantalla protectora factor no sé cuántos, salió del centro del Sol cuando la especie humana todavía no había hecho pie firme sobre la Tierra y aún se debatía entre el ser y el no ser en Africa. Piense que desde hace cinco mil millones de años, desde su nacimiento en una nube de gas, eso –y señalé el Sol– es una máquina que trabaja incansablemente transformando peso en luz. Lleve a sus niños, señora, al mar, y aproveche el tiempo que le queda.”

Y dicho esto, me di vuelta y traté de dormir.

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