CULTURA › DAVID VIÑAS, LA REEDICION DE LITERATURA
ARGENTINA Y REALIDAD POLITICA Y SU FLAMANTE NOVELA

“Como cuestionamiento, el parricidio es saludable”

En 1964, el ensayo que acaba de ser reeditado cambió el enfoque crítico y revolvió el avispero académico de la Argentina. Narrador, dramaturgo, ensayista y docente, Viñas se sigue preguntando “qué espesor tiene lo no dicho en nuestra literatura, en nuestra cultura y en nuestra política”.

 Por Silvina Friera

La voz amable de uno de los intelectuales de perfil más fuerte y polémico en la Argentina aguijonea el silencio del primer piso del Instituto de Literatura Argentina. Su director, David Viñas, está rodeado de bibliotecas. El bigote subrayado por pelos blancos y el gesto adusto trazan aparentemente la fisonomía de un patriarca, pero detrás de ese aire aristocrático hay un plebeyo “mestizo”: cristiano por la rama paterna; judío, por su madre, una anarquista de una familia de artesanos de Odessa. El narrador, dramaturgo, ensayista y docente es el mismo rebelde de siempre: un crítico que escruta y agita el pensamiento de los otros, que arrasa contra las opiniones embalsamadas. El canon, dice, es un mecanismo defensivo, una práctica complementaria de cementerio. Contra la amenaza de un campo cultural que se momificaba, Viñas arremetió en 1964 con un ensayo crítico emblemático, Literatura argentina y realidad política, textos que, mayoritariamente, habían aparecido en la revista Contorno (que Viñas fundó con su hermano Ismael) y en La Gaceta de Tucumán. A 40 años de su publicación, la editorial Santiago Arcos reedita Literatura argentina y política (hace tiempo que el título perdió la palabra “realidad”), que va por su cuarta edición. A los 77 años, el escritor promete “más Viñas para cortar” con su novela Tartabul o los últimos argentinos del siglo XX.
La seriedad enfática de Viñas se va diluyendo con los comentarios zumbones con los que reflexiona sobre la vigencia de un libro que abrió un modo audaz, arriesgado y polémico de entender la literatura argentina.
“Un personaje de Byron se preguntaba cuándo empiezan las violaciones que han estado tapadas; qué implicancias, qué espesor tiene lo no dicho en nuestra literatura, en nuestra cultura y en nuestra política”, señala Viñas en la entrevista con Página/12.
–Usted abrió un camino crítico. ¿Alguien recogió el guante del desafío?
–En su momento, el libro tuvo una recepción considerable. El punto de partida presuponía un proyecto heterodoxo de cuestionamiento de las versiones que se habían dado tradicionalmente en la crítica literaria, que había que removerlas para darles una dramaticidad, una tensión a la literatura, para que no fuera simplemente una cosa inerte, de museo; ver los conflictos que había, de ahí que se incorporara la idea de la política, no como solicitud de voto sino como teoría de la ciudad. Nos asomamos a la calle y ya empiezan los conflictos, acá adentro parecería que estamos en una pompa de jabón. Había que poner en la superficie las tensiones que había en la literatura argentina.
–¿Qué fue lo que más puso en la superficie con estos ensayos?
–El criterio polémico que provenía de lo más rescatable de Contorno, que era no quedarse simplemente con lo canónico, lo académico y previsible. La práctica del cuestionamiento que llevaba de manera ineludible el rescate de un pasado utilizable, por ejemplo, el grotesco y otras franjas de la literatura que habían sido ninguneadas. En cambio, se había exaltado de manera indiscriminada, lógicamente de acuerdo con cada coyuntura crítica, los valores que en los ’900 parecían más significativos. Enrique Larreta era el caballero de las letras en los ‘20, pero hoy su producción se ha convertido en tema de tesis o efemérides.
–¿Ese proyecto crítico, muy valorado en los ’70, hoy perdió la consideración del campo académico?
–Ineludiblemente ciertos aspectos de esos textos fueron superados por sucesivos aportes críticos, lo que no quiere decir que personalmente yo no me haya hecho cargo. Hay una renovación crítica permanente, como de pensar contra uno mismo; pero no me parece que se haya instalado como una especie de hito canónico. Sigue siendo una referencia que promueve discusión, disconformidades, cosa que me parece saludable.
–¿El intelectual argentino perdió la gimnasia crítica?
–Hay que analizarlo con una apertura de ángulo de toma. El campo literario fue achicado enormemente en sucesivos contextos de manera mediata. Estoy leyendo un libro de Julia Kristeva sobre el problema de la rebelión, donde toma como modelo la producción de Aragón, Sartre y toda la zona barthesiana, y señala cómo fue constreñido el espacio de la literatura y el espacio cultural (y esto es un lugar común) por todo lo mediático. El vertiginoso descenso de la gente que lee no se da sólo aquí, sino que es un problema mundial, que hay que analizar a nivel del impacto de lo mediático y de las estructuras políticas e ideológicas que son propietarias de los espacios mediáticos. El espacio de la literatura es un lugar de conjuro permanente de la robotización generalizada a nivel internacional, es una secuela de eso que se llama globalización. La preocupación que debe tener la producción literaria cultural es ese conjuro, esa denuncia, ese cuestionamiento de todo lo que implique una robotización.
–Sin embargo, lo que prevalece en el campo cultural es el conformismo.
