DEPORTES › LA DERROTA JAPONESA VISTA EN HIROSHIMA

Eliminación caída del cielo

Por Marcelo Androetto
Desde Hiroshima

Los habitantes de Hiroshima, lugar-símbolo del horror nuclear, vivieron la eliminación de la selección de Japón del Mundial 2002 a manos de Turquía con una gama de sensaciones: tristeza, desilusión, sorpresa e indiferencia. “Estamos muy tristes, no esperábamos algo así”, afirma Nagashima, un joven de 25 años que siguió el partido por TV en la galería comercial más importante de la ciudad. Su amigo Kasane se resignó: “Turquía es más fuerte que Japón, tiene más experiencia”.
Desde temprano, los bares del centro se llenaron de hinchas locales ansiosos por presenciar en las pantallas una nueva gesta de Nakata, Inamoto y compañía. Sus circunstanciales compañeros de mesa eran extranjeros, que hicieron un alto en su programa mundialista para visitar los lugares históricos de Hiroshima.
“Un poco de café” es el nombre del bar ubicado a escasos 200 metros del lugar donde el 6 de agosto de 1945 un B-29 estadounidense hizo estallar la bomba atómica, con un saldo de cerca de 200 mil muertos. Allí, el impacto del gol del turco Umit Davala se sintió fuerte. “No puede ser, no puede ser”, decía una jovencita de no más de 14 años. El estallido del gol fue precedido por un grito ensordecedor de temor de la platea femenina, que se veía venir, con razón, el 1-0 que sería definitivo.
A poca distancia, unas 150 personas, casi todos adolescentes, tomaron la peatonal para sí, y se sentaron en el suelo para aguantar los 90 minutos frente al televisor que un local de tragamonedas ofreció en la entrada. Al lado, un restaurante trataba de ganar clientes por medio de un empleado que levantaba un colorido cartel donde se podía leer el resultado parcial del cotejo en Miyagi.
El segundo tiempo fue puro sufrimiento. Rostros serios y mucho silencio, salvo cuando un reportero fotográfico pedía un poco de entusiasmo para la cámara y los hinchas respondían con el característico grito de “¡Nippon! ¡Nippon!”.
Algunas chicas, todavía con uniforme escolar, celebraban con igual algarabía una atajada del arquero japonés Nishizawa en un centro sin destino, mientras a sus espaldas otras personas seguían pasando, de regreso del trabajo o de compras, sin prestarles atención a los intentos vanos del equipo de Philippe Troussier.
Una anciana acompañada de su hija se asoma al grupo y pregunta por el resultado, en el mismo momento en que el silbato de Pierluigi Collina decreta que el recorrido de Japón en su Mundial ha acabado en octavos de final. “Qué lástima. Hubiera sido lindo llegar más lejos”, afirma Yamada, mientras se pone de pie. Hay decepción, tristeza, pero no drama, ni llantos.

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El festejo de Davala.
 
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