DIALOGOS › RODOLFO PREGLIASCO, EL FISICO QUE AYUDO A RESOLVER CAUSAS JUDICIALES RESONANTES

“Nunca me impulsó el espíritu justiciero”

Se propuso aplicar la física en la justicia. Y logró obtener pruebas clave en causas como la de Miguel Bru, Teresa Rodríguez, Kosteki y Santillán o la Masacre de Trelew. Aquí, el científico explica qué descubrió en cada caso, reflexiona sobre el papel de los investigadores y cuenta las dificultades con las que se enfrentó al unir ciencia y justicia.

 Por Verónica Engler

–¿Cómo pasó de estudiar colisiones atómicas a la física forense, que lo llevó a inmiscuirse en la investigación de crímenes de lesa humanidad?

–La verdad es que a mí siempre me dejó un poco insatisfecho el tipo de investigación que hacía. El tema en que trabajaba era divertido, pero no estaba claro para qué lo hacíamos. Siempre poníamos en los papers que “era indispensable para el desarrollo de la astrofísica y los reactores Tokamak”, pero en realidad nunca supe si lo que hacía era útil en algún sentido más allá de “profundizar el conocimiento general”, que es lo que se pone en los documentos del Conicet. Además, yo siempre fui un tipo disperso, me pongo a leer un tema y paso a otro tema, y éste ya me cansó, pero lo sigo haciendo y empiezo a hacer otra cosa. Y eso en la investigación tradicional es un defecto muy grande. Todo el mundo me decía “pará, concentrate en un tema”. Y me cuesta un horror eso, necesito aprender algo nuevo todas las semanas, necesito tener una idea por día, si no me siento mal. Y creo que en esta área logré hacer que mi condición, que era tan negativa en un ambiente, se convirtiera en una ventaja profesional. En esa búsqueda, me cambié de laboratorio cuando terminé el doctorado. Fundé, junto a dos compañeros, el Laboratorio de Propiedades Opticas de Materiales. Trabajé allí unos años, hasta que participé con Ernesto Martínez, mi gran maestro (un físico de la CNEA que falleció en 2006), en un peritaje en el caso de Migue Bru. Fue como un impulso, dije “quiero más de esto”, porque tiene vértigo, tiene utilidad, tiene otros condimentos. Y laburar con Ernesto era un placer superior, fue una hermosa experiencia.

–Usted se inició en la física forense con el caso de Miguel Bru. ¿Cómo llega ese caso a usted? ¿Qué fue lo que tuvo que esclarecer?

–Ernesto Martínez me inició en el tema, él estaba en la actividad forense desde hacía tiempo, sobre todo en el esclarecimiento de accidentes de tránsito. Pero un día lo consultan por el caso de Miguel Bru y Ernesto se aparece en el laboratorio a ver si podemos hacer el trabajo juntos. Personalmente el caso me había impresionado en su momento. Miguel Bru tenía mi edad y desaparece en 1984. La policía del barrio empezó a hostigarlo porque él les había metido una demanda por malos tratos, y en la comisaría lo ingresaron y lo registraron en el libro, lo torturaron y lo mataron en la tortura. El cuerpo nunca apareció. Fue un desaparecido a comienzos de la democracia. Algo que no esperábamos que sucediera. Para mí fue algo muy conmovedor trabajar en ese caso. Lo que nosotros teníamos que hacer era ver qué información podíamos leer del libro de la comisaría, que había sido borrado y sobreescrito. Yo trabajaba en ese momento en el laboratorio de óptica. Trajeron el libro de la comisaría, y lo primero que hicimos fue utilizar un espectrómetro Raman, que había salido setenta mil dólares, que era lo mejor que había en Argentina. Lo utilizamos sobre la hoja del cuaderno de la comisaría y sólo nos dio pura fluorescencia, se veía que la tinta era tinta, pero nada más. O sea que esa tecnología no nos servía para aportar mucho. Necesitábamos algo de mayor contraste que nos permitiera distinguir lo que era tinta de lo que no era.

–¿Tuvieron que acceder a tecnología más sofisticada?

