CONTRATAPA

Secuestros, periodistas y policías

 Por Raúl Kollmann

El periodista llama por teléfono al comisario. –Comisario, tengo la versión de que secuestraron a un jugador de rugby –tantea el periodista.
–Ajá.
–¿Usted me puede confirmar ese dato?
–No, no se lo puedo confirmar.
–Sin embargo, estoy seguro de que es verdad porque la versión me llegó de una persona muy cercana a la familia. De manera que la voy a dar al aire.
–Mire, le propongo un trato: yo le doy información, le aseguro la primicia, pero usted no saca nada al aire hasta que ese muchacho esté libre.
–Entonces, sí está secuestrado.
–Sí, pero si usted lo hace público, la vida de ese hombre corre peligro.
Veinticuatro horas después de este diálogo, el periodista sacó al aire la noticia del secuestro del rugbier Federico Virasoro, cuando el secuestrado seguía en cautiverio y la negociación con los delincuentes estaba en plena marcha. Dicen que hubo alguna vacilación de los secuestradores –”¿no convendrá liquidar a este tipo?”–, pero afortunadamente el caso terminó en forma aceptable: la familia pagó 50.000 dólares y Virasoro recuperó la libertad. Fue un periodista, pero bien pudo haber sido cualquier otro.
Ante la noticia de un secuestro, las empresas periodísticas, especialmente de radio y televisión, se lanzan a una carrera furibunda, sin importarles nada de nada. Y sobre todo, sin importarles la vida del secuestrado.
En la competencia desaforada no se piensa que el secuestro es un delito especial: los delincuentes tienen a la víctima en su poder y pueden disponer sobre su vida y su muerte. El razonamiento de los secuestradores bien puede ser el siguiente: “Esto ha provocado conmoción nacional, nos están buscando por todas partes, los vecinos están atentos y alguien nos va a ver, vamos a terminar presos, mejor nos sacamos a este tipo de encima”. El secuestrador se asusta y mata.
Eso, en el peor de los casos. Pero también sucede que a los periodistas los mandan a hacer guardias –como en el caso del hermano de Juan Román Riquelme– y traban las negociaciones, provocan situaciones en las que los secuestradores se creen en peligro y pueden matar. En el caso Virasoro hasta entorpecieron una entrega pactada del botín: ¡hubo que arreglar un nuevo encuentro, con todo el peligro que eso significaba!
El caso de la niña Rocío Jazmín tal vez fue un poco diferente, porque hubo muchos testigos del rapto y por algún medio iba a trascender. Pero nadie se puso a pensar un minuto: esos secuestradores, aparentemente ligados a negocios turbios de narcotráfico, pudieron haber tomado la decisión de matar a la nena después que vieron el formidable impacto que tuvo el caso en todos los canales y todas las radios.
Nosotros, los periodistas, les hemos puesto micrófonos a delincuentes que tenían rehenes en su poder; los entrevistamos a los gritos en medio de las negociaciones y rodeamos el Banco Nación de Villa Ramallo enfocando con las cámaras y las luces a los tiradores de precisión de la policía instalados en techos vecinos. Se verificó en ese momento –cuando la toma de rehenes era un delito que se repetía y repetía– la incompetencia de las fuerzas de seguridad para manejar las situaciones. Pero también se verificó que en la desesperación por la primicia, a las empresas periodísticas la vida no les importa un comino. Ahora, el delito que se repite y se repite es el de los secuestros. La mayoría de las veces express, en que los secuestradores mantienen a la víctima en un auto mientras negocian nerviosamente un rescate de 500, 700 o 1000 pesos. Aunque en menor medida, también están los casos de secuestros extorsivos, protagonizados por bandas más organizadas, con aguantaderos para esconder al secuestrado y cifras mucho mayores en la negociación.
Frente a los secuestros, lo único que parece importar es conseguir una imagen, un acoso, un llanto, antes que nadie. En cualquier momento se va a producir otra muerte. Seguro que la culpa será de los asesinos. Seguro que habrá incompetencia policial. Pero habría que evitar que la muerte también tenga el sello de la desesperación por una primicia.

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