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A las escondidas

Por James Neilson

Si el FMI no existiera, sería necesario inventarlo porque sin una organización de alcance planetario monstruosa, superrica y neoliberal, manejada por imbéciles que no pueden pensar en nada mejor que ordenar a los flacos hambrearse más para alimentar a los ya obesos, no habría nada a qué culpar por los desastres locales. Lo entienden muy bien el Adolfo, Hugo, Aldo, Raúl, Lilita y, últimamente, hasta José Manuel que, asesorados por Joe Stiglitz, dicen que hay que romper con el Fondo, luchar contra él, mofarse de sus exigencias o, cuando menos, tratarlo con suma dureza para que aprenda quién manda por estas partes, todo lo cual sería muy bueno si no fuera por el hecho difícilmente rebatible de que Horst Köhler, Anne Krueger y sus compañeros no quieran saber nada de la Argentina. Así las cosas, romper con el IMF no sería gran cosa –casi casi ha roto con el país–, mientras que combatirlo plantea algunas dificultades porque, para furia de sus muchos adversarios, desde hace más de nueve meses se niega a subir al cuadrilátero.
Bien que mal, el pretexto más reciente del FMI para rehusar medir fuerzas con los temibles leones criollos suena convincente. Los mandamás juran que les encantaría charlar un rato pero, por desgracia, no hay nadie con quien les valdría la pena intercambiar opiniones. Tienen razón: en la Argentina actual, les sería imposible encontrar un interlocutor que hable en nombre de más de una pequeña minoría. Si se dirigen a Eduardo Duhalde, éste les prometería darles cuanto quieran pero al día siguiente tendría que confesar que todo era mentira. ¿Y si optaran por ir directamente a la Corte Suprema? Pronto se perderían en un laberinto jurídico propio de un juego de castillos y dragones seudomedieval o algo igualmente grotesco. Puesto que dicen que la Argentina tiene un régimen medio parlamentario, podrían probar suerte con el Congreso pero, al ponerse en contacto con la institución así designada después de sortear bandas de piqueteros y cacerolistas, se encontrarían ante una muchedumbre de diputados y senadores cuyo único interés consiste en diferenciarse de sus congéneres.
En buena lógica, la ruptura virtual que efectivamente se ha dado debería ser motivo de orgullo para una mayoría abrumadora de los políticos, sindicalistas y pensadores nacionales, encabezados por el señor presidente, pero es innecesario decir que no lo es en absoluto. Por el contrario, toman la esquivez fondomonetarista por una traición más, lo cual puede entenderse: no hay nada más exasperante que un chivo expiatorio que logre eludir a los resueltos a sacrificarlo.

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