–No, para nada, todo lo contrario. Lo parte graciosa de todo esto, que fue lo que me partió la cabeza, es que teníamos un espectrómetro de setenta mil dólares y terminamos resolviendo el problema con una linterna y un pedazo de celofán. Es que iluminando la hoja con un linterna con celofán rojo, primero, y luego azul, podía distinguir la tinta, pero también el relieve. Porque, cuando se mira por el microscopio, el papel es como una tela, como una urdimbre, cuando se escribe la tinta marca las fibras más superficiales, pero también marca algunas fibras que están más abajo. Entonces, cuando se borra algo escrito, se elimina la fibra de arriba, pero siempre quedan algunos puntitos de la escritura en las capas de abajo. Si se puede obtener una imagen en la que se pueda eliminar la tinta de arriba, que era la de la reescritura, y se dejan sólo los rastros de tinta de abajo, prácticamente se puede leer eso que se había querido borrar. Entonces sacamos fotos, una que mostraba la tinta y otra que mostraba el relieve. Con esas fotos podíamos distinguir algunos trazos que pertenecían a la escritura que había sido borrada. Eso que nos quedó se lo dimos al perito calígrafo, y él decidía qué letras eran. Lo que se podía ver era la be larga, luego el palito de la erre, y después venía una línea de cierre, eran tres letras, era muy verosímil que dijera Bru. Y eso fue muy útil en el juicio, porque fue la evidencia objetiva de que Miguel Bru había pasado por la comisaría. Antes lo único que había era el testimonio de los presos, pero como los presos le tenían especial bronca al comisario, era un argumento que la defensa había desestimado. Hubo juicio y condenaron al comisario.

–Otro caso resonante en el que trabajó fue en el esclarecimiento del asesinato de Teresa Rodríguez. ¿Qué fue lo que investigó en este caso y qué técnicas utilizó?

–El caso de Teresa Rodríguez tiene que ver con los primeros cortes de ruta que hubo en el país. Fue en la ciudad de Cutral-Có, un conflicto muy largo, que duró varias semanas, y en algún momento en los enfrentamientos entre los manifestantes y la policía hubo varios disparos y uno de ellos mata a Teresa Rodríguez, que estaba en el puente de Cutral-Có. El hecho estaba filmado, había imágenes en donde se la veía caer a Teresa Rodríguez, había fotos de los policías. Sin embargo, no se podía determinar quién había disparado. Después de ver muchas veces el video nos dimos cuenta de que nos faltaba información. Y Ernesto propuso que en vez de ver el video lo escucháramos, y esa idea fue genial. Empezamos a investigar el sonido y lo que descubrimos fue que el patrón de eco de cada disparo es muy distintivo. La estructura de ecos es como una huella digital del lugar de donde proviene el estampido. Realizamos una experiencia con petardos en el lugar del hecho para identificar de dónde había provenido el disparo. Tomamos un plano del lugar en donde se había producido el hecho y trazamos las elipses que corresponden a los diferentes posibles ecos cuando explotamos los petardos. Con la técnica que desarrollamos podíamos ubicar los disparos en base a la información acústica que hay registrada en el video. Y logramos en función de eso determinar de dónde había salido el disparo que había matado a Teresa Rodríguez. Descubrimos que los tiros no provenían de donde estaba parado el principal imputado. El problema es que el lugar de donde salía el disparo estaba atrás de un grupo de policías, a los de adelante se los podía ver, pero no a los de atrás. O sea que formó parte del trabajo del juez ver dónde estaba parado cada uno y ubicar a las personas que estaban en ese lugar. De todas maneras, decir eso es un montón, porque el juez con los testimonios sabe quién estaba en cada lugar.

–En la masacre de Avellaneda, en la que fueron asesinados Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, trabajaron con la misma técnica que en el caso de Teresa Rodríguez, ¿verdad?

–Sí, toda la técnica que desarrollamos en Teresa Rodríguez era especialmente apto para esto, porque había un montón de cámaras filmando, había mucha documentación de audio y la pregunta tenía que ver con el origen del disparo. En este caso nos convocaron los fiscales, que hicieron un muy buen trabajo de investigación. Es muy interesante trabajar con gente de otras disciplinas a las que les interesa la ciencia y la quieren usar. En este caso nos llaman muy sobre la hora. En el caso de Teresa Rodríguez trabajamos un año, y en éste sólo tuvimos dos meses. Logramos determinar el lugar de donde habían salido los disparos. Porque igual que en el caso de Teresa Rodríguez, aquí tampoco se veía en cámara quién había disparado, se ve caer a Kosteki luego de que le impacta el disparo, y luego la cámara enfoca a los policías. Había dos cámaras, pero una corta justo cuando se produce el disparo, porque los camarógrafos cuando hay una manifestación suelen hacer tomas breves.

–Uno de los últimos peritajes que realizó fue para la investigación de la Masacre de Trelew. ¿Qué pensó cuando lo llamaron para peritar en esta causa?

