DIALOGOS › ENTREVISTA CON EL INVESTIGADOR MARCOS NOVARO A VEINTISéIS AñOS DE LAS ELECCIONES QUE GANó LA UCR

“Alfonsín creyó que podría transformar la Argentina”

Novaro discrepa con la visión de un Alfonsín alejado, al final de su mandato, de los impulsos de transformaciones progresistas con que había llegado al gobierno. Pero estima que la mayor equivocación del ex mandatario era visualizar al peronismo como un conservadurismo popular sin capacidad de cambio.

 Por Natalia Aruguete y Walter Isaía

En 1983, por primera vez el radicalismo le ganó al Partido Justicialista en elecciones libres, ¿qué significado tuvo ese triunfo para la apertura democrática?

–En el juego electoral se definía la distribución del poder. Esto no había sido así en las décadas previas, tanto por la capacidad del peronismo de ganar las elecciones como por la tendencia de excluir de la competencia a los demás actores. Se ponía a discreción de los ciudadanos la asignación de los roles del gobierno y de la oposición. Pero que eso fuera así no alcanzaba, suponía que hubiera también un aprendizaje de las fuerzas políticas respecto de qué implicaba el ejercicio del gobierno y de la oposición. La diferencia que marcaban la posibilidad de competencia electoral y la existencia efectiva de un sistema de partidos que se alternaran en el poder y se reconocieran mutuamente llevaría tiempo. En parte, porque ese acontecimiento cambiaba las cosas pero no tanto.

–¿Qué no logró cambiar el inicio de la democracia?

–Por un lado, ni peronistas ni radicales consideraban como cerrada la discusión de si efectivamente eso iba a funcionar y cuál era el rol de cada uno de ellos en ese sistema bipartidista. Además, el peronismo todavía estaba sometido a una crisis y estaba por verse qué vías de resolución tendría eso. Alfonsín tenía una idea socialdemócrata, con larga tradición en el radicalismo. Suponía que, dado que el peronismo había dejado de ser el movimiento de masas que alguna vez fue, lo único que quedaba era un populismo conservador, afirmado básicamente en algunas provincias del interior, pero con escasa capacidad de representar los intereses de los sectores más modernos de la economía. Ese movimiento desbordante, que era de izquierda o derecha y estaba en todos los extremos de la escala social, era cosa del pasado y ahora era cuestión simplemente de acomodar el sistema. Alfonsín era muy optimista: imaginaba que el espacio político que se le abría permitía cambiar las identidades políticas en el país y hacer algunas transformaciones.

–¿La crisis del peronismo influyó en el triunfo de Alfonsín?

–Efectivamente. En las filas peronistas se pensaba que en ese triunfo electoral no había una gran novedad, sino una continuidad, que era un accidente o, peor todavía, la forma en la cual la dictadura se prolongaría en el tiempo.

–¿Cómo era visto Alfonsín por los dirigentes peronistas?

–Muchos peronistas, de derecha pero también de izquierda, lo veían como la peor amenaza, un caballo de Troya dentro del movimiento nacional. Mientras que Balbín había aceptado que el peronismo siguiera siendo lo que era –y entonces para los radicales lo único que quedaba era ser un contrapeso minoritario–, Alfonsín intentaba aquello que habían intentado La Libertadora, Frondizi y el propio Illia: hacer mejor que Perón lo que Perón había hecho para “manipular a las masas”, apropiándose de banderas de justicia social que originalmente eran de izquierda, radicales y socialistas, pero no peronistas.

–Alfonsín se proponía generar un consenso amplio durante su gobierno, ¿cree que estaban dadas las condiciones para ello?

–En eso creo que Alfonsín acertó en su diagnóstico. El consenso era fuerte.

–¿En qué áreas era fuerte?

–En realidad, había una combinación de consensos muy amplios pero muy ambiguos. Eso tuvo que ver con la disputa entre partidos, pero también con temas urgentes, como los derechos humanos o los problemas económicos. Radicales y peronistas no discutían mucho los temas económicos, estaban convencidos de que la dictadura era la fuente de los problemas económicos de la Argentina. La economía argentina era sana, sólo que había sido dañada por políticas malignas y equivocadas. Por lo tanto, una vez terminada la dictadura, los problemas económicos se iban a resolver. Esa idea era muy fuerte en el alfonsinismo y no lo era tanto en el peronismo dirigente y en los economistas peronistas, que tenían una visión más pesimista. Aunque no hicieron campaña con esta idea, sino que continuaron con las propuestas económicas de la multipartidaria, al igual que el radicalismo. Ese consenso le dio un empuje inicial muy importante a la democracia, hizo que muchos ciudadanos creyeran que, efectivamente, con la democracia “se cura, se educa, se come”. La democracia era moral y técnicamente superior. Llevó un tiempo largo advertir que los problemas de la economía argentina eran estructurales y que se resolverían con cambios estructurales. Esa discusión llevó años.

