EL PAíS › OPINION

El ex almirante, fruto de la mano dura

 Por Luis Bruschtein

Lo que queda del ex almirante Massera, ex hombre poderoso, ex eminencia gris de la Armada y ex intrigante de la junta de comandantes, es un hombre enfermo pero rico, incapaz de disfrutar de su fortuna. Hizo de todo para obtener lo que tiene, que para algunos es lo único que pesa en la vida y para otros es nada. Massera es un gran y horrendo fracaso como ser humano.
Los medios lo adularon, tuvo su corte de empresarios y políticos y sus colegas de la Armada lo idolatraron y sobre ese caluroso respaldo intentó con desesperación convertirse en presidente sin conseguirlo. Ahora es nada, ni los medios ni esos empresarios ni políticos ni marinos pueden mencionar su nombre sin disculparse. No hay un solo acto para destacar, un rasgo que lo distinga, una sola medida de gobierno que permita rescatar su nombre del horror, del abuso de poder y la soberbia.
No solamente está la ESMA. Sus mismos ex seguidores mascullan con molestia los asesinatos de Elena Holmberg, del empresario Fernando Branca o del embajador Hidalgo Solá, que asemejaron su entorno al de una mafia de hampones a cargo del poder político en Argentina. Como si los secuestradores y asesinos de Axel Blumberg manejaran los destinos políticos de este país y tuvieran el respaldo de los medios, de empresarios, políticos, militares y sindicalistas.
Los 20 años de democracia han sido poco fructíferos en muchos aspectos. La democracia no educó ni dio de comer, ni dio trabajo, cosa que tampoco hizo ninguna dictadura. Pero al menos estos años han permitido una mirada hacia el pasado que puede ser beneficiosa para el futuro, sobre todo para calmar los entusiasmos cíclicos de algunos sectores por figuras autoritarias que prometen soluciones mágicas y luego terminan siendo peores que los problemas que debían solucionar.
Porque Massera llegó a las posiciones que ocupó porque tuvo el respaldo de esos mismos sectores. El esperpento es presentado como maravilla. Massera fue aceptado con entusiasmo en los mismos salones en los que se movía Elena Holmberg, por los mismos empresarios que conocían a Branca y por los mismos políticos que se codeaban con Solá.
El que se quemó con leche ve una vaca y llora, dicen. Un país que se quemó con Massera, es lógico que cada vez que escucha pedir mano dura esté viendo a la famosa vaca o esté oliendo a quemado otra vez. Es lógico, porque ya pasó, forma parte de la experiencia histórica de un país, ahora es más difícil maquillar al esperpento.
Por esa experiencia, por la ESMA, por Holmberg, por Solá y por muchos otros, los argentinos pueden decir que introducir la problemática de la seguridad como un tema de confrontación entre opositores y oficialistas es altamente riesgoso. La seguridad es un problema de todos y si la experiencia demuestra algo es que la mano dura empeora las cosas en vez de solucionarlas.
Los que aplaudieron a Massera, sobre todo los medios, grandes, medianos o pequeños, que nunca se hicieron cargo de esa barbaridad, son los que más incitan a la sociedad con esta problemática. Es tan evidente, que hasta el vicepresidente colombiano, Francisco Santos, periodista, experto en seguridad, él mismo víctima de secuestro, un hombre que no tiene nada de izquierdista, sino que integra un gobierno conservador, expresó su rechazo por la forma en que estos medios cubren el tema de la seguridad y los casos de secuestro. Quería decir que en su afán de acentuar la carga política del tema, esas coberturas estimulan, en vez de combatir, la proliferación del delito y la inseguridad. Están más preocupados por lo que hace el Gobierno que por lo que hacen los delincuentes.
Massera, que amenazó con declararse insolvente, que aseguró que vivía de la caridad familiar para no pagar la indemnización por el secuestro y el asesinato de la familia Tarnopolsky, aceptó finalmente hacerlo porque la cifra se redujo en dólares. Si era mucho no pagaba, si era poco sí. Para Daniel Tarnopolsky, el único sobreviviente de su familia, la cantidad no importaba, fuera mucha o poca, la iba a donar a las Abuelas de Plaza de Mayo. Para Massera era cuestión de dinero, para Tarnopolsky se trataba de que Massera asumiera su responsabilidad concreta, que la Justicia lo condenara, era una cuestión de dignidad. Massera, en cambio, pagó para que no le rematen el departamento. Un salvador de la patria, producto de la mano dura.

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