–Al principio no me parecía muy relevante. Pasó mucho tiempo. Pasó la dictadura en el medio. “¿Por qué Trelew?”, me preguntaba. A medida que fui trabajando, me iba dando cuenta de un par de cosas. La Masacre de Trelew no es un hecho cualquiera dentro de la historia argentina. Ocurrió en el año ’72. Fue, a mi juicio, el primer acto de terrorismo de Estado, con la justificación ideológica que después va a desarrollarse completamente del ’76 en adelante. Es la primera vez que presos a disposición del Poder Ejecutivo son fusilados. Porque los fusilamientos de José León Suárez (de 1955) fueron hechos irregulares. Fue un golpe duro para una generación. Tal vez hoy diecinueve pibes muertos no suene a mucho, después de treinta mil desaparecidos, pero en aquel momento fue cruzar una línea, prefiguró lo que vino después. Y esa carga, al hacer el trabajo, se trasluce de alguna manera. Yo tenía una enorme responsabilidad para hacer eso, lo sentí todo el tiempo, lo sentí al declarar. El peritaje en la causa surgió porque todo había sucedido hacía más de treinta y cinco años, y sólo quedaban testimonios indirectos. A los pocos sobrevivientes de esa noche los mataron unos años después, durante la dictadura. Así que para reconstruir los hechos se utilizan los libros, las entrevistas y material periodístico. Todo eso era muy incómodo para el juez. Entonces, me pidió que tratara de encontrar cualquier evidencia física de los hechos de esa noche que pudiera haber quedado en las paredes.

–¿Cuál fue la técnica que utilizó en este caso?

–Curiosamente en ese trabajo la física que aparece es sencillísima, lo que más resulta útil es la capacidad de ordenar la información, de sistematizarla, de hacer un trabajo de reconstrucción, de hacer el plano a escala del lugar, de ver cómo modificaron las paredes, un estudio de paredes, con una utilidad muy parcial, pero creo que fue un trabajo de mucho peso. Había que hacer una reconstrucción del lugar porque había sido modificado varias veces. Entonces hicimos un trabajo sobre las paredes del edificio, primero tratamos de buscar rastros de proyectiles. Para eso utilizamos tomografía de hormigón armado, que es como sacarle una radiografía. Pero la técnica más avanzada no necesariamente es pertinente o contribuye. Finalmente, después de estudiarlo bastante, vimos que sería útil ir descascarando la pintura de a capas. Como los militares pintan periódicamente las paredes, entonces se puede ir viendo cada reforma, cada agujero tapado que hay, cuál es la primera capa de pintura que aparece, y eso va estableciendo una cronología. Este trabajo empezó con rayos gamma y terminó con lija y agua caliente, y mucha paciencia para ordenar la información que salía. En cada lugar de la pared podíamos documentar la secuencia de colores. Cuando se hace una refacción, se vuelve a pintar con el último color de pintura, y faltan todos los anteriores. Así pudimos armar la posición de las paredes. En particular, de la pared del fondo, pudimos ver que había sido picada y cambiado todo el revoque hasta el ladrillo cerca de 1972. Por eso no había balas. Pero lo más importante es que arriba de 1,60 metro de altura la pared tiene sólo reparaciones recientes. Es decir que no hay ni un balazo de 1972. Eso refuta la versión de que los disparos hayan sido intimidatorios o producto de un susto. Se vaciaron al menos tres cargadores de armas de repetición sin un solo tiro por encima de la altura del pecho. Porque se discutía si había sido una respuesta a un intento de fuga o un fusilamiento a sangre fría.

–Varias de las investigaciones en las que participó tuvieron un impacto social muy fuerte. ¿Cómo repercutieron en usted estos trabajos?

–En todos aparece el drama humano, veías a una persona caer por un disparo que nunca se iba volver a levantar, y eso trae mucha angustia. En eso Ernesto también fue un excelente maestro, porque él insistía en que si quería ayudar tenía que tratar de entender, de utilizar la metodología científica para eso. En nuestro trabajo nunca nos impulsó el espíritu justiciero, sino que nos mantuvimos con la idea de tratar de aportar para entender lo que pasó o para limitar las versiones de lo que pasó. Nosotros no salimos a hacer justicia ni a perseguir a los criminales, funcionamos como asesores del juez, como peritos, y al perito a veces se lo llama “testigo experto”. Es como un testigo indirecto que puede ver en el expediente lo que otros no ven. La capacidad de convicción y de hacer clara la argumentación es fundamental, porque si no el juez no puede incorporar como propio un razonamiento. La física muchas veces no alcanza para resolver un caso, pero sí para establecer condiciones del escenario, y muchas veces esas condiciones son suficientemente restrictivas para entender lo que pasó o para establecer una responsabilidad. Pero creo que contribuir con parte del sistema científico y tecnológico al esclarecimiento de estos hechos tiene que ver con un acto reparador. La justicia es eso, repara reconstruyendo la historia. Inscribe el pasado. Por otra parte está la cuestión de la responsabilidad personal. De lo que uno hace depende la condena de una persona y eso obliga a repasar metodológicamente todo lo que se hace.

