DEPORTES

Lo de Messi es inexplicable

 Por J. J. P.

Cuando terminó el partido se quedó solo, sentado en el banco, con la mirada perdida, mientras sus compañeros se juntaban para consolarse mutuamente. Varios titulares y un par de suplentes caminaron unos metros hacia el arco donde estaban la mayoría de los hinchas argentinos y aplaudieron a la gente que a la vez los ovacionaba reconociendo el esfuerzo. Messi se fue solo, con la cabeza gacha, sin hablar. Un rato antes había tenido una actitud desagradable, desenganchado del partido, al que no seguía. Tampoco dijo nada cuando salió por ese larguísimo pasillo denominado zona mixta, por el cual se van los jugadores un rato después de terminado todo. Casi todos se detuvieron a hablar con los periodistas: muchos parecían quebrados; Messi, no. Salió, dio marcha atrás, pareció que se arrepentía y tenía cosas para decir, pero no abrió la boca y se fue. No es difícil imaginar las cosas que debieron pasar por la cabecita del pibe cuando Crespo, que ya no tenía más para dar, se fue de la cancha dejándole su lugar a Cruz, con lo cual se cerraba cualquier posibilidad de entrar. “Ponelo a Messi, la puta.” El pedido que se escuchaba por lo bajo en el sector de los periodistas, un poco más fuerte, aunque tapado por la multitud en las tribunas, y a los gritos pelados en muchos lugares de la Argentina, debe haber llegado como onda expansiva hasta la cabecita del pibe que se quedó caliente, con ganas de jugar, con la certeza de que con él en la cancha las cosas pudieron haber sido distintas. “Lionel está contento cuando juega”, dijo más de una vez el padre como para dejar claro qué le pasaba al nene cuando no lo ponen. Nadie puede asegurar que con Messi en la cancha se habría torcido la historia. Es más, hasta es probable que todo se hubiera dado de la misma manera. Pero no es fácil explicarse por qué Pekerman no hizo el intento de jugar la carta más brava que le quedaba. Nadie se lo explica muy bien. Y mucho menos el mismo Messi.

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