CULTURA / ESPECTáCULOS › "LOS SIMPSONS. LA PELICULA", Y SUS PERSONAJES ESTANDARIZADOS

Un mundo pintado todo de amarillo

 Por Leandro Arteaga

Los Simpson. La película (The Simpsons Movie) EE.UU., 2007

Dirección: David Silverman.

Guión y Producción: Matt Groening, James L. Brooks.

Música: Hans Zimmer.

Dirección de arte: Dima Malanitchev.

Voces: Dan Castellanetta, Julie Kavner, Nancy Cartwright, Yeardley Smith, Harry Shearer, Hank Azaria.

Duración: 87 minutos.

Salas: Monumental, Del Siglo, Showcase, Village.

Puntaje: 7 puntos.

Son un suceso, un fenómeno, una serie animada paradigmática, un éxito de culto, y tantas otras cosas más. Los Simpson son increíbles. Celebro su celebridad. Aún cuando la cadena Fox se los haya apropiado de un modo neta e inevitablemente comercial, el mérito es de su creador, el dibujante de historietas Matt Groening. Un genio. Alguien a quien nuestro genio querido, Roberto Fontanarrosa, supo referenciar como justificación de calidad y nivel autoral. El antecedente, el ingenio, están allí, en las historietas, en el saber contar historias, en el under cultural del que Groening ha surgido, desde una primera tira de título Life is Hell.

No mucho más puede decirse de Los Simpson de lo que ya se ha dicho. Ahora es el turno de la película, largometraje que cumple, que funciona como más de lo mismo, a la manera de un especial larga duración de los capítulos televisivos usuales. Pero luego de casi dos décadas de emisión ininterrumpidas, ¿qué más puede pedírsele a esta familia amarilla, anverso y reverso de un sueño americano que ríe de sí mismo?

Así es que las torpezas de Homero están presentes, tanto como el cariño tantas veces absurdo de Marge, o las travesuras rayanas en la psicosis de Bart, más el candor desesperado de Lisa, y el chupeteo bello de Maggie. La familia soñada. Delirada y demente. Con dosis cotidianas de idiotez televisiva. Sucesores ya superlativos de aquella otra familia televisiva y animada, que habitaba tiempos pre-simpsónicos, tal vez, más ingenuos: Los Picapiedras.

Es cierto, entonces, que Los Simpson ya no sorprenden. Se estandarizaron. Es por eso que el público, reconozcamos, los festeja. Distinta suerte tuvo Futurama, con tanta acidez como su serie predecesora, con aires renovados. Pero, decíamos, el público prefiere lo ya conocido. Es por eso que el film no puede sorprender, mientras atestigua la habilidad mercantil norteamericana para hacer de su sociedad un vehículo para la crítica o el merchandising. La victoria final, sabemos, la tienen los ingresos económicos de los grupos empresarios. El nivel crítico queda en un interlineado difuso. Pero está presente. Es ese rasgo el que vuelve a Los Simpson una animación de prestigio, de talento, de creatividad.

Podría uno detenerse en cómo la película mira y ríe del partido republicano, en quién es el Presidente de esta Nación norteamericana/ springfieldiana, mientras desfilan temáticas como la contaminación, Al Gore, Bush, la paranoia, la violencia, las relaciones familiares, maritales, vecinales, sociales. Y sí, aún cuando ya no me sorprendan, los sigo disfrutando. Muchísimo. Tanto como el poder haberse permitido la muerte totalmente injustificada de uno de sus personajes, la esposa del hiperevangelista Flanders. Más el reconocimiento que supone la existencia, merced a Los Simpson, de esa otra serie de desquicio maestro que es South Park, en donde lo políticamente correcto queda evaporado, hecho trizas.

Desde hace un tiempo, la televisión norteamericana se ha vuelto mucho más interesante que su cine. Series, animaciones, sit-coms, lo corroboran. Los Simpson son, a mi entender, un enclave, un hallazgo que, aún cuando sus aristas ideológicas se diluyan cada vez más, preserva un encanto impoluto: el de saber que la vida es tan amarilla como el trasero de Bart.

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Las torpezas de Homero, siempre presentes
 
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