DIALOGOS › SIMONE VEIL, SOBREVIVIENTE DE AUSCHWITZ, EX PRESIDENTA DEL PARLAMENTO EUROPEO

“Lo que viví en Auschwitz sólo puedo hablarlo con otros sobrevivientes”

Es uno de los personajes políticos más notables de Francia: una derechista moderada por la que votarían hasta los izquierdistas, una mujer que se desmarca de toda plataforma e hizo aprobar el aborto hace 30 años. Una charla sobre la terrible experiencia del campo de exterminio a los 16 años, la memoria y la política.

 Por Octavi Martí

–Alguna vez usted contó que cuando regresó a Francia tras el infierno de Auschwitz, la gente no quería escucharla, no quería saber lo que había pasado.
–No querían oír el relato de los deportados. Entre los que habíamos escapado a la muerte en el campo de exterminio, sí hablábamos. Y a menudo nos reíamos de los recuerdos más espantosos, de las cosas más horribles. Era nuestra manera de sacar fuera todo aquello, de poder afrontarlo, de tomar conciencia de que éramos sobrevivientes. Recuerdo un viaje en tren, dos o tres años después de terminada la guerra, con otras compañeras de deportación durante el cual comentábamos nuestras distintas experiencias y lo hacíamos riéndonos. La gente que estaba alrededor y nos oía no comprendía que pudiéramos evocar todo aquello con humor. Cuando me liberaron del campo, antes de venir a Francia pasé por Suiza, para recuperarme un poco. Me alojaron en casa de un matrimonio y la esposa me llevaba con ella cuando salía a hacer las compras para que contase lo que había vivido en Auschwitz, para que la gente supiera. Lo que más me chocó es que había personas para las que aquel horror no era suficiente y querían saber si era cierto que los SS nos habían hecho violar por sus perros. Lo pedían de una manera sádica, mezclando compasión y regodeándose al mismo tiempo en la maldad de la pregunta. Pero en líneas generales, en Francia, la actitud de la gran mayoría era no querer escuchar. A muchos, nuestra simple presencia les hacía sentirse culpables. Y también había muchas personas que no querían creernos, que seguían esperando el retorno de un familiar o amigo y no aceptaban que les dijéramos que había muerto en la cámara de gas.
–Probablemente la rápida derrota militar y el armisticio firmado por el mariscal Pétain no son ajenos a ese comportamiento.
–Quizá todo eso pueda explicarse por una psicología colectiva determinada por el hecho de haber sido un país derrotado y ocupado, cuyas autoridades colaboraron con el ocupante y, en un primer momento, con el beneplácito de muchos. Pero, desde un punto de vista histórico, lo que es de verdad interesante es saber que en el transcurso de los grandes procesos que se hicieron en Francia a la Colaboración, justo después de acabada la II Guerra Mundial, es decir, contra el mariscal Pétain y el primer ministro Pierre Laval, apenas se habló de su responsabilidad en la deportación de los judíos. Esa era una cuestión que entonces no se tomaba en consideración. Hizo falta un presidente de una generación que no hizo la guerra, es decir, un hombre como Jacques Chirac, para que el Estado francés reconociese al fin esa responsabilidad en la deportación de miles de personas judías. Mitterrand no fue capaz de decirlo porque él pertenecía a esa generación que vivió la guerra.
–¿Qué peaje personal pagó por esa imposibilidad de hacerse escuchar, por esa necesidad de taparse los oídos de tantos compatriotas?
–De todo lo vivido en Auschwitz aún hoy sólo puedo hablar con otros sobrevivientes. Cuando me encuentro con mi cuñada, que también vivió la deportación, casi sólo hablamos de nuestros recuerdos de esa época. Todo eso nos ayuda a sobrevivir. Después de la guerra tenía a mi hermana mayor, que volvió del campo muy enferma y murió luego, con quien podía recordar... Sabe, ahora, en cualquier reunión, estoy segura de que si hablo de Auschwitz y de lo que vi, siempre habrá alguien que, después de haberme dejado expresar durante menos de un minuto, interrumpirá para cambiar de tema. Es algo que me irrita profundamente. Ese desinterés, porque yo lo vivo como un desinterés, me hiere muy profundamente. Mi cuñada, cuando vio que iba a ser detenida, en vez de pensar en ponerse a salvo, primero se preocupó de advertir a su hermana pequeña y ordenarle que ella, los padres y el resto de la familia se escondieran para luego cruzar la frontera en dirección a Suiza. Esa gestión, ese pensar en los demás, hizo que a ella sí la hicieran prisionera, pero que los demás escapasen. Un día, mientras hablaba con mi cuñada, esa hermana pequeña nos interrumpió y fue entonces cuando le pedí si alguna vez le había dado las gracias a su hermana mayor porque si seguía con vida se lo debía a ella. Pero en honor a la verdad debo decir que mis nietos sí quieren saber y me preguntan. Para mi marido todo eso es difícil. No soporta pensar en lo que yo he vivido.
