ECONOMíA › JORGE KATZ, EXPERTO EN POLITICA INDUSTRIAL

“Reinventar el aparato productivo para reinsertarse en el mundo”

Economista argentino radicado en Santiago de Chile, Jorge Katz es reconocido como uno de los principales especialistas en temas industriales en la región. Advierte sobre la reprimarización de la economía.

 Por Cledis Candelaresi

Argentina no recibirá en el corto plazo inversión extranjera, no revitalizará su economía hasta tanto consiga superar la primarización de su oferta exportadora y en la era de la electrónica tiene escasas ventajas comparativas para ganar un lugar en el mundo. Estos pronósticos corresponden a Jorge Katz, economista argentino radicado en Santiago de Chile, miembro de carrera del Conicet, profesor de la Facultad de Economía de esa capital, de la maestría de la UBA y ex director de la Cepal. El experto en política industrial señala la falta de competitividad de toda América latina –apenas un tercio de la de EE.UU.– como un gran escollo para que la región recupere, siquiera, el ritmo de crecimiento previo a la crisis de la deuda. En diálogo exclusivo con Página/12 precisa qué cuestiones de la historia local agravan esa falencia regional y hace que el país ya no tenga las ventajas comparativas que lo beneficiaron en otro momento.
–¿Por qué la actual productividad de la Argentina “no alcanza” para reintegrarse comercialmente al mundo?
–El tema gira alrededor de cuánto se necesita exportar para crecer más rápido y generar empleo. Los países que están creciendo más rápido en el mundo exportan entre 4000 y 5000 dólares anuales per cápita, mientras que Argentina exporta sólo 800. El país que más exporta de América latina es Chile, que vende 2000. ¿Cómo hará Argentina para dar el salto? Es obvio que no puede repetir lo que tiene. Se puede incrementar la venta de soja un 10 o un 20 por ciento, pero no se puede duplicar. Es necesario reinventar el aparato productivo para reinsertarse competitivamente en el mundo. Si Argentina insiste en volcarse exclusivamente hacia la primarización no hay ninguna chance de que reincorpore a 10 o 12 millones de personas que quedaron excluidos del sistema.
–¿Sobre qué pautas hay que reinventar el sistema productivo?
–El modelo hasta ahora discriminó contra el conocimiento intensivo y el valor agregado doméstico. El caso más obvio es todo lo que era nuestra industria de bienes de capital. Hace veinte años Argentina tenía una posición relativa muy buena en bienes metalmecánicos y siempre se pensó que la calidad de los productos locales era muy superior a la del resto de la región, incluido Brasil. “Ellos son más grandes y tienen más escala, pero Argentina produce bienes de mejor calidad”, se afirmaba. Hubo una imagen fantasiosa y estática de que la calidad brasileña está por debajo de la nuestra y que Argentina es rica en recursos humanos calificados. Ninguna de las dos cosas son estrictamente ciertas, ya que los bienes brasileños fueron mejorando relativamente rápido, al tiempo que en la ventaja relativa de los trabajadores locales se fue diluyendo y dejó de ser una ventaja comparativa.
–¿Por qué la calidad del recurso humano argentino decayó?
–En parte porque las fronteras se van escapando. Eramos buenos en la época en que el mundo era electromecánico. Entonces se trabajaba sobre la base de inmigración de europeos con buena calificación, que montaron la metalmecánica pyme del Gran Buenos Aires. Donde no había un departamento de investigación y desarrollo pero sí un dueño muy versado en el tema. Muchas empresas argentinas surgieron así, propiciadas por un proceso de sustitución de importaciones que aprovechó un dueño experto.
–Durante la convertibilidad hubo un aumento de la competitividad de la industria.
–Sí, pero con expulsión de mano de obra que no fue reabsorbida por el aparato productivo. Así se pasó de tener 6 o 7 por ciento de desempleo a 18 o 19 por ciento, y hoy todavía se mantiene en dos dígitos.
–¿Ese proceso favoreció la concentración económica?
–Sin duda. Porque en ese proceso murieron muchas empresas, en general pymes con alto contenido de ingeniería. Con un departamento basado en la pericia del dueño. Brasil no es estático y mejora mucho. Es un enorme exportador de calzado barato, pero de a poco se está metiendo en el segmento de calzados de 50 dólares, donde Argentina tenía mejor calidad. Era bueno en máquinas muy standard pero hoy hace muy bien comando numérico, mientras que Argentina dejó de hacer todo. Se quedó dormida en los laureles de tener personal capacitado. El mundo no es tan electromecánico y la electrónica argentina es mucho más pobre. En la transición hacia el mundo de la electrónica tiene mucha pobreza. Hay países que están construyendo sus ventajas comparativas y no sólo dejando que el mercado se las construya, como hizo Argentina, que por eso hoy tiene la soja en el lugar que la tiene.
