CONTRATAPA

Otro golpe

Por Virginia Feinmann

Muchos de nuestros amigos sienten, por estos días, una angustia tan profunda que no aciertan a explicarla en su totalidad. “La crisis”, “la incertidumbre”, “la falta de figuras en quienes creer”; ninguna de esas variables alcanza por sí misma para justificar semejante estado. A veces tampoco alcanzan todas juntas, ni que se les sume un par más. Nuestros amigos tienen –muchos de nosotros tenemos– momentos de enorme tristeza, de miedo, de una ansiedad que desborda. Hay quienes, otra vez, se están dando vuelta a cada paso por la calle. Hay quienes, otra vez, luchan consigo mismos para arrancarse de la cama cada mañana. Hay quienes otra vez son presa de manías, obsesiones y terrores que creían superados mucho tiempo atrás. Y todo tiene el resabio de algo conocido, un déjà vu molesto en la sensación.
Es que más allá de los precios en los supermercados, y de la amenaza permanente de perder el trabajo –o la búsqueda permanente, para los que no lo tienen–. Más allá de que el contexto histórico, nos decimos, hoy es bien distinto del de hace 25 años. Más allá de que las Fuerzas Armadas, nos decimos, no tienen el poder que tenían, y nosotros, con suerte, hemos aprendido algo, y con suerte –queremos creer– saldríamos a la calle en masa ante la posibilidad de un nuevo golpe de Estado... Más allá de todo eso hay expresiones que se vuelven a escuchar. Quedan flotando en el aire, van formando un clima. Son distintas, surgen en otra época y se refieren a otros fenómenos. Pero trabajan en el alma de nuestros amigos. En el alma de muchos de nosotros. Hoy hay un contexto referencial, del orden de lo simbólico, que se emparienta con los años oscuros de la dictadura militar. Y las viejas ansiedades despiertan.
Escuchamos, por ejemplo, que “están secuestrando gente en la calle”. Lo sabemos, lo entendemos, son los “secuestros express”, el nuevo producto del ingenio delictivo aguzado por la desesperación. Ni se nos ocurre pensar en que pudiera tratarse de otra cosa. Sin embargo seguimos escuchando: “están secuestrando gente”, “secuestran a más de veinte personas por día”, “secuestraron a uno acá, secuestraron a uno por tu casa”, “no salgas porque te pueden secuestrar”...
Escuchamos, por ejemplo, a los que se van del país. Otra vez, el exilio. Nuestros familiares, la gente que queremos... malvenden la mitad de sus cosas, nos regalan la otra, levantan todo y se van. México, París, Suecia... Lo sabemos, es porque no hay laburo. Es porque se hartaron de remar contra la falta de posibilidades. Pero de nuevo los escuchamos: “si me quedo estoy listo”, “y, sí, tendremos que empezar todo de cero”, “el clima, la visa... no hay mate ni dulce de leche”. Y los vamos a despedir a Ezeiza y prometemos escribir (si antes eran cartas ahora serán e-mails). Y volvemos con la desamparada sensación de habernos quedado un poco más solos en la lucha. Y con los fantasmas: ¿tan terrible está la cosa como para que todos se vayan?, ¿debería irme yo también?, ¿qué pierdo, a qué me arriesgo si no me voy? Lo sabemos, hoy sólo corremos el riesgo de que nuestra vida sea peor. Más dolorosa y más amarga, sin posibilidades de progreso, ni de realizaciones profesionales, etc. Pero es nuestra vida –la forma en que la vivimos y lo que hacemos con ella– lo que está en juego. “Mi vida está en juego si no me voy”. La analogía es, otra vez, simbólica, pero poderosa.
Muchos de nuestros amigos perdieron su trabajo a fines del año pasado. Desde entonces no han podido reinsertarse en el marcado laboral. Andan boyando por ahí, free lance, como se dice, tratando de sacarle el jugo a su profesión en forma de changas, rebusques, kioscos, un cliente acá y otro allá. No hay lugar para ellos en la estructura. La estructura ya no los contiene, “la estructura ya no les puede garantizar la seguridad”. Lo sabemos, es la seguridad de contar con un sueldo todos los meses, una cobertura médica para los chicos, un aporte jubilatorio, un lugar físico donde trabajar. “La estructura” es la estructura laboral, la estructura dela salud, de los hospitales, de la seguridad social. No son –no somos– militantes de superficie librados a nuestra suerte frente a los desatados grupos de tareas de la ESMA. Pero “la estructura nos ha soltado la mano” y estamos todo el tiempo “tratando de reengancharnos”.
La conservadora La Nación publica una infografía con medidas básicas para la seguridad personal. Allí leemos: “Mantenga frecuentes contactos telefónicos con sus hijos para establecer su ubicación”. Resuena el eco: “¿Sabe usted dónde están sus hijos en este momento?”.
“Pero antes salías a la calle y te mataban”, nos dice alguien con ánimo relativizador. Y vemos al que mataron aunque pagó el rescate. “Pero antes te mataba la fuerza institucional”. Y la foto del comisario Fanchiotti, de riguroso uniforme, disparando alevosamente su escopeta contra los piqueteros Santillán y Kosteki.
Y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que –igual que en 1979– nos visita preocupada por la situación de los derechos humanos en la Argentina. Y a las calles vacías. Y otra vez no poder ejercer nuestra profesión (¿dónde hacerlo y cómo vivir de ello?), y el consejo de guardarse por un tiempo, leer mucho, “esperar hasta que amaine”. Y otra vez la necesidad de evadirse, de negar, de hacer una gran fiesta en la que haya mucho alcohol y la realidad no se cuele por ningún lado. ¡Encima –otra vez– un Mundial de Fútbol!
El año pasado mi mejor amiga y yo trabajábamos en la misma empresa y criticábamos el reality show de moda en la hora del almuerzo. Hoy ella me dice que se va a España porque “esto no da para más”. Y le cuento con verdadera angustia que no logro reinsertarme en la estructura, y las dos escuchamos de fondo a mi mamá comentar que “el chico que secuestraron hace 25 días todavía no aparece”. ¿Cuándo fue el golpe que no nos dimos cuenta? No ocurrió, no va a ocurrir, no ocurrirá nunca. Pero desde un castigado rincón del alma y de la mente, muchos de nuestros amigos –muchos de nosotros– lo volvemos a sufrir.

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