–¿Cuáles son los ejes centrales de esa discusión?

–Primero, el problema de la inflación. Y alrededor de este tema se dio la gran discusión sobre reformas estructurales.

–¿Las políticas impulsadas por el ministro de Economía Bernardo Grinspun (su gestión duró un año) eran de consenso o se plantearon como confrontaciones con ciertos sectores y ruptura con la dictadura?

–En las políticas económicas del período militar uno ve una enorme variedad, que no fue percibida como tal por los actores democráticos, que creían que su adversario económico era Martínez de Hoz, porque había llevado adelante políticas ortodoxas. Ese diagnóstico no advirtió lo mucho que había de política heterodoxa en Martínez de Hoz, fundamentalmente el aumento del gasto público. Lo más sorprendente es que después de 1981, las políticas de la dictadura militar, salvo en la breve etapa de Roberto Alemann (diciembre de 1981-junio de 1982), fueron políticas heterodoxas, de aliciente del nivel de actividad y de consumo, e incluso de reacomodamiento de los salarios. Y Bignone, en una búsqueda por restablecer los vínculos entre militares y sindicatos, fue muy concesivo con los sindicatos y los salarios subieron considerablemente, en una etapa de fuerte crisis económica, caída de la recaudación y aceleración de los problemas de la deuda, producto de las altas tasas de interés y de su estatización.

–¿Por qué cree que los actores democráticos no advirtieron esto?

–Alfonsín creía que venía a hacer el giro de política económica de la ortodoxia a la heterodoxia y que era él quien iba a subir los salarios. Pero cuando trató de hacerlo con Grinspun, advirtió que los beneficios de esa política heterodoxa se los había robado Bignone. Eso implicó un enorme costo para Alfonsín, quien decía que iba a demostrar que se podía aumentar los salarios, detener la inflación y aumentar la actividad económica. Y eso era imposible.

–¿Por qué imposible?

–Porque los mecanismos de propagación de la inflación se habían vuelto muy veloces –cada aumento de salarios, los empresarios lo trasladaban inmediatamente a precios– y las expectativas que Alfonsín había generado con amplias moratorias impositivas provocaron que la recaudación cayera abruptamente. Por otro lado, el gobierno esperaba, con cierto grado de ilusión, que hubiera una asistencia externa a la democracia que le generara un alivio en el pago de los servicios de la deuda, con una renegociación generosa, que no llegó, en parte porque a la Argentina le había ganado de manos México cuando hizo el default de la deuda. Inicialmente, la estrategia argentina era presionar en público y formar una coalición con otros gobiernos de la región. Pero esas iniciativas fueron bloqueadas por los bancos acreedores; y fue lento el aprendizaje de que la forma más fácil de lograr una solución transitoria era lograr una negociación privilegiada con el gobierno de Estados Unidos, que era el único dispuesto a poner algo de dinero para sostener la situación en la Argentina.

–¿De qué le servía al gobierno conservador de Ronald Reagan poner dinero en Argentina?

–Estados Unidos tenía interés en mantener cierta estabilidad regional y promover un proceso de transición controlada. No quería que se repitiera la situación centroamericana. Si a Argentina le iba bien en su proceso de transición, eso suavizaría las cosas en los otros regímenes militares, fundamentalmente en Chile y Brasil.

–¿Es posible vislumbrar una estrategia confrontativa del gobierno de Alfonsín hacia algunas corporaciones?

–Alfonsín aplicó la idea de la confrontación muy claramente con los sindicatos. Después pasó a una fase de negociación y acuerdos, hasta el extremo de ceder el Ministerio de Trabajo al Grupo de los 15, los sindicalistas que después se llamaron “Los gordos”. En su estrategia inicial, Alfonsín fue acompañado por sectores peronistas de las listas verdes, más reformistas. Pero que después terminaron siendo más combativos y con los que fue más difícil negociar. Con los ganadores de las listas verdes, el gobierno logró parcialmente un cierto recambio y pluralismo, que era lo que proponía la Ley Mucci. Eso abonaría la idea de que Alfonsín pasa de la confrontación a la negociación, pero que no es una imagen que se pueda trasladar a todos los terrenos.

