DEPORTES › VELEZ SARSFIELD CELEBRO EL CENTENARIO DE SU FUNDACION EN FLORESTA

Cien años de un club que se hizo grande

Creado por cuatro jóvenes el 1º de enero de 1910, refundado en 1940 bajo la guía de José Amalfitani, la institución de Liniers creció notablemente. En los últimos 17 años consiguió once títulos nacionales e internacionales.

 Por Daniel Guiñazú

De todos los clubes que nacieron y llegaron chicos al fútbol grande de la Argentina, acaso sea Vélez Sársfield el único que puede solicitar con fundamento la reconsideración de aquel título. La institución fundada, hizo ayer exactamente un siglo, por los jóvenes Julio Guglielmone, Martín Portillo y Nicolás Marín Moreno en el túnel que unía los dos andenes de la estación Floresta (por entonces Vélez Sársfield) del ferrocarril Sarmiento (por entonces del Oeste) es hoy uno de los orgullos del deporte nacional. Y por eso su gente, sus hinchas, sus socios lo celebraron con fervor indisimulable. En la caminata multitudinaria que unió aquel sitio fundacional con el gran estadio de Liniers se resumió buena parte de una historia que nunca como en los últimos tres lustros, con los campeonatos de fútbol ganados a nivel local e internacional, ha sido tan gloriosa, tan fecunda en emociones.

Vélez cumplió cien años. Pero en verdad fue refundado hace setenta. En 1940, el club que desde 1933 juega con la camiseta de la V azulada en el pecho (sus primeros colores fueron blanco con cuello y puños rojo punzó y en 1916 adoptó las franjas verticales rojas y verdes separadas por una tira blanca) estaba acabado. Una sucia maniobra de Independiente, dejándose ganar ante Atlanta por 6 a 4, lo había mandado ese año al descenso y, acto seguido, había sido desalojado de su cancha: aquel inexpugnable Fortín de Basualdo y Guardia Nacional donde tantos mordieron el polvo de la derrota. En ese momento nefasto, el plantel de jugadores se desbandó y cientos de socios rompieron sus carnets y dejaron de pertenecer. Los más pesimistas creyeron que los días de Vélez habían llegado a su fin. Los pocos optimistas que quedaban lo fueron a buscar a don Pepe Amalfitani. Y ahí empezó a reescribirse la historia.

Amalfitani era socio de Vélez desde 1913. Y había presidido la institución en 1923, cuando era cronista deportivo del viejo diario La Prensa. El 26 de enero de 1941, en una de las tantas asambleas que se hicieron para ver cómo se salvaba el club de la desaparición, don Pepe se paró sobre una mesa y pronunció un alegato vibrante que fue, casi, la nueva piedra fundamental de la institución. Dijo: “Señores, yo no he venido al funeral de Vélez Sársfield. ¡Qué me importa la Segunda División o la Tercera si Vélez Sársfield paseó su divisa triunfal por todo un continente! ¡Mientras haya 10 socios, el club sigue en pie!”. Y así fue nomás. Vélez siguió de pie. Desde ese mismo momento, Amalfitani fue su presidente, hasta su muerte en 1969.

Todo lo que sucedió a partir de allí fue milagroso y legendario. Amalfitani se puso el club al hombro. Y lo hizo renacer. Es posible que ninguna otra institución de la Argentina le deba tanto a un dirigente como Vélez a don Pepe. En 1941, consiguió que las autoridades británicas del Ferro Carril Oeste le cedieran unos terrenos pantanosos que se encontraban en Liniers, a orillas del arroyo Maldonado. Los rellenó volcándole residuos y material de demolición y allí, con los tablones del viejo Fortín, levantó en 1943 la cancha de madera en la que se pudo volver a Primera. Allí mismo, en 1951, construyó el estadio de concreto que hoy lleva su nombre y que sus hinchas inflan el pecho denominándolo “el Teatro Colón del fútbol argentino”.