–La detención a los 16 años, la separación –que será definitiva– de su padre, el arquitecto André Jacob; los golpes, las humillaciones, el hambre, la enfermedad y el descubrir la maldad ideológica absoluta, todo eso era Auschwitz. Y la muerte en masa. Como único horizonte. A 16 años tuvo que afrontar todo eso. Recuerda aún la terrible marcha a que les obligaron los nazis para trasladar a los supervivientes de Auschwitz, un campo demasiado próximo al frente, a otro recinto de alambradas y barro.
–Recuerdo cuando nos sacaron de Auschwitz. Por la noche veíamos el resplandor del frente y se escuchaba perfectamente el retumbar de los cañones del Ejército Rojo. Primero nos llevaron a Mauthausen y como allí no cabíamos, a Dora, donde dejaron a los hombres mientras a las mujeres nos llevaban a Bergen-Belsen. Durante el viaje murió más de la mitad, todo aquello era absurdo... Se ha hablado del interés económico ligado al exterminio de los judíos, de los beneficios que sacaban de emplearnos como mano de obra, pero todo eso no es cierto. En Auschwitz me obligaban a trasladar piedras de un sitio a otro para luego devolverlas al lugar de origen. ¿Dónde está la rentabilidad económica de ese trabajo? O nos ordenaban sacar todas las piedras y piedrecitas de un terreno, como si aquello debiera convertirse en una pista de tenis. En Grecia se deportó a los miles de judíos que vivían en Salónica, pero luego hubo soldados que se entretuvieron yendo, isla por isla, para detener y deportar a los pocos judíos que vivían en ellas. ¿Qué lógica militar o económica hay en ello? Los judíos parisienses capturados durante la llamada razzia del Velódromo de Invierno eran pobres, gente emigrada de centro-Europa, cuya mayor riqueza fue tener una máquina de coser.
–Hitler es un delirio criminal a gran escala, planificado y absurdo...
–La dimensión específica del genocidio judío no siempre se quiere comprender. Recuerdo que entre 1950 y 1951 viví con mi esposo en Alemania,y unos vecinos nos contaban, a modo de excusa, que los franceses, durante la guerra de los Treinta Años (1618-1648), que fue una guerra europea, habían cometido muchas maldades. ¡Pero aquello, por muy terrible que fuera, era la guerra! Cuando, durante la razzia del Velódromo de Invierno (16-17 de julio de 1942), en París, se detiene a familias enteras, se separa a las madres de sus hijos, todo eso no tiene nada que ver con la guerra. Es una atrocidad de otro tipo. La humanidad ha conocido grandes catástrofes, cruzadas, guerras de religión, esclavismo; pero lo que hizo Hitler, la razón meramente ideológica que le empujaba, todo eso no tiene igual. Hay un momento en que parece que para él es más importante acabar con todos los judíos que ganar la guerra. Es más, la exterminación judía va en detrimento de las exigencias militares. Los trenes que tenían que haber servido para trasladar soldados o material bélico, a veces estaban ocupados por convoyes de deportados.
–Cuando regresó a Francia y a los estudios no quiso ser arquitecta como su padre, o médica como la hermana admirada de su padre. ¿Qué la llevó a elegir la carrera de leyes?
–Elegí la carrera de Derecho sin que hubiese tradición de hombres de leyes en la familia. Es más, mi padre consideraba que los abogados eran unos charlatanes. Pero yo tenía una idea romántica de la abogacía, quería defender a las viudas y a los huerfanitos. Luego, cuando me casé, como mi marido era abogado, yo me dediqué a la magistratura. El entró muy pronto en política y yo me mantuve al margen, trabajando durante siete años en la administración penitenciaria. Más tarde participé en la redacción de la reforma del Código Civil, y en 1966 me pidieron que participase en otra reforma, la de la ley de adopción. Cuando Giscard vino a buscarme para pedirme que entrase en el gobierno lo hizo porque había prometido feminizar su equipo y porque le resultaba más fácil encontrar mujeres en la administración o la sociedad civil que dentro del mundo político, que era casi exclusivamente masculino. En ese momento yo ocupaba la Secretaría del Consejo Superior de la Magistratura.
