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No le ganó a nadie

Por Daniel Guiñazú

Si el propósito de la velada del miércoles por la noche en el Luna Park era darle pantalla nacional a la Tigresa Marcela Acuña y, de paso, mostrarla defendiendo su título del mundo ante una rival poco riesgosa, el objetivo se cumplió largamente: cientos de miles de espectadores de todo el país vieron por cable cómo la peleadora formoseña acababa en 44 segundos con la colombiana Daysi Padilla y retenía su corona supergallo de la Asociación Internacional de Boxeo Femenino (AIBA).
Ahora, si Osvaldo Rivero y Esteban Livera, los manejadores de Acuña, pretendían algo más como, por ejemplo, alentar la práctica de esa especialidad en la Argentina o convencerse y convencernos de que estamos en presencia de un fenómeno, habrá que concluir que no lo consiguieron. Y no fue culpa suya ni de la Tigresa. Sencillamente no fue pelea, no la hubo. Con la campanada inicial, Acuña le asestó a Padilla una formidable derecha voleada que le impactó en plena mandíbula. De allí en adelante, la colombiana se paseó por el ring vacilante, nocaut de pie, tan obnubilada que ni siquiera intentó amarrar o dar un paso al costado para que el vendaval de trompadas le pase de largo. Recibió siete derechazos más de la Tigresa hasta que el árbitro Raúl Ilvento decretó el nocaut técnico antes de que se cumpliera el primer minuto de combate.
Nada puede objetársele a Acuña. Aprovechó su oportunidad no bien se le presentó y logró una victoria saludada con fervor por los 4500 espectadores (de los que pagaron sólo 1500) que concurrieron a Corrientes y Bouchard. Pero, ¿es serio que haya defendido su corona ante una boxeadora como la colombiana, que hacía dos años que no peleaba? ¿Hasta dónde resulta creíble un triunfo ante una adversaria de record incomprobable, conseguido en el mejor de los casos ante debutantes o pugilistas con registros negativos? ¿No habrá que tomar algo más de riesgos y buscarle para la próxima una contrincante más seria? Las respuestas caen de maduras.
Es posible que el soberano piñazo de la Tigresa hubiera conmovido a la mejor boxeadora del mundo. Pero lo cierto es que, en el ratito que estuvo de pie sobre el ring, la colombiana Padilla no dio muestras de aptitud para dedicarse a una disciplina tan exigente como el boxeo, ni mucho menos para aspirar a un título del mundo de cualquier versión. Al final de la noche terminó en un hospital con una severa conmoción cerebral, mientras Acuña celebraba en familia una limpia victoria que sólo un detalle ensombrece: en verdad, no le ganó a nadie.

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