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Uno enamora, el otro asusta

El relator Víctor Hugo Morales sostiene que si la FIFA permitiese que en los mundiales jugaran los equipos A y B de cada país, sería perfectamente normal que llegasen a la final los dos seleccionados de Brasil. Para el relator uruguayo, el fútbol brasileño es al fútbol mundial lo que la NBA es al básquet internacional, sólo que con sus estrellas desperdigadas por el planeta entero. Basta pensar en los jugadores que Brasil se da el lujo de dejar afuera –empezando por Romario– para coincidir con aquellos que piensan que su vasto territorio fue, es y posiblemente seguirá siendo un auténtico semillero del fútbol mundial.
El ex futbolista y entrenador Jorge Valdano, actual manager del Real Madrid, sostiene que los Mundiales son torneos que se juegan cada cuatro años, con un montón de equipos compitiendo denonadamente... a los que siempre llegan a las finales los alemanes. Valdano es uno de los pocos hombres de peso en el fútbol actual que tiene el privilegio de contarle a los chicos que una vez jugó una final con Alemania y la ganó. Fue en México 1986.
El entrenador Carlos Bianchi, que sería el favorito cantado a dirigir el seleccionado argentino si para ello se consultara a las mayorías, opina que a los partidos hay que jugarlos, pero las finales ganarlas, haciendo propia una idea del ex jugador y entrenador Alfredo Di Stéfano, que para muchas opiniones autorizadas fue uno de los cinco jugadores más grandes de todos los tiempos. Que los partidos hay que jugarlos pero las finales ganarlas quiere decir que en el fútbol una cosa es el largo plazo y otro el corto plazo. Una final es el plazo más corto que tiene el fútbol.
El fútbol de Brasil tiene admiradores en el mundo entero: es por antonomasia un modelo de juego a seguir. Une belleza y efectividad, acaso porque en el deporte estos conceptos suelen estar ligados. El fútbol de Alemania, en cambio, genera respeto: es eficaz por sobre cualquier característica. La eficacia es central en la competencia. Brasil enamora, Alemania genera temor. Brasil juega históricamente con el desparpajo con que una adolescente carioca meneaba sus caderas unas tardes de los 60 que ya no existen, mientras Tom Jobin-Vinicius de Moraes la miraban pasar, rumbo a la playa de Ipanema. Alemania sabe, por fin, que el sueño de la razón engendra monstruos que la razón no puede detener. Pero se niega a ser imprevisible. Un equipo alemán desordenado es un imposible, un oxímoron.
El hecho de que nunca, por circunstancia alguna, en los l6 torneos disputados desde 1930 se hayan topado Brasil-Alemania le pone al choque del domingo un condimento futbolístico especial. Es bien sabido que como las finales hay que ganarlas, en su desarrollo puede pasar cualquier cosa. Por ejemplo, que si Alemania va perdiendo se dedique a atacar sin cuidarse atrás, como hizo en 1986, cuando remontó un 0-2 ante Argentina pero terminó cayendo 3-2. Por ejemplo que Brasil se ponga nervioso, si las puertas de Oliver Khan siguen tan cerradas como hasta ahora (sólo le hicieron un gol en el Mundial) y se descuide o baje la guardia. Por ejemplo que ambos jueguen al error rival y el partido sea horrible y se defina por penales. Y así, al infinito.
Una cosa es cierta, a esta altura: los dos llegaron donde están por haber impuesto sus buenos jugadores a sus jugadores mediocres. Alemania está por Khan, por Ballack –que se pierde la final– por Neuville y por Klose, más que nada. De acuerdo: salvo el arquero ninguno brillará en la historia en el nivel de Beckembauer, Overath, Breitner, Rummenigge o Gerd Müller. Pero con esa harina tiene que hacer el pan el entrenador RudiVöeller, que sobrevivió a un desastroso 1-5 ante Inglaterra en las eliminatorias, Brasil llegó por Marcos, por Cafú, y por la triple R (Ronaldo, Rivaldo, Ronaldinho y Roberto Carlos), después de que en las eliminatorias sudamericanas algunos de ellos diesen lástima. La mayoría de los brasileños deberán decidir, una vez que comience el partido, si se someten a la obediencia debida que pregona el entrenador Luis Felipe Scolari o deciden jugar para la Historia. La mayoría de los alemanes, en cambio, saldrán a jugar seguros de que sólo la obediencia conduce al éxito.

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