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La FIFA, el palo y la zanahoria

La política de la FIFA, además de ser inmoral y tener doble rasero, es contradictoria. Intenta imponerle a la AFA una modificación de su estatuto para que su asamblea tenga menos representantes. O sea, que baje de 75 a 45. Si se aprobara, los clubes del Ascenso serían los únicos perjudicados. Verían disminuida su participación en una votación por la presidencia. Al contrario, la federación que conduce el suizo Gianni Infantino se autogobierna con un número cada vez mayor de afiliados. A tal punto, que presume de contar con más países que las propias Naciones Unidas: 211 contra 193.

Su democracia representativa no es la que quiere aplicar en la Argentina. Un país un voto o un club un voto parecen no ser cuestiones simétricas. Aun cuando al estatuto de la AFA pueda achacársele –con razón– que no expresa a los intereses del federalismo. Las ligas del interior no poseen una participación proporcional en la asamblea de acuerdo a los clubes que representan.

Joseph Blatter y antes Joao Havelange se valieron de pequeños países para extender su influencia en el mundo del fútbol. Islas Cook, Nueva Caledonia, Samoa Estadounidense, Anguila, Aruba, Bermudas, Curazao, Islas Caimán, Islas Vírgenes Británicas, Islas Vírgenes Estadounidenses, Montserrat y Yibuti integran, entre otras, esa nómina de selecciones que difícilmente puedan jugar un Mundial en varias décadas. Pero pertenecen al mundo FIFA.

Las últimas apariciones fueron las de Kosovo y Gibraltar este año. La primera debutó en septiembre con un valioso empate ante Finlandia como visitante en las eliminatorias mundialistas. La selección balcánica fue autorizada por la FIFA para que jugara ese partido con varios futbolistas que antes habían representado a otros países. El permiso llegó pocas horas antes de ingresar a la cancha. La federación internacional admitió a dieciséis, quienes antes ya habían vestido las camisetas de Albania, Alemania, Noruega, Austria, Suecia y Suiza. La asociación de esta última presentó una nota de protesta porque perdía a dos integrantes. ¿Qué diría si evaluara este dato, la sancionada Bolivia que incluyó a un paraguayo con menos tiempo de residencia en el país que la estipulada?

La FIFA toma sus decisiones en este contexto. Impulsada por claros objetivos políticos. Es posible que si los clubes argentinos rechazan la reforma del estatuto, la réplica que reciban sea la desafiliación de la AFA. Una medida así tendría un costo elevadísimo para todos. Pero las decisiones de la multinacional del fútbol –se sabe– están teñidas de una falsa apariencia de respeto por sus propias normas. En ella descansa la presunción argentina de que acá no pasará nada. O de que si sufre una sanción, será inocua.

Un castigo severo fue el que recibió Bolivia. Ayer su federación anunció que todo volvía a fojas cero y que se le restituían los puntos arrebatados. Pero la FIFA lo desmintió enseguida. La Selección nacional sigue ubicada afuera de la zona clasificatoria para el Mundial de Rusia. Y sobre la AFA pende la amenaza de una desafiliación que complicaría aún más la situación de un fútbol que vive en crisis constante.

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