DEPORTES › OPINION

Tenía que ser

 Por Sandra Russo

¿Quién podía venir a terminar de arruinarme mi tarde melancólica pero digna, tristona pero honrada? Quién podía ser: un taxista.

Definitivamente, tengo que optar por el bondi. Y eso que este taxista tenía piercings por todas partes, en la nariz, las orejas y el labio. Es decir, no era el típico oyente del Negro Oro, pero así y todo apenas subí y sin que mediara ningún diálogo, descerrajó:

–Se tiraron a menos.

Después siguió su monólogo explicándose a sí mismo (yo no escuchaba, uso tapones de oído imaginarios pero blindados cuando un taxista hace catarsis) el motivo de los dos penales atajados.

Ibamos bien. Empecé padeciendo el Mundial y terminé en la tarde de ayer con los nombres de los jugadores alemanes escritos en hojitas que fueron a parar debajo de una cubetera en el freezer. No tengo ningún problema con mis contradicciones ni con mis pensamientos mágicos. Son licencias que uno puede y hasta debe tomarse para beber de la copa empática con sus semejantes.

Vimos el partido en el departamento de un amigo que vive en Bulnes y Güemes, zona de edificios altos. Cuando Ayala hizo el gol, instantáneamente las puertas de todos los balcones de la cuadra se abrieron y la gente salió a compartir los gritos y a agitar las banderas. La verdad, sigue sin importarme un cuerno si somos mejores o peores que alguien, pero ese instante en el balcón, haciendo señas e intercambiándolas con esos desconocidos, eso sí, eso sí, compro, déme dos, quiero más.

El idiota del taxista me trajo una muestra que ni siquiera fue gratis: después de todo pagué ocho pesos por ese viaje al centro de la argentinidad más odiosa, la más ruin, la argentinidad conspirativa que no se rinde ante las evidencias y sólo interpreta el azar o el destino o el juego como un trampa tendida por otros o, lo que es peor, por un enemigo interno. Hubiese sido distinto si el tipo vomitaba insultos contra Lubos no sé cuánto, ese árbitro cuyas veleidades la verdad yo tampoco discerní con claridad. Pero suponer que algunos jugadores se tiraron a menos –los mismos jugadores que seguramente dos horas antes eran ídolos– era la peor de las versiones, el producto de una mente podrida.

Decía: empecé padeciendo el Mundial y después me rendí ante el juego divertido de la Selección, y sobre todo ante cierta actitud colectiva de mesura y sentido común. El fútbol me importa tanto como el karate, pero lo que estuve disfrutando estas semanas fue la fiesta. Ese reservorio de identidad compartida que pocas veces se expresa tan claramente.

Después del partido contra México, Marcela, una amiga completamente indiferente al Mundial, tuvo que ir a San Francisco Solano, a un barrio de esos barrios casi desahuciados. Lejos, muy lejos del Obelisco. Donde vive gente que cuenta las monedas y había preferido quedarse a festejar en su propia esquina. Un barrio con poco alumbrado público: los escasos gorros de arlequines se mezclaban en la oscuridad con las banderas raídas. Ella se puso a tocar bocina. “Para acompañar”, me dijo. Es entendible. Acompañar esa alegría esquiva, esa pertenencia de los excluidos a un conjunto que, encima, parecía distinguirse sobre el resto en una competencia mundial.

Ayer, cuando terminó el partido y todo este asunto de Argentina en Alemania, pensé en el relato de Marcela. Pensé que en la noche de ayer, en San Francisco Solano, nadie tendría nada que festejar.

Quedaba, claro, la sensación con la que empecé esta nota. Esa tristeza bañada en la honradez del juego limpio, esa melancolía teñida por la dignidad de un equipo que la peleó mejor y al que el azar le retaceó la chance. Pero me tuve que tomar ese taxi y escuchar a ese taxista perforado no sólo por los piercings sino también por sus pensamientos tóxicos. En realidad, la melancolía dejó paso a la ira. Antes de bajar le dije:

–Metete el Mundial en la guantera.

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