CULTURA › A OCHENTA AÑOS DE LA MUERTE DE MARCEL PROUST
UN ESCRITOR QUE MARCO A FUEGO LA LITERATURA DEL SIGLO XX

El hombre que se inventó un universo

Produjo la obra más ambiciosa y monumental de la historia de la literatura, “En busca del tiempo perdido”, y murió joven, a los 51 años, después de una vida llena de padecimientos.
Es el más respetado de los escritores franceses y ejerció una influencia devastadora, a veces paralizante.

 Por Verónica Abdala

“¿Muerto para siempre? ¿Quién puede decirlo?”
Marcel Proust.

Lo primero que pensó Marcel Proust al recuperarse de una descompostura que lo aquejó mientras visitaba el Museo de Jeu de Paume, meses antes de su muerte, fue que la experiencia serviría para imaginar el final de uno de sus personajes, el del escritor Bergotte. Una vez más, como tantas otras, sus vivencias y percepciones –tamizadas por su sensibilidad extrema, capaz de conducirlo al fondo de todas las cosas– servían de materia prima para la construcción de su monumental En busca del tiempo pedido (La recherche du tempe perdu). Y ni siquiera ésta sería la excepción a la regla: cualquier cosa que a él le pasara, incluso el aviso de que le quedaba poca vida, podía resurgir en ese gigantesco espejo de papel.
Por lo demás, había escrito la muerte muchas otras veces, aunque de una forma distinta. El “tiempo perdido”, piensan algunos especialistas en su obra, evoca también o, fundamentalmente, esos otros finales esparcidos a lo largo a de la vida: los que marcan la terminación de cada acto, de cada sensación o pensamiento. El tiempo, en este marco, aparece como la instancia que, entre otras cosas, determina esa sucesión de pequeñas muertes; domésticas, irremediables, continuas.
Por los días de su visita al museo, a principios 1922, la salud del escritor francés, desde siempre precaria, empeoraba aceleradamente. El asma que padecía desde muy chico –tuvo el primer ataque en 1881, a los 10 años, al volver de un paseo por el bosque– había desembocado en una neumonía que, al no ser tratada a tiempo, degeneraría en una bronquitis, y posteriormente en un absceso pulmonar, del que ya no iba a recuperarse.
Había nacido el 10 de julio de 1871, en el seno de una familia clase media alta (su madre, judía y parisina, se llamaba Jeanne Weil, su padre, médico católico, Adrien), y la salud no era precisamente su fuerte. Su apariencia, de bebé, era a tal punto enfermiza que durante meses sus padres temieron por su supervivencia. La fortaleza física de su hermano Robert –que nació dos años después–, entre tanto, suscitaría en los años sucesivos todo tipo de comparaciones. El menor era más bajo y más pequeño, pero se lo veía definitivamente más saludable y bien plantado. Marcel, en cambio, se enfermaba cada dos por tres, era débil y retraído, y casi no se atrevía a separarse de su madre.
A partir de los diez años, el asma complicaría aún más su relación con el entorno. La enfermedad no sólo lo hacía sentir diferente a los demás chicos de su edad, sino que además lo sometía a rutinas tortuosas: Marcel llegaba a pasar días e incluso semanas inmóvil en la cama, luchando por respirar.
El asma ni siquiera le permitió concurrir a la escuela en forma continua. En sus mejores días de la infancia, de todos modos, salía de paseo aunque casi siempre por las noches, confiando en que el aire estuviese libre de polvo.
Esas solitarias horas a las que tan acostumbrado estaba serían finalmente, decisivas en el proceso de construcción de su identidad, y de acercamiento a la escritura. Que determinaría, a la larga, nada menos que su ingreso a la Historia, con mayúsculas.
La víspera de su muerte, como intuyendo que le quedaban pocas horas, se acordó del cuadro de Veermer, acaso porque de algún modo se sentía identificado: le dijo a un amigo que para pintar como él había que ser poseedor de una “paciencia china”. Eso pensó.
En esas horas además, pidió en voz alta a otro de sus íntimos: “Si le reza a San José pídale que me de una muerte más dulce de lo que han sido mis días, por favor.”
Antes de morir, apenas segundos antes, aseguró ante quienes lo acompañaban, que había visto a una mujer muy grande, muy gorda, y vestidade negro, parada frente a él. Sus acompañantes miraron a su alrededor, se miraron entre ellos, y volvieron a centrar la vista en Proust, pero nadie se atrevió a decir una palabra. Eso inquietó levemente al agónico escritor, que sólo se contentó cuando una de las personas de la habitación le juró que la dama de negro sería inmediatamente expulsada del recinto.
Después, cerró los ojos y ya no volvió a abrirlos. Eran las cinco de la tarde del 18 de noviembre de 1922. De eso hará mañana 80 años.
En la fotografía que le tomó Man Ray, sus grandes ojos saltones aparecen cerrados y envueltos en una aureola oscura. Su nariz prominente, altiva, apunta al techo, y la piel traslúcida contrasta con la barba y los bigotes negros. Cuatro días después fue sepultado en el cementerio de PereLachaise.
Proust tenía 51 años. Para ese entonces, ya habían sido publicados Por el camino de Swann (en 1913), A la sombra de las muchachas en flor (aparecida tras el fin de la guerra, en 1918), El mundo de Guermantes (1921) y Sodoma y Gomorra (1922), entre las siete novelas que componen En busca... Pero aún faltaba un año para que apareciera La prisionera, dos para La fugitiva y cinco para El tiempo recobrado. El escritor había dedicado los últimos dos años de su vida, casi sin distracciones, a completar la serie.
Desde entonces y hasta aquí, escritores de todo el mundo reconocen en él una influencia insoslayable, y en la aparición de su obra en el escenario literario (obra que no respeta, entre otras cosas el principio organizador de la trama, al menos según los parámetros tradicionales hasta entonces), un punto de ruptura con la tradición novelesca clásica. Se dice de él que antes que grandes historia y algunos buenos personajes, creó un mundo. Para un escritor no hay, no podría haber halago mejor que ése.
Muchos autores célebres, incluso, admitieron haber caído en una suerte de parálisis creativa después de leerlo. Uno de sus biógrafos, Edmund White, relata en Proust (Mondadori) que Virginia Woolf se reconocía absolutamente intimidada por su genio; Walter Benjamin, que lo tradujo al alemán, temía sufrir una “dependencia adictiva” después de haberse sumergido en su prosa; que Graham Green lo comparaba con Tolstoi, como los mayores novelistas del siglo XIX y XX respectivamente. En ese marco, White define: “Es indudable que la fama y el prestigio de Proust han eclipsado los de James Joyce, Samuel Beckett, Virginia Woolf y William Faulkner, Ernest Hemingway y Francis Scott Fitzgerald, André Gide, Paul Valery y Jean Genet, Thomas Mann y Bertolt Brecht, pues si algunos de estos escritores goza de una uniforme reputación en sus propios países, éste es el único que goza de una uniforme reputación internacional”.
Su muerte, como la de todo artista célebre, no fue más que el principio de otra historia: la de su leyenda. Lo que escribió, y lo que determina su importancia, está en los libros. ¿Quién podría arrogarse el derecho de contarlo mejor que él? Lo que Proust tenía para decir, qué duda cabe, lo dijo.

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Marcel Proust vivió torturado por su mala salud, que lo obligó a escribir gran parte de su obra en la cama.
 
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