DIALOGOS › RUTH ARRIETA, VIUDA DE JOE BAXTER, EL JEFE GUERRILLERO DE TACUARA Y LA FRACCION ROJA

1965: Contacto en La Habana

Joe Baxter fundó el MNRTacuara, cuyos miembros derivaron hacia la guerrilla peronista de FAP y Montoneros, pero él se integró al ERP y luego se escindió con la Fracción Roja. Estuvo en Cuba, China y Vietnam. Ruth Arrieta era hija de un general boliviano y fue a Cuba para alfabetizar. Allí se conocieron. Testimonio de una época de conmociones.

 Por Alejandra Dandan

–No sé por dónde podríamos empezar –dice Ruth, mientras intenta saber cómo será esta charla–. Hoy no estoy muy brillante, hace unos dos días me caí. Tal vez podrías hacerme unas preguntas.

–Empecemos tal vez por el principio. Quizá sirva saber quién es Ruth Arrieta. Usted nació en Bolivia, es la hija de Felipe Arrieta, un general importante, ¿cómo era eso?

–Mi papá es ése que está en el cuadro. El del sombrero, ¿lo ve? Está en la trinchera de la guerra paraguaya. Mi papá, mi abuelo y toda la familia era de militares, estuvieron en todas las guerras. Con Chile, en Antofagasta, después en Argentina. Yo era muy chica cuando él se fue a la guerra con Paraguay y eso me impactó mucho. En ese momento, yo tenía cuatro años y me acuerdo que me gustaba muchísimo comer conejos, los conejitos eran mis platos favoritos. Nos gustaban a todos. En mi casa íbamos a preparar uno para mi papá porque se iba. Yo no tenía la menor dimensión de lo que significaba la guerra ni lo que significaba que se fuera: total, se iba todos los días. Pero después, cuando me di cuenta de que iba a pasar mucho rato antes de que lo viera de nuevo, nunca más volví a comer conejos.

–¿Cuándo pasó eso?

–Cuando recién se iba. Me acuerdo que mi mamá me dijo que era una desconsiderada porque pensaba solamente en mí. “¡No ves que se está yendo tu papá!”, me decía. El estuvo toda la guerra del Chaco, volvió cuando la guerra se acabó, como dos años después. Volvió muy cansado, y como ausente, con mi mamá también. Por un momento pensé que iban a separarse. Era muy buena gente, posiblemente lo tocó mucho todo eso y le llevó mucho, pero volvió a ser el de siempre.

–De La Paz se fueron, pero volvieron después cuando nombraron prefecto a su padre. Esa disciplina militar marcó el corazón de la familia, sin embargo años más tarde usted aparece en Cuba entre los revolucionarios. ¿Eso era lo que esperaba su padre de usted?

–Normalmente lo que él se imaginaba de nosotros era con quién nos íbamos a casar. Si me iba a casar con otro militar, no quería ninguna otra cosa, pero yo tenía ganas de ir a la universidad en Cochabamba. De hecho, hubiese querido estudiar Medicina, pero no me dejaron entrar.

–¿Qué pasó?

–Mi madre no era de mucho conceder, las cosas tenían que hacerse de una forma y no de otra. Yo tenía 18 años, estábamos en el año ’47 más o menos, y eso forma parte de otra parte divertida de mi historia. Mi madre estaba muy molesta con mi decisión de estudiar Medicina, y no me hacía la vida fácil, pero yo era muy buena alumna, había ido a un colegio de monjas y tantas cosas no me podía decir. En la escuela, éramos tres compañeras las que queríamos ser médicas cuando todavía no era común que las mujeres quisieran ir a la universidad. De las tres, una sola pudo terminar con la carrera. Yo me pasé a Derecho porque entre las materias que podía elegir, la única que mi madre aceptaba era abogada. En tanto, yo no terminaba de entender por qué los hombres podían estudiar y las mujeres no.

–Usted llegó a Cuba para los primeros años de la Revolución. Su libro, ese que todavía no termina y que recomienza cada vez, empieza con los encuentros en la casa de Hilda Gadea.

–Ella hacía el papel de extranjera con los extranjeros. Porque no era cubana y al mismo tiempo lo era. Su casa era un lugar para juntar gente, ayudar a que la gente lo pasara bien. Durante las reuniones también ella iba sacando sus conclusiones sobre quién era quién, no vamos a ser inocentes. Después, recibía a Guevara o a alguien mandado por él y les daba el resumen de quién era tal persona o qué pensaba tal otra. Pero era muy justa. Nos queríamos mucho, y me decía: ¿Qué te pareció fulana o mengana? Y siempre coincidíamos.

–¿Cómo eran esas reuniones? Cuando habla de esas noches, usted recuerda con alegría que podían comer caviar, mariscos y hasta tenían jugos de fruta.

