EL PAíS › TRASLADO DE TROPAS BRASILEÑAS A LA TRIPLE FRONTERA

¿Terrorismo o contrabando?

 Por Raúl Kollmann

En forma sorpresiva, Luiz Inácio Lula da Silva resolvió poner en marcha un impresionante operativo de seguridad en la zona de la Triple Frontera del lado brasileño, en lo que pareció una movida destinada a responder a las preocupaciones de Estados Unidos en materia de terrorismo. Sin embargo, las fuentes de seguridad e inteligencia argentinas sostienen que detrás de la movida hay otras razones: en Ciudad del Este, Paraguay, hay nada menos que 23 empresas tabacaleras y el gobierno de Lula considera que es uno de los mayores centros de contrabando, al punto que se calcula que produce pérdidas para el fisco brasileño de 2 mil millones de dólares por año. En verdad, los funcionarios brasileños y argentinos coinciden en el diagnóstico de que no hay actividad terrorista en la Triple Frontera, aunque algunos integrantes de la comunidad islámica podrían ser aportantes de fondos –no de gran envergadura– para organizaciones de Medio Oriente que derivarían parte de esos fondos a la compra de armas.
La movida de Lula causó asombro. Dispuso que aviones, lanchas patrulla de alta velocidad, flamantes radares y casi 3 mil efectivos custodien el lado brasileño de la zona en la que confluyen Foz de Iguazú (Brasil), Ciudad del Este (Paraguay) y Puerto Iguazú (Argentina). El presidente de Brasil, además, va a inaugurar allí uno de los cuarteles más modernos de la policía federal de ese país.
Para los servicios de inteligencia y seguridad argentinos, la decisión de Lula fue sorprendente. En general, los gobiernos brasileños han desoído la insistencia norteamericana en que se extremen las medidas sobre lo que en Washington consideran una especie de zona roja del terrorismo. Por un lado, la cancillería de Brasil siempre mantuvo buenas relaciones con los países árabes y, a diferencia de la Argentina de los ‘90, nunca se involucró excesivamente en la política norteamericana de Medio Oriente. Es más: el tema provocó roces entre Buenos Aires y Brasilia, sobre todo por la escasa colaboración brasileña en la investigación del atentado contra la AMIA; a esta altura de la pesquisa, hay indicios ciertos de que en los dos atentados de Buenos Aires, el de la Embajada de Israel y la AMIA, Brasil fue el escenario elegido por los terroristas para concretar partes importantes de la preparación. En Brasil siempre rechazaron esta imputación y el argumento fue que “nos quieren echar la culpa de lo que no supieron investigar en la Argentina”. En cambio, desde Buenos Aires, la mirada siempre fue: “No colaboran porque no quieren líos con los países árabes, con los que tienen buenas relaciones diplomáticas y comerciales”.
En ese marco, las nuevas medidas de seguridad de Lula en la Triple Frontera llamaron la atención. Sin embargo, un informe que le fue entregado al Presidente indica que la verdadera razón del despliegue de lanchas, aviones y efectivos tiene que ver más con el contrabando que con el terrorismo. “Los brasileños coinciden con nosotros en que, a principios de los años ‘90, había grupos islámicos fundamentalistas en la zona, aunque actuaban más como proveedores de documentación falsa, armamento y dinero. Los empresarios de origen árabe, sospechados de colaborar con los grupos fundamentalistas, se mudaron hace ya varios años hacia San Pablo, también en Brasil, a Iquique, en Chile y, en menor medida, a Río de Janeiro. Hoy en día hay cuatro agentes de inteligencia por cada ciudadano árabe”, ironizan los funcionarios de seguridad.
Según el diagnóstico de las autoridades argentinas, el despliegue brasileño tiene más que ver con el contrabando que con el terrorismo. La idea parece ser presionar sobre Paraguay para frenar el paso sobre todo de cigarrillos. Es más, hay una fuerte insistencia de Lula para que el presidente paraguayo Nicanor Duarte Frutos firme un compromiso de realizar operativos serios respecto del contrabando y, a cambio, Brasil financiaría algunas obras de infraestructura. Según los especialistas argentinos, Lula no ha dado un giro en la tradicional posición de no reconocer el área dela Triple Frontera como un foco terrorista sino que instrumentó los operativos anticontrabando y, de paso, le hizo igualmente un guiño a Washington en el terreno de la lucha antiterrorista.

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