ECONOMIA › EL SABADO POR LA NOCHE MURIO EL PROFESOR JORGE SCHVARZER

Un intelectual que ayudaba a pensar

Fue uno de los fundadores del Plan Fénix y un defensor acérrimo de la industria nacional como vía para alcanzar el desarrollo. Se destacó por su rigurosidad teórica y un marcado compromiso político.

 Por Fernando Krakowiak

Fue un intelectual que se negó a transitar los senderos obligatorios que marcaron las distintas épocas. Defendió la necesidad de impulsar un modelo de de-sarrollo industrial cuando la Argentina avanzaba a los tumbos con la industrialización sustitutiva de importaciones y lo siguió haciendo cuando la política neoliberal del ex presidente Carlos Menem barrió con las fábricas y la soja comenzó a sembrarse hasta en las banquinas de las rutas. Esa coherencia no fue producto de la adhesión a un dogma, pues Jorge Schvarzer siempre les escapó a las recetas deterministas. Estaba convencido de que defendía la mejor opción para alcanzar el desarrollo y lo sustentaba en base al resultado de un conjunto de investigaciones donde combinó con maestría el trabajo de campo, la rigurosidad teórica y un marcado compromiso político. Fue uno de los fundadores del Plan Fénix, un espacio conformado por docentes de la UBA que, cuando la convertibilidad de derrumbaba, se reunieron para proponer ideas alternativas al neoliberalismo. El sábado por la noche este ingeniero especializado en economía falleció en el Hospital Alemán víctima de un cáncer. Estaba a punto de cumplir 70 años.

Schvarzer nació el 25 de octubre de 1938 en el barrio porteño de Parque Patricios. Cursó la escuela primaria en el Bernasconi y el secundario en un colegio industrial de Barracas. “Mi padre deseaba que fuera ingeniero y yo estaba tan dispuesto a complacerlo en esos años que acepté su idea sin que siquiera se me ocurriera reflexionar sobre ella”, cuenta en una breve autobiografía inédita escrita hace algunos meses a pedido de uno de sus discípulos, a la que accedió Página/12. En 1956 egresó y se dispuso a estudiar economía, pero en la universidad le exigían rendir todas las materias del bachillerato y un simple análisis de costos y beneficios lo llevó a la Facultad de Ingeniería. “Después de todo, pensé, una cosa era obtener un título y otra podría ser mi profesión en el futuro”, aseguró. Ingresó en abril de 1957 y en diciembre de 1962 ya se había recibido, pese a haber tenido que completar el servicio militar en 1961.

Sus primeros pasos en la militancia estudiantil fueron en una agrupación de izquierda y uno de sus primeros referentes académicos fue el intelectual marxista Milcíades Peña, con quien participó en la revista Fichas de Investigación Económica y Social. Pese a ello, siempre mantuvo una prudente distancia de las corrientes marxistas. “Si por marxismo se entiende una lectura congelada, dogmática y rutinaria de los textos de aquel pensador, yo no soy marxista. Al fin y al cabo el propio Marx afirmó lo mismo al fin de su vida al ver cómo usaban y abusaban de sus teorías”, sostuvo. Por ese motivo, contó que no le gustaba utilizar los términos plusvalía, leyes inmanentes y lucha de clases, “que sólo sirven para obtener la patente de pensador revolucionario”.

A comienzos de los ’60 obtuvo una beca de posgrado de especialización en ingeniería ferroviaria que le permitió trabajar en la empresa nacional de ferrocarriles durante un año y medio. Luego consiguió apoyo de la embajada japonesa para conocer los ferrocarriles de ese país y estuvo viviendo en Tokio dos meses. Experiencia que le sirvió para escribir su primer libro, llamado El modelo japonés. Por esos años también trabajó en varias grandes empresas de capital nacional donde pudo comprobar la “ignorancia” de sus directivos sobre la importancia del progreso técnico y la formación de cuadros profesionales, tal como se lo había anticipado Milcíades Peña cuando le remarcaba la incapacidad de la burguesía nacional para llevar a cambio la tarea del desarrollo. “Me decían ‘el ingeniero’ porque no había otro en una fábrica con cinco mil trabajadores”, solía contar Schvarzer con asombro.

También trabajó para empresas multinacionales (“que no se diferenciaban de aquéllas de capital local”) y en 1970 viajó a París para incorporarse a una consultora especializada en planes de transporte. No obstante, a mediados de 1972 sintió la necesidad de regresar y al año siguiente lo nombraron director del Departamento de Economía de la Facultad de Ingeniería, donde comenzó a dictar sus primeras clases sobre economía argentina. En septiembre de 1974 fue expulsado de la Universidad durante la intervención de Alberto Ottalagano y durante la dictadura se incorporó al Centro de Investigaciones Sociales sobre el Estado y la Administración (Cisea). Allí trabajó con Jorge Sabato, con quien escribió Funcionamiento de la economía y poder político en la Argentina: trabas para la democracia, un texto de referencia para los economistas.

Desde la dirección del Cisea, cargo que asumió en 1983, alentó los estudios sobre los grandes sectores productivos del país, el agro y la industria así como el tema de la deuda. Además, continuó sus estudios sobre la clase dominante local. Allí trabajó hasta comienzos de la década del ’90, cuando el centro terminó cerrando. En 1994 se incorporó como docente investigador a tiempo completo en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA, donde se desempeñó hasta su muerte. En ese espacio creó el Centro de Estudios sobre la Situación y Perspectivas de la Argentina (Cespa). A los directivos de Económicas siempre les agradeció que se hayan arriesgado a incorporarlo “pese a que mi único título profesional seguía siendo el de ingeniero”. Desde la UBA, impulsó la creación del Plan Fénix, ese espacio integrado por economistas heterodoxos que, cuando la convertibilidad ya era insostenible y la crisis hacía estragos, se involucraron para pensar una salida al neoliberalismo. Muchas de esas ideas fueron las que ayudaron a la recuperación de los últimos años.

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Posando en su casa a comienzos de julio, durante la última entrevista que le hizo Página/12.
Imagen: Guadalupe Lombardo
 
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