–Hay una discusión entre quienes plantean que la Ley Mucci buscaba democratizar el sector y quienes afirman que el propósito último era debilitar a la corporación sindical y erosionar su poder.

–Uno puede leer las dos cosas si observa las explicaciones que dieron muchos de los dirigentes radicales. Algunos creían que con esta ley se iba camino a tener un sindicalismo a la europea, más autónomo. Es difícil imaginar cómo esos actores pensaban que se iba a estructurar la toma de decisiones con ese nuevo sindicalismo. Por eso, muchos de “Los Gordos”, como Triaca, le advirtieron al gobierno que si lograba aplicarla, esa ley se le vendría en contra, porque favorecería a aquellos con los que no sería fácil negociar. No había un diagnóstico claro en el gobierno respecto de si la democratización debía servir para contener un poder sindical que se fortaleciera por su unidad o ampliar dicho poder autonomizándolo y relegitimándolo. Algunos proyectos previos, como el de Illia y el de la Libertadora, buscaban limitar el poder sindical, por ejemplo suprimiendo el sindicato único. El proyecto Mucci, en cambio, preservaba el sindicato único. Se creía que el modelo sindical argentino había que mantenerlo y llevar la democratización al interior de los sindicatos.

–¿Por qué fracasó la Ley Mucci?

–Creo que ese fracaso revela, por un lado, que no existían los actores democratizadores del sindicalismo que Alfonsín esperaba, los apoyos a la Ley Mucci fueron muy escasos. Además, ese proyecto generaba desconfianza en ciertos actores, como la Iglesia y el empresariado, y en algunos sectores del gobierno. El fracaso no fue sólo por el voto que perdió el radicalismo en el Senado, sino porque no había un diagnóstico y un proyecto muy claros sobre para dónde ir.

–¿A qué terrenos no es trasladable la imagen de un Alfonsín que pasa de la confrontación a la negociación?

–Claramente no es el caso, pese a lo que se suele decir, de los derechos humanos. En gran medida porque fracasó en el terreno sindical y por las dificultades que tuvo en el terreno económico, la política de derechos humanos fue, entre los años 1985 y 1986, mucho más audaz de lo que él inicialmente pensaba. El gobierno de Alfonsín se volvió muy dependiente de éxitos morales en este ámbito. Significaba el triunfo sobre el autoritarismo. Y eso se dejó de lado en los análisis sobre las políticas de derechos humanos de su gestión. El no ejerció limitaciones al proceso de ampliación de las vías iniciales de su política.

–Sin embargo, bajo su gestión se sancionaron las leyes de Obediencia Debida y Punto Final.

–El Poder Ejecutivo envió la reforma del Código de Justicia Militar introduciendo las cláusulas sobre obediencia debida. En la negociación que se dio en el Senado, entre los radicales y el Movimiento Popular Neuquino (MPN) de Felipe Sapag, se decidió eliminar esas cláusulas, y Alfonsín no puso ninguna objeción. De hecho, algunos dirigentes radicales esperaban que el presidente presionara a los radicales para volver al proyecto inicial, cosa que podría haber hecho, ya que la UCR tenía mayoría en Diputados. Y no lo hicieron. Tampoco vetó esa modificación. El otro caso se dio en 1985, cuando un sector del gobierno impulsó las instrucciones a los fiscales, donde nuevamente introdujeron la cuestión de la obediencia debida. Alfonsín eliminó esas instrucciones, en reacción a otros sectores del partido y a toda la Cámara Federal, antes de que se produjera cualquier crítica pública.

–¿Cómo describiría la figura de Alfonsín, considerando estas estrategias?