–Es que eso era un lujo. Parece mentira, pero en La Habana en ese momento no había ni siquiera jugo de naranjas porque hasta eso importaban de Estados Unidos. Ahora ya no, pero en ese principio de la Revolución tener aquellas cosas era un lujo tremendo: ahí, éramos todos favorecidos. Una vez sucedió una cosa muy patética, muy triste. Fue cuando llegó un peruano que venía a refugiarse con un hijito de 4 o 5 años, tal vez tenía más. Cuando el nene entró y vio toda esa gente reunida se puso lívido: “¡Papá, tenemos que irnos de acá!”, dijo. Todo el mundo se quedó paralizado porque se veía que estaba acostumbrado a vivir escondido.

–¿Quiénes llegaban hasta ese lugar, qué hacían?

–Eran tertulias con gente de todo el mundo, de unas ocho o diez personas. Una vez, por ejemplo, estuvo un peruano que se suicidó después, y ahora no me acuerdo el nombre. Era una persona muy dolida con todo, no sé bien por qué. Había viajado mucho, tenía una familia y terminó suicidándose. Fuera de eso, había un grupito que iba todos los viernes a encontrarse para leer algo; unos tocaban guitarra, otros cantaban, otros contaban cosas, otros leían. Y se hablaba.

–¿De qué?

–¿De qué se puede hablar? De política, de conspiraciones eternas. Y cada cual daba una opinión de acuerdo a su país, porque llegaban de todos lados. Todo lo que pasaba en la casa lo sabían los del G2 porque, es cierto, nadie sabía muy bien quién podía ser quién en ese lugar.

–Hablemos un poco de eso. ¿Cómo estaba organizada la isla? ¿Qué era el G2?

–El G2 era parte de la policía cubana. Se ocupaba de saber quién venía a la isla, qué hacía, de qué vivía. Estabas totalmente catalogado. Ahí no había vuelta. ¿Cooke es el que murió, no? Porque él siempre contaba un cuento: una persona que había venido a La Habana se había muerto prácticamente de hambre, porque los del G-2 se lo habían olvidado y no podía salir de su casa. Es gracioso, pero la verdad es que podía suceder perfectamente.

–Usted cuenta que dividían a la gente en “aspirantes a revolucionarios” o “amigos de la revolución”.

–En toda la isla era así. A la casa de Hilda, por ejemplo, no llegaba cualquiera. El G2 mandaba tal vez a la gente que le era más difícil de valorar, de saber bien quién era porque podían ser revolucionarios pero también podían ser alguna otra cosa. Además, muchos venían de Buenos Aires o de otro lugar, pero supuestamente no tenían que estar ahí: estar ahí era muy delicado, algunos no volvían en años a sus lugares pero otros sí tenían que volver. Y por eso tenían que estar muy protegidos.

–¿Lo suicida era que se supiera que trabajaban para la revolución?

–Claro, ¿qué iban a hacer en La Habana? Algo tenían que hacer. Al principio todo era muy delicado, porque no se sabía qué iba a pasar con la revolución.

–Ese fue el caso de Baxter, que llegó a la isla clandestino. Ustedes se conocieron en las famosas noches de tertulias de la casa de Gadea, ¿cómo llegó él? Ese encuentro parece dar cuenta de la relación de Baxter con la madre del Che. Al parecer, ella lo despidió en Buenos Aires y le dio un recado para llevar a la isla.

–El recado era para su hijo. Parece que ella se lo dio porque sabía que él iba a ir a Cuba. Nunca supe qué mandó. Sé que era algo muy especial, pero no supe qué era porque yo no llegaba hasta ahí. En ese momento todo era difícil. No era como la idea que una tiene de una revolución: se supone que una revolución es para ser libre, para hacer lo que se quiere, pero te encontrabas con que todo era al revés. Sobre todo con los extranjeros, que nos veían con lupa: y tenían razón.

–¿Sentía contradicciones por eso?

–Al final me acostumbré. Me fabriqué como un mecanismo de autodefensa, aprendí a no confiar en cualquiera: vos confiabas en alguien sólo cuando ya lo conocías mucho y al final te acostumbras a pensar antes de hablar.

–Volvamos a Baxter. Usted describe el encuentro muy tiernamente: habla de “El Gordo”, de su cuerpo inmenso y de él apoyado en un sillón muy chiquito.