–¿Qué aporta el método científico a la hora de investigar en una causa?

–Lo que descubrimos con Martínez trabajando en este tipo de casos es que la metodología de la investigación científica, el entrenamiento que tienen los investigadores científicos, es tremendamente eficiente para organizar información compleja, contradictoria, numerosa, la capacidad de abstracción del científico es muy útil para el procesamiento de toda esta información, que es mucha y muy confusa.

–Hasta no hace mucho sus investigaciones como perito no eran muy bien vistas en el Conicet, ¿me puede contar por qué?

–Durante mucho tiempo discutimos la relevancia de la física aplicada versus la física teórica, pero creo que hay que añadir otro elemento en la discusión: ¿a quién le es útil la ciencia, queremos que la ciencia sea útil para los centros de poder, para los que están financiando desde afuera al sistema científico, o queremos que sea útil para reducir la de-sigualdad, mejorar la calidad de vida, producir una reparación en la población? Esa es una decisión importante que hay que tomar, pero creo que los comités de evaluación no pueden tomarla porque excede a la ciencia y tiene que ser discutida en otro ámbito. Cuando empezamos a laburar en esto con Ernesto era realmente extraño lo que hacíamos. Y aunque los colegas dijeran “qué bueno lo que hacen”, en las evaluaciones nos daban con un caño. No podíamos conseguir fondos para investigar, ni tomar becarios, sabíamos ambos que estábamos inmolando nuestra carrera. Martínez menos que yo, porque ya estaba por jubilarse. Pero yo estaba en la carrera del Conicet al borde de que me hicieran pomada. Pero estando con Ernesto logramos publicar algunos resultados. Luego de su muerte llegó la investigación de la Masacre de Trelew, que fue una experiencia muy ardua en todo sentido, pero finalmente logré editar el libro de la investigación con un médico forense de Bariloche. Presenté el informe junto con el libro en el Conicet y me lo rechazaron. En el Conicet hay que presentar un informe cada dos años. Si desaprueban el informe, se pide que uno cambie lo que está haciendo, y si después de dos años no se rectifica, queda despedido. Y pasaron dos años, yo hice un montón de peritajes grandes y extenuantes, algo que sin Ernesto me costó mucho. Y me enteré de que me iban a rechazar el segundo informe. Yo ya había enviando una carta al Conicet para decir que me parecía importante hacer esta actividad a través del Estado. Porque estoy estudiando crímenes de lesa humanidad ejercidos como terrorismo de Estado, entonces me parece muy bueno que el Estado mismo se encargue de analizar esto.

–¿Cómo cambió su situación en el sistema científico en los últimos dos años?

–Cuando estaba con el aviso del informe rechazado, dije “bueno, ya está, ya perdí”. Y justo en esa época me había contactado una productora de Adrián Paenza que me quería hacer una entrevista, y a mí me daba fiaca ir a Buenos Aires, pero finalmente acepté. Y en ese mismo viaje pedí una audiencia con el ministro Lino Barañao. Estuve nada más que un día en Buenos Aires. Llegué al ministerio y me recibió el ministro. Yo había ido con un dossier para contarle mi trayectoria y los problemas que tenía, pero no bien empecé a hablar me dijo: “Ya te conozco, sé lo que hacés, me encanta, ¿qué problema tenés?”. Y él se comprometió a ayudarme a solucionar mi situación en el Conicet. Esa misma tarde yo fui a grabar el programa con Paenza. Me hizo una entrevista larga, y cuando llegó el momento en que me preguntó qué problema tenía con el Conicet le dije que no tenía ningún problema con el Conicet sino con las comisiones asesoras y le conté un poco lo que pensaba. En aquel momento el argumento de la Comisión Asesora era que yo no hacía investigación y que casi no hacía física. Y mi postura es que sí estaba haciendo investigación, porque estudiar lo que pasó la noche del 22 de agosto de 1972 en la Base Almirante Zar es investigación. No es un investigación que sirva para publicar en un journal de física, pero sirve para publicar en algunas revistas internacionales de forense, y es investigación, porque yo estoy elucidando un tema del cual no se sabe nada o se sabe poco. Luego de esto pasaron tres o cuatro meses antes de que se emitiera el programa de Paenza, y mi situación estaba sin resolverse. Y cuando se emite el programa Barañao lo ve, hace transcribir lo que dije y lo manda al Conicet. Ese texto lo recibe el secretario de Tecnología de aquel momento, que había visto el programa, y acordaba con lo que había dicho, porque también están estas discusiones dentro del Conicet, y me llamó por teléfono y me ofreció pasarme a la Comisión de Tecnología. Y a partir de ahí cambió mi carrera, la apreciación de mis pares y mi inserción institucional.

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Imagen: Pablo Piovano
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