–¿Para revertir este proceso no es necesaria la inversión, en particular extranjera?
–Argentina no va a recibir inversión extranjera por los próximos cuatro o cinco años.
–¿Por qué?
–Porque nadie en la región la está recibiendo. Ni siquiera Chile, con un sistema institucional mejor que el que cualquiera pudiera pedir, con un riesgo país que es el más bajo en 30 años, recibe un tercio de la inversión que hace cinco. Nadie la recibe en América latina, pero mucho menos va a recibirla Argentina, que tiene una negociación pendiente por su deuda y no es un país especialmente atractivo en este contexto. ¿Qué tiene para ofrecer cuando el mundo se está transformando hacia la information technology? Chile está montando un polo informático fuerte en Valparaíso, mientras que Malasia o Singapur invierten miles de millones de dólares en polos informáticos.
–¿Esas decisiones son parte del “milagro chileno”?
–Son parte de una política acertada. El milagro chileno se idealizó mucho, pero es cierto que Chile hizo espectacularmente bien la estabilización de su macro, y tiene hoy una política sumamente creíble y estable. Pero está lejos de ser el modelo de libre mercado que se cree en el debate argentino. Todavía tiene un cronograma de quince años para desregular su agricultura, tiene bandas de precios en azúcar, aceites y otros productos. No es, como se lo concibe en Argentina, un modelo de libre funcionamiento de mercado. Por el contrario, el Estado estuvo involucrado en la construcción de todas las ventajas comparativas. Si Chile produce hoy 1200 millones de dólares en salmón es porque tuvo estímulo estatal. Tiene 2 millones de árboles plantados con subsidio fiscal y atrajo inversión extranjera en cobre porque tiene un sistema de desgravaciones impositivas. El sistema chileno funciona muy bien, aunque no está creciendo como en la década pasada. Pero institucionalmente tiene un sistema muy maduro y formas de comportamiento que ojalá Argentina las tuviera.
–¿Cómo cuáles?
–El 6 por ciento de las exportaciones chilenas es salmón de calidad espectacular, porque sus plantas son de nivel internacional. Si se visita algunas de las pesquerías de Santa Cruz, se ve que están atrasadas veinte años. Eso es resultado de un sistema institucional que funcionó de manera perversa. Argentina necesita inventar veinte o treinta productos de los cuales exportar entre 200 o 300 millones de dólares por cada uno. Y sólo lo va a hacer si tiene estándares internacionales de producción. No hay forma que organice su producción de agroquímicos ni de pesca en el estado que hoy tiene sus plantas. Si no logra exportar 60 mil millones de dólares en pocos años, y que no sea todo soja o gas, no hay forma que se revitalice su economía.
–¿Las exportaciones son la clave para dinamizar la economía?
–No necesariamente. En América latina hay dos escenarios totalmente diferentes. El modelo mexicano, que triplicó sus exportaciones pero no crece. Hoy exporta 170 mil millones de dólares, 80 mil son maquila y el 96 por ciento de ella es componente importado. La única razón por la cual México exporta es porque tiene salarios de 2,2 dólares la hora. Ese modelo de crecimiento de las exportaciones no arrastra la economía. Lo opuesto es el modelo chileno.
–¿Y la circunstancia argentina a cuál escenario se parece más?
–Argentina se ha ido moviendo hacia commodities. Hacia sectores que tienen problemas de inserción internacional. No digo que no pueda vender mucha soja y llegar a 100 millones de toneladas en los próximos años. Pero eso no va a permitir exportar un total de 60 millones de dólares.
–¿Por eso usted plantea que es necesario fijar metas a dos décadas?
–Está muy bien que renegociemos la deuda externa y que reconstruyamos nuestra credibilidad en materia de derechos humanos. Pero es importante saber cómo nos reinsertaremos en el mundo en el futuro. Y ahí hay dos líneas: una es la informatización de la sociedad y bienes culturales asociados a ella y, por otro lado, la biotecnología asociada a la riqueza natural. Ninguna de éstas está bien trabajada en la Argentina. Faltan instituciones que junten al sector público y privado, que está inerme mirando para el otro lado. ¿Por qué los empresarios no construyen incubadoras de empresas, parques industriales, o se asocian para montar canales de exportación? El impedimento está en la cabeza: hay gente que perdió el tren y no piensa en el futuro.

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