–Es que siempre, todos los sillones, le quedaban chicos al lado del cuerpo. Cuando nos fuimos a vivir juntos conseguí un sillón grande después de buscarlo mucho. Tomándole el pelo a alguien del G2, un cubano muy simpático, que se llevaba muy bien conmigo, le dije: ‘Necesito conseguir un sillón ancho porque si no ¡qué hago con Baxter!’. Se la pasaba el día sentado en la puntita de una silla, y entonces me pusieron una especie de sofá que sacaron de alguna casa porque las cosas se conseguían así. Eran cosas que había dejado la gente. En la casa donde estábamos había una ventana inmensa. Uno entraba derecho, era todo de vidrio y daba afuera, a un patio interno. La gente que había vivido ahí ya no estaba, pero abajo habían quedado sus viejos empleados. El vidrio daba a ese patio. Y el sofá todo redondito daba a ese lugar. El Gordo se la pasaba el día pegado a la ventana porque con su cuerpo era difícil esconderlo en cualquier lado.

–Usted dice que Baxter la fascinó, pero no tenía idea de quién era él.

–A mí me pareció que tenía ganas de vivir, claro. Era más chico que yo, pero nadie lo hubiera dicho. De todas maneras, había vivido mucho desde muy chiquito y eso se notaba. Lo vi, me gustó; era como que necesitaba cariño. Lo veía muy solo, desamparado. Parece raro, pensé, un tipo tan grande que transmita esa sensación.

–¿El le dijo algo?

–No, que se sentía muy mal. Decía que no debía haber venido, pero que ahora ya no se podía ir. En la reunión, no dijo nada pero era muy perspicaz, e inmediatamente determinaba quién era quién.

–Volvamos al guión, a su historia de ese encuentro.

–Cuando salimos de la casa de Hilda Gadea anduvimos cuatro o cinco cuadras largas como si nos hubiésemos conocido siempre. Nos encontramos ahí y ya no nos separamos más. Los dos estábamos contentos. Fuimos a mi casa, y después él se fue a la suya que quedaba cerca de ahí. Le habían determinado varias casas para que pudiera estar.

–Usted cuenta algo interesante de ese encuentro. Que cuando se despidieron, como en un acto de confianza, él le dijo su verdadero nombre: “Yo no soy Salvador”, le dijo con el nombre con el que se presentaba en la isla. “Soy Joe Baxter.”

–Sí, y a mí podía haberme dicho que era Joe Mongo porque no sabía quién era Joe Baxter. Después empecé a saber un poco porque en el Granma las noticias del mundo capitalista no salían. Había que vivir con todo adentro. Y creo que estuvo bien, por ahí se necesitó mucha fuerza.

–En ese mundo, volvieron a verse después casi de casualidad. Iban a encontrarse en un hotel, ¿pero usted llegó tarde?

–Una hora más tarde. El estaba enojado. Es que yo no sabía si me iban a mandar a una escuela, y no tenía cómo avisarle.

–A propósito de esto, por qué no cuenta qué hacía usted en La Habana.

–Trabajaba 8 o 9 horas de maestra porque no habían quedado maestras en la isla. Por eso fui a parar a Cuba. Tenía una amiga uruguaya, que estaba casada con un paraguayo, los dos revolucionarios. Muy buena gente. Ella era maestra y para esa época también vivía en Uruguay. Siempre seguíamos las noticias de Cuba porque estaban muy relacionadas con todo eso y nos interesaba cada cosa. Siempre me acuerdo del día de la invasión a Bahía de los Cochinos, fue uno de los días más importantes para mí. La noticia estaba en todos los títulos de los diarios y nos pusimos locos: en ese momento entendí que tenía que ir a Cuba.

–De hecho, como le decía Baxter, usted se fue así: “Sin orga ni partido político”.

–Necesitaban maestros. Casi todos se habían ido. No había médicos, ni maestros. Yo me dije: ‘Vamos a ver qué puedo hacer’. Mi amiga me alentó, me dijo que por mi carácter podía hacerlo. Yo había dado algo de clases en la universidad, pero no sabía qué iba a pasar ahí. Igual, menos mal que lo hice, era un gran despiole toda la isla porque no había maestros.

–¿Como fue la etapa del Plan de Alfabetización?

–Trabajábamos con unos cuadernitos de un argentino que estaban pensados como para tres etapas y estaban muy bien. La primera era de alfabetización, trabajábamos con la gente vieja y que pensaba que nunca iba a poder aprender a leer porque no era para ella, pero al final yo me sorprendí porque después de dos años ellos sabían leer. Ese era el trabajo, los del tercer nivel eran más adolescentes y les resultaba más fácil aprender. Cuando terminaban, ellos mismos se convertían en alfabetizadores. En ese primer momento, yo estaba sola con mis dos hijos y con mi hermano Mario; nos habían dado una casa grande en la bahía de Jibacoa, frente al mar. Los guajiros vivían en los alrededores de la casa, al borde de la bahía, pero nunca habían entrado al mar. Nunca, porque no los dejaban.

–¿Cómo lo notó?

