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Con nostalgia y bronca

Por Diego Bonadeo

El viernes era especial en la década del cuarenta. Porque el día siguiente era “sábado inglés” y porque salía El Gráfico. Con Adolfo Pedernera, Oscar Gálvez, José María Gatica, Alfredo Yantorno o algún otro en la tapa -prevista con semanas de anticipación por requisitos de impresión– y, en el interior, todo el deporte. No era como los diarios, donde los lunes encontrábamos los resultados y las larguísimas crónicas, llenas de dichos como “las defensas superaron a los ataques” o “el eficaz cancerbero obstaculizó el accionar del scorer adversario”. Además, El Gráfico tenía las fotos y, si queríamos ya “algo más”, estaban las crónicas y los comentarios de Alberto Salotto, de Félix Daniel Frascara o las “Apiladas” de Borocotó, en las que aparecían personajes como “Comeuñas” o clubes por entonces casi de fantasía, como Sacachispas.
Pero la impronta diferenciadora fue Dante Panzeri, por entonces limitado a escribir sobre natación y ciclismo. El Dante fue, además de periodista, un “despertador de lectores”. Quien buscara periodismo pasatista estaba fregado. No era posible “mirar” lo que escribía Panzeri. Había que “leer”. A fines de la década del cincuenta, Panzeri ya era el director con la anuencia puntual de Aníbal Vigil, hijo del creador de “El mono relojero”, “La moneda volvedora”, “Upa” y fundador de la Editorial Atlántida y tío de Constancio Vigil nieto, tristemente célebre después como portavoz de la dictadura, cogolfista de Menem y truchador de automóviles para discapacitados. Con Panzeri, Pepe Peña, Osvaldo Ardizzone y Ernesto Lazzati se agregaron a los tradicionales Julio Martínez Vázquez, Hugo Mackern y el Mono Villa entre otros. Y se sumaron también a Gerardo Bonhoff en atletismo y Federico Kirbus en automovilismo.
En 1961, a los 22 años toqué el cielo con las manos. Entré nada menos que a El Gráfico de Panzeri junto a mi entrañable amigo Coco Llana. Pero menos de dos años después se interrumpía la chance de cambiar el periodismo nacional desde la revista deportiva más prestigiosa del país con la ida de Panzeri y la llegada del mentor del periodismo basura en la Argentina, Carlos Fontanarrosa. Ya había estado antes como cronista de básquetbol, pero ahora volvía con la suma del poder editorial.
La implantación de la tilinguería y el amarillismo presagiaba tiempos peores para los productos que se pergeñaban en Azopardo y México. Esos tiempos llegaron con la década del setenta. Desde la carta apócrifa del holandés Ruud Krol a su hija durante el mundial de 1978 –en la que el contrabandista ideológico Enrique Romero ponía falazmente en el mensaje del futbolista de que los fusiles de los soldados argentinos tiraban flores y no tiros–, hasta las permanentes campañas pro o contra cualquier figura del deporte según conviniera a poderosos o avisadores. Estos gestos se convirtieron en la constante de la revista que pasó a ser, de colección en la mesa de luz para varias generaciones durante mucho tiempo, a simple papel para envolver pescado en Semana Santa desde que los marquetineros le metieron mano, promediando la década del sesenta.

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