–El conformismo implica que esos aparatos a los que aludíamos, por lo mismo que son poderosos, tienen la capacidad de cooptar a escritores e intelectuales que tendrían que definirse por una práctica crítica permanente, pero que incurrieron en el conformismo. Jauretche lo dijo hace muchos años, de una manera muy lúcida: “La mayoría de los intelectuales argentinos suben al caballo por la izquierda y bajan por la derecha”.
–Por la actitud crítica, el grupo de Contorno fue considerado “parricida” respecto de Mallea, Murena, Arlt, Martínez Estrada y otros de la época. ¿Es una condición necesaria el parricidio en las generaciones literarias?
–Si el parricidio se entiende como cuestionamiento de lo canonizado, de los criterios museicos, es saludable. El parricidio es una forma fecunda desde todo punto de vista, incluso maliciosamente podría aludir al complejo de Edipo. Lo de los padres es un recorte sobre algo mucho más amplio que es el poder, la ley y el cuestionamiento de todo eso. Tengo la sensación que usted advierte que en este momento esa actitud iconoclasta, para llamarla de alguna manera, ha sufrido un bajón, pero ese bajón se puede verificar en otros campos. Rescato el parricidio como metáfora que condensa una serie de actitudes de cuestionamiento de lo consagrado, de lo que tiene una entonación casi religiosa, pero el cuestionamiento referido también a la propia práctica. El parricidio frente a uno mismo; es decir, cuestionamiento hacia fuera y como elemento complementario e ineludible cuestionamiento de la propia producción. El parricidio en una de sus dos inflexiones presupone pensar contra sí mismo.
–¿Cómo se relaciona su narrativa con sus ensayos críticos?
–Ricardo Piglia lo señaló hace tiempo, y eso se puede comprobar en cualquier escritor que no se atenga a eso que se llama un género sino que se desplace permanentemente a otros. Hay vasos comunicantes o núcleos dramáticos, que se pueden verificar con distintas entonaciones como un pedazo de mica del que se van sacando sucesivas napas, en las inflexiones que puede tener una producción literaria. El escritor no es una colección, es una unidad. Uno de mis núcleos dramáticos es una obstinada preocupación por el cuestionamiento de la ley y del poder, lo que no significa de ninguna manera emitir un tipo de literatura de consigna.
–¿Por qué cuestiona con tanto énfasis la canonización de Borges?
–Porque tiene como responsable mayor a una especie de sociedad anónima, que no es Borges sino el borgismo. Para hacer una evaluación legítima de la producción de Borges hay que ver todo el sustrato que se está dando en los ’20. El va haciendo un determinado recorrido que fundamentalmente son los tres libros de poesías, Fervor de Buenos Aires, Luna de enfrente y Cuaderno San Martín. Borges va reelaborando un elemento que es como un humus literario generacional en Enrique y Raúl González Tuñón o Nicolás Olivari. Borges es un habitante más de los ’20, pero a ese material natural, participativo, él logra otorgarle una mutación y ahí está el pasaje desde lo natural hacia su producción literaria. En El hombre de la esquina rosada logra una colección de compadritos que se está dando en la literatura de ese momento. De manera paralela, se produce un fenómeno similar en César Tiempo con Clara Better, que en tanto prostituta de la literatura argentina, tiene un elemento análogo al compadrito de Borges en esos ’20. El hombre... y Clara Better desalojan definitivamente del escenario de la literatura argentina al gaucho tradicional. De una literatura todavía vinculada con una tradición rural, se produce un desplazamiento donde se privilegia la problemática urbana.
–¿Qué impugna usted de la producción de Borges?
–Nunca fui un profesional antiBorges. Lo que cuestiono es la canonización, situarlo a Borges en un espacio que lo hace intocable, y que ese carácter de intocable implica que se diluyan una serie de elementos muy legítimos y probablemente lo más valioso de la producción borgeana. La bestia negra en los años de Contorno no era Borges sino Mallea, entre otras razones porque Borges no escribía novelas y Mallea era canonizado como el gran novelista argentino. Incluso en los números dedicados a Martínez Estrada y Arlt rescatábamos a estas figuras pero al mismo tiempo las cuestionábamos, no era un rescate con un criterio de santificación.
–¿Reivindica los juicios de valor, pero a la vez usted pertenece a un campo crítico donde hay un andamiaje teórico importante?
–Sin juicio de valor, hacemos una crítica puramente descriptiva, achatamos la posibilidad de los resultados. Una crítica que postula juicios de valor es lógicamente mucho más riesgosa que una crítica que se atiene a lo descriptivo. Una crítica exclusivamente descriptiva tendría una entonación de tipo positivista y una presunta neutralidad, pero ningún hecho es inocente. El deber de una crítica rigurosa, lúcida, parricida, es disolver todos esos aspectos de naturalización de los datos, que está condicionado por un entramado de tensiones, de fuerzas, de circunstancias.
–El año pasado César Aira dijo que “el mejor Cortázar es un mal Borges”. ¿Qué opina usted?
–Cuando se lea la producción de Aira va a condicionar unas actitudes críticas análogas. Responde a una estrategia de mercado de Aira, no a una estrategia literaria o cultural. Yo le diría “con su pan se lo coma”.

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