–Porque se lo pregunté a uno de ellos. Las casas como la nuestra habían sido de las familias ricas que se fueron de la isla. La gente venía y se acercaba de a poco, primero los chicos. Mi hermano incluso les decía: “Vamos a la playa”, y se los llevaba al mar. ¡Nunca habían entrado! ¿Te das cuenta? “¿Cómo vamos a ir?”, nos decían. “Si están ustedes?”

–¿Cómo eran los lugares a los que iban llegando? Al comienzo, usted pasó un tiempo en el Hotel Habana y luego la mandaron para la bahía.

–Después de un tiempo largo, nos cambiaron de lugar porque la verdad es que yo estaba molesta. En el Hotel todavía vivían muchas de las familias antirrevolucionarias, digamos, que no se habían ido de la isla. En ese momento, me propusieron ir con la familia a pasar un tiempo a un lugar que había quedado abandonado. El lugar era un paraíso total, una zona de ensueño que había sido de un grupo de argentinos, que eran dueños y señores de todo. De pronto, vos venías por una avenida, te encontrabas con una carretera muy ancha y entrabas ahí adentro y te encontrabas con una escolta de soldados que cuidaban todo eso. Los soldados quedaron allí luego de la revolución. Nos quedábamos un montón de tiempo en la playa y nos cansábamos de decir que no habíamos venido a pasear, que realmente queríamos hacer algo. Algunas noches, en ese tiempo, todavía desembarcaban los cubanos que se habían ido.

–¿Los contrarevolucionarios?

–Eso mismo. Desembarcaban en distintos lugares, pero la zona donde estábamos nosotros era ideal porque Jibacoa era una sola bahía, con muy poca gente que estaba justo derecho de una punta de Estados Unidos, tal vez 160 kilómetros de mar. A la entrada, en el camino de ingreso, siempre estaban esos tres o cuatro pobres soldados que tenían teléfonos y qué se yo cuántas cosas más por si pasaba algo, porque siempre llegaban lanchas con hombres armados o barcos. Una de esas noches, nos avisaron que tuviéramos cuidado. Hacía días estábamos esperando que pasara algo. Siempre era lo mismo: cuando nos avisaban una cosa así, teníamos que poner las persianas de madera en la casa, tener todo cerrado, que pareciera que estaba abandonado, que no había nadie. Pasamos unos cuantos sustos porque desembarcaban tranquilamente. Esa noche, nos pidieron apagar todas las luces, todas las ventanas y rezar: no se podía hacer nada más.

–¿Y llegaron?

–Llegaron. Por lo menos, estaba con mi hermano Mario que era una especie de gigante de un metro ochenta que de todas maneras en ese momento no hubiera podido no hacer nada.

–Más tarde se mudó a La Habana, porque en un momento le pidieron que lo haga. Allí se fue a vivir a la casa del sillón redondeado de Baxter.

–Uh... El lugar era feo.

–¿Por qué?

–Tenía todo lo necesario, pero era feo. No había ni plata ni joyas ni esas cosas porque se las habían llevado, pero siempre era feo entrar a una de esas casas.

–¿Y exactamente qué era lo feo? ¿Los fantasmas?

–Por lo menos a mí me parecía todo tan innecesario, porque no era que yo necesitaba demasiado para vivir. Cuando entramos nos encontramos con zapatos, ropa, y cartas escritas en hebreo; nos dimos cuenta de que la familia que estaba no las había podido destruir y de que podían haber sido judíos religiosos porque en la casa había adornos y una lámpara de cristal de roca muy hermosa en el living. A la tarde, cuando el sol se ponía, los rayos se empezaban a poner de colores azules, rojos y amarillos. Los chicos se divertían como locos con esas luces. Habían dejado muchas cosas en la casa. Impresionaban porque en las cartas que nunca habían podido mandar avisan que se iban, diciendo que no podían vivir más en la isla. Esa casa tenía dos bloques.

–Para el final, volvamos a Baxter. ¿Cómo leyó el paso por Tacuara? ¿Cuál es su lectura, finalmente sobre él?

–Creo que era una persona que tenía muchas ganas de hacer algo, y en esa época era muy fácil encontrar ese algo: llámese Tacuara u otra cosa, lo que más se acercaba a lo que él quería hacer. Supongo que tenía ganas de hacer, tal vez como una revancha de las cosas malas que le habían pasado.

–A los 15 años murió su padre, el “Inglés”, una persona muy rígida pero que parece haberle marcado la vida. Con esa muerte, perdió al padre, pero también el haras y una condición social. ¿Cree que eso fue una de sus marcas?

–De todas las pérdidas, creo que la del padre fue la peor. La que le dejó la impresión de que no le había dado cariño. De que al padre le había quedado la sensación de que él no lo quería.

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