CULTURA › FOTOGRAFIAS Y HOMENAJE A VICTORIA OCAMPO EN EL CENTRO CULTURAL BORGES

Los anteojos blancos de la mujer visionaria

A las fotografías de Gisele Freund y Man Ray, se suman en la muestra del Borges muchas fotos inéditas de Victoria Ocampo, sobre la que Patricio Lóizaga acaba de escribir un nuevo libro. En él, se insta a revisitar la figura de la escritora por sobre la de la editora.

 Por Silvina Friera

Las fotografías de Victoria Ocampo revelan gestos que generan adhesiones y rechazos; que reproducen, quizá con similar intensidad dialéctica, los amores incondicionales y los odios más descarnados que despertó la escritora y fundadora de la revista Sur. Las imágenes se superponen y conforman una identidad visual ambivalente: una bellísima y joven mujer con sombrero dirige su mirada, con un dejo de lánguida melancolía, hacia la lente. Aunque transmite un aire de distinción, prevalece la frescura de un rostro que conserva la inocencia. Es un rostro que atrae, que fascina, que se deja mirar y que mira. Esa misma mujer, ahora, con el pelo cano y la frente surcada de arrugas, oculta parcialmente su profunda amargura detrás de sus emblemáticos anteojos oscuros de armazón blanco. Envuelta en su tapado de piel, una parte del cuello le roza la comisura de los labios, Victoria es una aristócrata agazapada y herida. La cámara congela unas facciones esquivas y distantes, que expulsan la mirada, que provocan incomodidad y malestar. Pasiones y conflictos, la muestra que se presenta en el Centro Cultural Borges (San Martín y Viamonte) en homenaje a la controvertida figura de la cultura argentina, de cuya muerte se cumplirán 25 años el próximo 27 de enero, no sólo exhibe las fotografías más conocidas (tomadas por Gisele Freund y Man Ray) y algunas inéditas de la escritora.
La muestra, articulada a partir de un concepto minimalista y despojado, curada por el escritor y director del Palais de Glace, Patricio Lóizaga, contiene las primeras ediciones de más de 30 de los libros que escribió Victoria, entre ellos, el primero, De Francesca a Beatrice, publicado en 1924 por la Revista de Occidente, fundada por José Ortega y Gasset. Concebida como un itinerario visual que recorre la vida y la obra de la fundadora de Sur, la exposición también incluye numerosas cartas manuscritas de la escritora, distintas piezas y objetos de la fundación Sur. Los famosos anteojos están ubicados en un panel y algunos sospechan que si Victoria hubiera recorrido esta muestra, su fetichismo militante aprobaría la posición que ocupan esas gafas, colocadas en una especie de altar de madera. Además, en las paredes aparecen transcriptos testimonios y opiniones sobre Victoria de escritores e intelectuales argentinos, muchos de ellos ajenos al grupo Sur, que estaban en los antípodas ideológicos de la escritora, como es el caso de Osvaldo Soriano, Isidoro Blaisten y Bernardo Verbitsky. Lóizaga acaba de publicar Victoria Ocampo (Ediciones Larivière), un trabajo de relevamiento fotográfico e investigación académica, que reivindica a Victoria como escritora y que trata de sustraerla del rol de mecenas cultural que, aunque decisivo para la cultura argentina, fue utilizado para desmerecer por “ignorancia, malicia o prejuicio”, según piensa Lóizaga, la producción ensayística de Ocampo.
“Escribo este libro siendo justicialista”, dice el autor, consciente de la incompatibilidad genética entre el peronismo y Ocampo, que estuvo detenida más de un mes, en 1953, en la prisión del Buen Pastor, durante el gobierno peronista, al que ella descalificaba como “segunda tiranía”.
–¿Por qué Victoria Ocampo ha generado tantas polémicas?
–Ella atravesó la belle epoque, los años locos y la modernidad, períodos muy intensos. En el libro establezco elementos de coincidencias entre Victoria y Eva: las dos tenían por vocación ser actrices y no pudieron, ambas tuvieron amores prohibidos y administraron estructuras de poder que las convirtieron en líderes en esos ámbitos y las dos enfrentaron a la clase alta, pero Victoria quedó a la intemperie porque no tenía el apoyo de las clases populares, que sí tuvo Evita. Ninguna de las dos fue madre, y encarnaron o simbolizaron el cambio del papel de las mujeres en la sociedad y, aunque de maneras distintas, ambas estuvieron relacionadas con el feminismo. Pero en Eva prevalecía una adhesión muyfuerte a Perón, mientras que en Victoria hay una conciencia feminista más potente. Victoria era una mujer de pensamiento progresista que venía de una familia conservadora, que rompió muchos cánones y luchó permanentemente contra muchos prejuicios.
