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En la versión Lavagna, el reparto es hoy más justo

El ministro encargó a su equipo un estudio para demostrar que la distribución del ingreso mejoró desde la devaluación. Los instrumentos de medición no reflejan cómo se divide en verdad la torta.

Por M. M.

Roberto Lavagna encomendó a su equipo un estudio para demostrar que la distribución del ingreso mejoró en los dos últimos años en lugar de empeorar, como algunos analistas interpretaron en base a los datos del Indec. Esta sería la segunda vez que el ministro de Economía prefiere elaborar sus propias estadísticas sociales, una función tradicionalmente reservada al Instituto Nacional de Estadística y Censos. Como se recordará, meses atrás publicó sus propios números de pobreza, que mostraban una baja más pronunciada que en el índice oficial. Para los expertos de Economía, la desigualdad se redujo a partir de mayo de 2002 y se encuentra en los niveles de 1993. El problema es que los instrumentos de medición no reflejan hoy la realidad de la distribución. Algo similar sucede en Africa que, según las estadísticas –homologadas internacionalmente–, es el continente más igualitario del planeta.
La conclusión de que esta sociedad es más equitativa que antes de la devaluación, a la que arriba el Ministerio de Economía, choca con lo que es evidente desde la devaluación. Mientras los ingresos de los pobres y de la clase media alcanzan para comprar cada vez menos, las empresas –sobre todo del agro y la industria– están embolsando ganancias extraordinarias. La paradoja se explica porque la medición del reparto del ingreso en la Argentina esconde una trampa. Se refiere a la distribución “personal” del ingreso –entre personas u hogares– y no a la distribución “funcional” del ingreso: es decir, con qué porción de la torta se quedan los asalariados, por un lado, y las empresas por el otro. De existir esta medición, mostraría una enorme transferencia de riqueza, tras la devaluación, de los asalariados a los “capitalistas”.
Por supuesto, en algún momento las empresas distribuyen dividendos entre dueños o accionistas, lo cual en teoría debería reflejarse en la distribución personal. No obstante, dicho reparto de utilidades muchas veces se realiza a través de terceras empresas, o fluyen al exterior bajo diversas modalidades. En consecuencia, no hay manera fiable de medirlo en la Encuesta Permanente de Hogares, fuente primaria de información de la participación personal del ingreso. Otro de los problemas de la EPH es que existe una grosera subdeclaración de remuneraciones en lo alto de la pirámide.
Aclarado el punto, no es difícil entender por qué los nuevos datos, que Lavagna encargó elaborara el subsecretario de Programación Económica, Sebastián Katz, crean el espejismo de que esta sociedad es hoy más justa. El llamado “coeficiente de Gini” (que determina el grado de desigualdad en una sociedad) es muy sensible a los cambios de ingresos en los extremos de la pirámide socieconómica. Así, además del aumento del empleo (precario) en las clases medias y bajas, a partir de la segunda mitad de 2002, los gobiernos de Duhalde y de Kirchner adoptaron una serie de medidas que volcaron una cantidad de ingresos en los bolsillos de los sectores más carenciados:
- El Plan Jefes de Hogar significa 3600 millones de pesos anuales que, en teoría, perciben las familias de los desocupados.
- La jubilación mínima pasó de 150 a 308 pesos, mientras que el haber promedio de los jubilados se incrementó desde 320 a 442 pesos.
- Todas las mejoras en las jubilaciones representan, en términos anualizados, otros 3600 millones de pesos en el bolsillo de los jubilados.
- Por decreto, el salario mínimo en el sector privado formal pasó de 200 a 350 pesos.
- También por decreto, todos los sueldos privados en blanco se incrementaron en 200 pesos.
Con excepción de los jubilados que cobran el haber mínimo, ninguno de los grupos mencionados logró recomponer en los últimos dos años la brutal caída del poder adquisitivo a causa de la inflación. Para tener una idea, desde la devaluación, la canasta básica de alimentos se encareció más de un 75 por ciento. Sin duda, hoy las familias que viven de ingresos fijos deben hacer malabares en el supermercado y aún el sueldo no les alcanza para comprar lo que consumían antes. Pero este “fenómeno” no influye en la distribución.
El mejor ejemplo para entender el contraste entre “ilusión estadística” y realidad social es Africa. Desde el punto de vista del coeficiente de Gini –el indicador internacionalmente aceptado para medir la distribución– es el continente más equitativo del planeta. Sin embargo, no hay otro lugar donde la concentración de la riqueza sea más alta. ¿Cómo se explica semejante paradoja? Los ricos representan apenas el 1 por ciento de la población, mientras que la igualdad de ingresos entre el 99 por ciento restante es asombrosa.

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