–Era un político de equilibrios. Era muy ambicioso, pensaba que podría controlar los conflictos y acomodar las cosas a sus planes de largo plazo y que, por lo tanto, podría administrar el conflicto y la negociación manteniendo un equilibrio entre las distintas facciones que conforman su gobierno. Habría que ver cómo él manejaba esa composición de confrontación y negociación en cada terreno y cada momento. Su estrategia estaba gobernada por la idea de que lograría consolidar consensos. En ese sentido sí fue un líder “consensualista”. No creo que eso haya ido en desmedro de su capacidad de imponer cambios. Y era muy voluntarista, creía que podría transformar la Argentina en un sentido muy amplio, porque había una coyuntura única que lo había puesto en ese lugar y le había ofrecido la oportunidad de tener éxito donde sus antecesores habían fracasado. Hay que advertir este grado de ambición, que se diluye cuando se piensa en Alfonsín como alguien débil que no se animó. En muchos terrenos llevó su voluntad hasta el conflicto, incluso en el momento más dramático de su gobierno. Y eso, en gran medida, explica su salida. Es decir, para entender la hiperinflación y todo el período final hay que entender hasta qué punto Alfonsín no se resignó.

–Usted plantea que Alfonsín no se resignó hasta último momento. Sin embargo, algunos datos muestran virajes muy claros en su política, como se vio con la asunción de Sourrouille en la cartera económica o de Casella en el Ministerio de Trabajo. Incluso, algunos de sus últimos proyectos tenían algunas similitudes con políticas que luego impulsó Menem, como la privatización de ENTel o de los canales de TV.

–Me refiero a una resistencia en el sentido de que él no cedió en pensar al radicalismo como el partido del cambio. Pero la naturaleza del cambio efectivamente fue cambiando: en el último tiempo, sus políticas se parecían más a las reformas de mercado que aplicó el socialismo europeo que a las políticas heterodoxas tradicionales. Cambió de personal político y puso a funcionarios que conocían las políticas de cambio que aplicaba la socialdemocracia. Recurrió a instrumentos distintos, como las privatizaciones y otros cambios que tenían que ver con la apertura de la economía, con la concepción de que una economía cerrada resolvería sus problemas de acceso a la inversión y generación de mercados. Ahora, todo eso supone un cambio de programa, pero no necesariamente en los términos en los que pensaba Alfonsín.

–¿En qué sentido lo dice?

–En el sentido de no ceder en lo que él creía esencial. A través de estos cambios se podían lograr los mismos objetivos en los que inicialmente había pensado recurriendo a políticas heterodoxas más tradicionales. Al final de su mandato, él imaginaba que estaba peleando con el mismo adversario que al comienzo: un populismo tradicional, básicamente de derecha. Por lo tanto, el radicalismo seguía representando a la izquierda, el cambio. El veía en Menem lo que Menem había sido en los años ’70. Alguien que podía estar con Montoneros o con López Rega o con los dos al mismo tiempo, pero que aplicaba una política conservadora en su provincia y que pretendía hacer lo mismo a nivel nacional.

–Pero no fue así.

–El no imaginaba que fuera posible que el peronismo hiciera un reformismo populista y absorber un programa de modernización. Por eso prefería una competencia con Menem a una con Cafiero. Porque para él la modernización debía ser socialdemócrata. Y creo que claramente es dónde más decididamente se equivocó. Cafiero era un actor que desarmaba más ese escenario donde el radicalismo era el cambio y el peronismo era el pasado. Por eso cuando Alfonsín negoció con Cafiero medidas y leyes entre 1987 y 1988 –etapa en la cual la transición política podría haber sido negociada y las cosas habrían sido muy diferentes para Argentina–, él se mostró tan desleal con los renovadores.

–¿Cree que se equivocó prefiriendo a Menem antes que a Cafiero?

–Se llevó la sorpresa de que Menem era un modernizador, no un conservador... o un conservador que reformaba. En ese marco, Alfonsín volvió a sus posiciones más principistas, como organizar el Movimiento de Democracia Social (Modeso). Reeditó su proyecto socialdemócrata. Si la socialdemocracia no iba a hacer las reformas, la construyó desde la oposición, coaligando a todos los intereses afectados por estas reformas. Regresó a una postura de denuncia, por ejemplo hacia las privatizaciones, y a una heterodoxia económica bastante tradicional, buscando aliados en los desprendimientos por izquierda del peronismo, en los sindicalistas, en los movimientos de derechos humanos. Tuvo una actitud equívoca con Menem, porque creía que era la oportunidad de que el peronismo se desactivase como movimiento populista. Suponía que Menem haría el trabajo sucio de las reformas de mercado y eso le traería un beneficio político. Durante el período menemista, Alfonsín esperaba que el peronismo se partiera. Algo de eso sucedió, pero no en el sentido que él esperaba. Esa fue la última frustración de Alfonsín, que nunca entendió lo que pasó en los años ’90.

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Imagen: Sandra Cartasso
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