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Argentina y “El séptimo sello”

Un caballero andante medieval tropieza con el fin de sus días, una tarde en que debía estar desfaciendo entuertos. La muerte en persona le anuncia que su paso por este mundo ha concluido. Disputarán un partido de ajedrez para resolver el asunto de su partida rumbo al más allá. El caballero juega ante el único rival invencible, creyendo que si gana salvará su vida. No quiere seguir viviendo en un gesto egoísta, sino para continuar sus andanzas al servicio de los necesitados. Pero el noble caballero no sabe que la muerte es tramposa, que jamás pierde ante un hombre. Cuando la partida termine habrá concluido la vida del caballero. La vida del caballero no es otra cosa que ese partido ante la muerte. No en vano, todos somos mortales.
¿Quién si no el sueco Ingmar Bergman puede haber urdido una película así de metafísica y jodida, bajo el título de El séptimo sello? Nuestros días están contados, muchachos, es al ñudo preocuparse, dice en el espíritu del film el costado religioso del gran realizador sueco, hijo de un pastor que llenó de temores su infancia. Eso no es lo importante, le responde el sueco iconoclasta que convive con el Bergman temeroso de que al fin y al cabo haya un dios que todo lo sepa. Lo importante no es eludir a la muerte, sino la calidad del trabajo que hacemos, de la vida que llevamos, hasta el día en que nos toque perder.
Bergman no es un fan de fútbol, pero ni queriendo, en su exilio de la isla de Farö, habrá podido abstraerse de lo que pasará mañana miércoles: Suecia y Argentina jugarán en Miyagi, Japón, un partido mortal. El seleccionado argentino correrá la suerte del caballero medieval de El séptimo sello en caso de que no gane: una vez concluido el juego, estará frito, por más que haya luchado, empeñándose en torcer su destino. Pero mientras haya partido, tendrá esperanzas. Para los argentinos, Suecia será esta vez la imagen viva de la muerte: estará ahí, con su escudo en ristre, con su bandera como medieval –una cruz en el medio– para recordarles que todo lo que hicieron mal en el pasado ya no puede modificarse. Al final de la partida entre argentinos y suecos, unos se irán a los gritos y otros susurrando.
Para el fútbol argentino, la mención de Suecia es trágica: obliga a pensar en el llamado desastre de 1958, cuando fuimos a un Mundial sintiéndonos, una vez más, los mejores del mundo, y volvimos destruidos. La soberbia argentina chocó en Suecia, hace once mundiales, contra un tren checoslovaco. Seis a uno fue el resultado mortífero de aquel último partido. ¿Por qué nos creíamos los mejores, si desde Italia 1934 no habíamos jugado mundiales, primero por la Guerra Mundial, que obligó a la suspensión de los correspondientes a 1942 y 1946, y luego por decisión del gobierno de Juan Domingo Perón, que creyó que era bueno para Argentina no tomar parte de los certámenes de Brasil 1950 y Suiza 1954? Bueno, porque los argentinos somos así. Eramos los mejores del mundo por decreto propio, si haber pasado por los trámites menores de la competencia con otros.
El dealer de videos del fútbol sueco del seleccionador Marcelo Bielsa es el hijo de un argentino exiliado en Estocolmo durante la dictadura militar. Tiene 25 años, estudia periodismo deportivo y se llama Federico Devoto. En el último semestre, el cuerpo técnico argentino lo atosigó con pedidos de todo tipo sobre partidos de los jugadores suecos, en el fútbol local y en plano internacional. Hoy, en la vastedad de la concentración argentina, Bielsa repasa una y otra vez esos videos, y los de los partidosdel Mundial, buscando los puntos flacos del adversario. Mueve las piezas una y otra vez, en un tablero que simula el de la partida que viene. En su equipo, los peones y los caballos están bien... ¡pero que problemas con las torres, los alfiles y la reina!
Bielsa no sabe que los técnicos suecos Lars Lagerbaeck y Tommy Soderberg tienen el mis-mo dealer futbolístico. Y que además, ellos le hacen pagar unas buenas coronas por su trabajo. Algunos de los jugadores suecos, a diferencia de los argentinos, deben haber visto El séptimo sello, que suele pasarse en las escuelas públicas de su país, para acompañar el estudio de la literatura española medieval. Ellos también están preguntándose hoy si serán la muerte o el caballero andante cuando mañana el árabe Ali Bujsaim pite que el partido en Miyagi ha terminado. En su caso, tienen la ventaja de que podrán estar pendientes del cho-que simultáneo entre Nigeria e Inglaterra. Con la desventaja de que morirán dos veces en una misma tarde, si los astros –y la diferencia de gol– no están alineados a su favor. No es Bergman el retorcido: el destino siempre es raro.

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