–¿Cuáles son las causas por las que Victoria empieza a ser recuperada, incluso por intelectuales como Beatriz Sarlo?
–Sarlo decía, y yo adhiero, que por ignorancia o por prejuicios no la supimos apreciar. Cuando se analizan los autores que publicaba Sur, esta idea de mujer conservadora, exclusivamente abocada a su rol de mecenas cultural, se disuelve. Ella, como adoptó el género ensayo y aunque escribió y publicó cuarenta libros, no fue reconocida como escritora. En la década del 90, Silvia Molloy dispara el debate sobre si Victoria era una escritora feminista. Entonces, una cuestión de género literario la excluyó como escritora y una cuestión de género sexual la incluyó, porque al discutir si era una escritora feminista o no ya estaba implícito que era una escritora. No hay que perder de vista que, además del antagonismo con Evita, Victoria fue confrontada con su propia hermana, Silvina, y en esos antagonismos Victoria pierde. En el libro hice un recorrido por los diarios que dieron cuenta de la muerte de Victoria. Para Clarín, “murió la escritora Victoria Ocampo”. La discusión sobre si era o no escritora no estaba dentro de las clases populares, se ubicaba dentro del campo de los intelectuales.
–Una de las críticas contra Victoria era su condición de intelectual “extranjerizante”. ¿Está de acuerdo con este cuestionamiento?
–Es una afirmación discutible. En una década publica tres libros emblemáticos de la literatura argentina: El túnel, de Ernesto Sabato, Historia de una pasión argentina, de Eduardo Mallea y Ficciones, de Borges. Durante los diez primeros años de Sur se publica un total de 75 libros: 41 de autores extranjeros y 34 de escritores argentinos. La cuestión “extranjerizante” es relativa.
–Después de escribir el libro y organizar el homenaje, ¿cuánto cree que le debe la cultura argentina a Victoria Ocampo?
–Es una figura clave del siglo XX, es una de la media docena de nombres que ayudaron a configurar la cultura argentina. Es una escritora extraordinaria. Lo que ocurrió, lamentablemente, es que no estaban los instrumentos para leerla en su momento. Ella hace una combinatoria de criollismos, extranjerismos, neologismos que es revolucionaria, atrevida y heterodoxa en su manejo del idioma. Se burla de las cacofonías, abusa de neologismos, tiene una prosa sumamente fresca y le escribe y le habla permanentemente al lector. No se la pudo apreciar porque no existían los instrumentos de reconocimiento o de lectura que hoy nos dan desde el estructuralismo en adelante muchos sistemas de interpretación. Algunos dicen que más que su escritura, lo que fue fascinante fue su vida, pero me parece que su vida no se puede escindir de su obra: la editorial, la revista, sus libros, los temas que trató, los temas que introdujo...
–¿Por ejemplo?
–El tema de la mujer, que era un tabú. Hoy leemos a Virginia Woolf, pero ella, precursora y visionaria, en la década del ’30 ya la supo ver. El problema de Victoria es leerla únicamente desde el antiperonismo. Por eso hago un esfuerzo superador y me planteo recorrer el repertorio y el universo intelectual y de valores de esta mujer, independientemente de que sea antiperonista.
–¿Nunca modificó o revisó su férrea oposición al peronismo, como lo hizo, por ejemplo, Julio Cortázar en la década del “70?
–No, pero en el libro hago algunas observaciones: en 1973, Cámpora gana en marzo las elecciones y asume el 25 de mayo y Perón gana el 23 de septiembre, pero Victoria renuncia al Fondo Nacional de las Artes recién en la segunda quincena de noviembre del ‘73, a los 83 años, es decir queconvive más de siete meses con gobiernos peronistas. No la veo como una figura emblemática del gorilismo. Victoria cuestionaba a la figura de Perón más que al peronismo.
–El reconocimiento en los ’90, ¿se relaciona con la ruptura de los paradigmas políticos y culturales?
–Sí. Hay mejores instrumentos para estudiar la modernidad y hay una distancia más saludable. Me parece que Beatriz Sarlo es la que más ha contribuido en este sentido. Miramos más inteligentemente los años ‘’30, donde hay mucho entrecruzamiento. A mí me interesaba el tema de los dos proyectos de país: civilización y barbarie, el paradigma de Sarmiento, que atraviesa a Borges y a Victoria. Hay una victoria política, institucional y económica del modelo cosmopolita y universalista, pero se convive a la vez con un triunfo estético, algo muy fuerte y nuestro, de lo bárbaro, de lo particularista.

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Las virtudes de Victoria como editora taparon las de ensayista.
 
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