–Su popularidad, como la del discurso centrista, en Francia nunca se ha traducido en votos. ¿Por qué?
–Mi postura y la de los políticos centristas durante la V República está determinada por las características de las instituciones, con un presidente que tiene un gran poder y que necesita para ejercerlo que en la Asamblea Nacional haya una amplia mayoría que le sea favorable. El papel del centro, como aliado eventual de unos y otros, es imposible en la V República. Con mi esposo hemos creado el club Vauban, que sólo admite a políticos, en el que nos encontramos los centristas, los gaullistas, los demócrata cristianos, los socialistas... todo el espectro político francés, con excepción de la extrema derecha y los comunistas. El club es para discutir temas sin cortapisas, sabiendo que el debate no saldrá de los salones.
–Cuando usted era una flamante parlamentaria tuvo que escuchar fuertes críticas por proponer una ley para regular el aborto. Entre sus detractores hubo uno que dijo que su ley equivaldría a tirar los embriones al horno crematorio. Usted dijo que su ley de 1974 despenalizando el aborto es de menor alcance que la presentada por Lucien Neuwirth en 1967 y que supuso la legalización de la píldora anticonceptiva.
–Es verdad que la ley Neuwirth es más importante, desde un punto de vista cultural, que la ley que lleva mi nombre. Lucien Neuwirth hizo aprobar en 1967 la ley que permitía la venta de la píldora anticonceptiva. Desde un punto de vista simbólico, la legalización del aborto puede que haya tenido mucho más impacto, pero desde una perspectiva histórica y filosófica el poder disponer libremente de anticonceptivos es importantísimo para la mujer. ¡Y para el hombre! A partir de aquel día, es la mujer la que decide si quiere o no tener hijos. Los integristas de todas las religiones y los machistas recalcitrantes no se equivocaban al combatir la liberalización de la píldora, pues para ellos eso significa que pierden el poder y el control sobre la familia, que ya no son los propietarios del cuerpo de la mujer. En su momento, durante la discusión de la ley sobre la interrupción voluntaria del embarazo, recibí muchos insultos, me trataron de asesina, me dijeron cosas terribles y totalmente fuera de lugar. Sólo respeté las objeciones de las personas sinceramente creyentes, para las que la vida humana empieza en el momento mismo de la concepción. Es un punto de vista que puede defenderse y he hablado sobre la cuestión con ginecólogos, he asistido a congresos de especialistas y he reflexionado mucho sobre ello. Pero el político ha de decidir, arbitrar entre dos soluciones o dos problemas, ha de escoger entre el drama humano de muchas mujeres y los problemas de conciencia individuales. En mi ley, las instituciones, médicos y enfermeras que por razones de conciencia no querían realizar un aborto quedan liberados de toda obligación. En cualquier caso, el mundo cambia muy de prisa y hoy el quedar embarazada sin estar casada no es ningún drama y tener un hijo y criarlo sola no es nada extraordinario. Hay mucha hipocresía entre la gente que criticaba el aborto; que no lo querían en Francia, pero, cuando lo necesitaban, iban a Gran Bretaña. Claro, eso quedaba para las mujeres mejor informadas, más libres y con más recursos. Y también es importante señalar que hoy los padres son mejores como tales. No sólo porque cambian los pañales o preparan biberones, sino porque son más responsables respecto de la vida de los hijos en todos sus aspectos. Hoy, cuando se discute la custodia de los hijos en caso de divorcio o separación, nadie puede menospreciar las razones del padre para poder participar en la educación y cuidado de los mismos.

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