“Si quieren campeonatos, háganse de Boca o de River”, les espetaba Amalfitani a los socios que le reclamaban títulos de fútbol. Peso que entraba al club era peso que se dedicaba a poner un ladrillo, a comprar una bolsa de cemento, a que siempre hubiera una obra nueva. Esa inspiración llegó hasta nuestros días. Y por eso, hoy Vélez es una ciudad deportiva de más de 28.000 asociados enclavada en el borde oeste de la Capital en la que se practican 35 disciplinas y 25 actividades culturales y, también, un centro educativo de excelencia en el que cada día 1200 jóvenes cursan sus estudios primarios, secundarios y terciarios. “Cada chico que entra al club es un campeonato ganado”, dijo alguna vez don Pepe. En Ituzaingó, la Villa Olímpica de 18 hectáreas es la reserva ecológica, el pulmón verde en medio de tanto vidrio, metal y hormigón.

En todo caso, el fútbol fue el último en sumarse a esta obra de progreso imparable. En los primeros 35 años de profesionalismo, las mejores campañas de Vélez habían sido un subcampeonato de River en 1953 y un tercer puesto en 1965, detrás de Boca y de River. El primer título llegó en el Nacional de 1968, en aquel desempate triangular que compartió con River y Racing en el Viejo Gasómetro de la Avenida La Plata. Con River igualó 1-1 aquella tarde del manotazo salvador de Gallo que Guillermo Nimo omitió cobrar. A Racing le ganó 4-2 y dio la primera vuelta olímpica con aquel equipo en el que Marín volaba de palo a palo, Daniel Willington sudaba clase y distinción, y un pibe que prometía, Carlos Bianchi, salía y entraba de la delantera.

Con el tiempo, Bianchi se convirtió en emblema. En sus dos ciclos como jugador, hizo 206 goles y es el máximo goleador de Vélez de todos los tiempos. En 1993 regresó de Francia para ser director técnico e inauguró la era más gloriosa. Con Bianchi dirigiendo desde el banco, Vélez llegó a alturas inimaginables: ganó dos torneos locales (Clausura ’93 y Apertura ’95), la Copa Libertadores del ’94 en aquella definición por penales para el infarto ante San Pablo en el estadio Morumbí y el título más grande de todos: la Intercontinental de ese año en Tokio y ante el Milán con los goles de Trotta de penal y de Omar Asad.

Ya sin Bianchi y con Osvaldo Piazza en su lugar, siguieron los éxitos. Vélez volvió a salir campeón en el Clausura, la Copa Interamericana y la Supercopa de 1996 y en la Recopa Sudamericana de 1997. Después, Marcelo Bielsa condujo el equipo campeón del Clausura ’98, Miguel Angel Russo, el del Clausura 2005, y Ricardo Gareca al último campeón, el del Clausura 2009, tras aquella final de la polémica ante Huracán.

Si en sus primeros 50 años de vida Vélez les dio a sus hinchas más obras que campeonatos porque así lo quiso Amalfitani, el centenario encuentra al club y a su gente concentrados en las grandes realizaciones deportivas. Los hinchas de hoy (y sobre todo los más jóvenes) son exigentes, inconformistas y crueles cuando las cosas no salen como ellos lo desean. No les bastan las buenas campañas. Entienden que es natural lo que antes era una rareza: pelear campeonatos y ganarlos. En los últimos diecisiete años, Vélez consiguió once títulos, cuatro de ellos internacionales. Y eso, dicen, basta y sobra como para considerarlo a Vélez entre los más grandes. Mientras se discute si sólo con las vueltas olímpicas alcanza para ampliar la mesa, el club al que hace 70 años don Pepe salvó de la extinción festejó ayer su primer siglo de vida como lo ha hecho en todo este tiempo, creciendo cada día un poco más. Como un ejemplo que no siempre el deporte argentino se atreve a seguir.

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El título conseguido por Vélez en el Clausura 2009, el último de un reciente pasado de repetida gloria.
Imagen: Bernardino Avila
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