EL MUNDO › UNA PERIODISTA CUENTA SU MEDIACION FRUSTRADA EN EL TEATRO TOMADO

“Traté, pero no salvé a los rehenes”

La semana pasada, Anna Politkovskaya, veterana corresponsal de guerra rusa, entró al Teatro Dubrovka de Moscú para hablar con el jefe de los rebeldes chechenos que lo habían tomado. Este es su relato de una incursión escalofriante en un verdadero campo minado.

Por Anna Politkovskaya *
Desde Moscú

“¡Soy Politkovskaya, soy Politkovskaya!”, grité alrededor de las 2 de la tarde el 25 de octubre, cuando estaba entrando al Teatro Dubrovka tomado por los terroristas. No tenía ninguna pericia, absolutamente ninguna experiencia para negociar con terroristas. Si algo tenía, era mi deseo de ayudar a gente que se hallaba en problemas sin tener culpa alguna. Y también, como los terroristas me habían elegido como la persona con la que querían hablar, no me podía negar.
Las suelas de mis zapatos chirriaban en el piso del teatro, y el ruido agudo que hacían mis pies sobre los vidrios rotos siempre reverberará dolorosamente en mi corazón. Pateé cartuchos gastados mientras caminaba, haciéndolos saltar. Mis piernas parecían de goma por el miedo. “¿Por qué me metí yo, una mujer, en esta situación infernal? –pensé–. Tenemos hombres machos en cada esquina, sólo hay que silbarles. ¿Para qué tuve que venir aquí?” “Soy Politkovskaya... ¿Hay alguien ahí? –grité–. Hola, soy Politkovskaya... Vine a reunirme con el comandante. ¡Contesten!”
A mi alrededor todo era silencio y calma. A mi derecha, el guardarropa estaba lleno de impermeables y chaquetas. Impermeables, pero nada de gente, y ningún sonido de gente. Parecía estar caminando en una escuela cuando todos los niños están sentados callados en sus clases. Subí la escalera hasta el segundo piso, todavía llamando. Entré en un área de media luz, sin un alma a la vista. Finalmente apareció un hombre con una máscara negra que cargaba una subametralladora. “Soy Politkovskaya. Vine a reunirme con su comandante”, dije.
–Lo llamaré inmediatamente –respondió. Me miró de arriba a abajo e intercambiamos unas pocas palabras.
–¿De dónde sos? –le pregunté.
–De Tovzeni (un pueblo grande en las montañas chechenas).
–Yo he estado allí.
–¿En serio? ¿Y qué tal? ¿Te gustó?
Me encogí de hombros. Ya habíamos estado esperando unos 15 o 20 minutos. ¿Qué estaban haciendo? Me pareció escuchar un ruido que parecía venir de atrás, de una puerta verde a unos pocos metros de distancia, donde me imaginaba que cientos de personas estaban atrapadas y asustadas, la gente por la cual yo estaba aquí. Luego, la puerta verde se abrió. Otra persona enmascarada sacó a una frágil adolescente con un rostro blanco azulado, que llevaba una blusa amarilla. Pasó delante mío, y cuando volvieron, junté coraje y pregunté.
–¿Cómo estás?
–¿Qué? –contestó la chica.
Y eso fue todo: nuevamente ella fue empujada con la subametralladora detrás de esta maldita puerta verde oscuro. Con toda mi pericia y educación, era totalmente incapaz de ayudar a la niña. La impotencia era terrible. Gente enmascarada iba y venía, hablando entre sí y preguntándome: “¿Usted es Politkovskaya?”. Cabezas curiosas se asomaban del balcón del tercer piso. Podía ver a través de las ranuras que sus bocas sonreían detrás de sus máscaras. Para sacudir el pesado silencio, traté de hablar con ellos.
–Sus madres. ¿Sus madres saben sobre esto?
–No, pero hemos llegado a un punto de no retorno. O bien la guerra se termina o volamos a los rehenes.
–¿Cuando llegará el comandante? –pregunté.
–Espere. ¿Está apurada? No se apure. Tendrá todo inmediatamente –replicó uno de ellos. Las palabras me hicieron temblar nuevamente.
–¿Qué sucederá después? ¿Me matarán? ¿Me tomarán como rehén?
Pronto, alguien entró por esa puerta detrás de la cual estaban los rehenes, y me dijo que lo siguiera. Un minuto después, estábamos hablando en una habitación sucia y sin ventanas, contigua al hall. Había luz y por primera vez podía ver todo claramente. El jefe de los negociadores de los chechenos resultó ser un hombre de 29 años llamado Abubakar, que se presentó como subcomandante del batallón de subversión e inteligencia. Al principio, la conversación fue tensa. Abubakar parecía nervioso, pero después se calmó. Se puso furioso cuando se refirió a su generación en Chechenia, los que tienen entre 20 y 30 años, que crecieron entre dos guerras y no conocían nada más que el combate.
–Usted no me creerá, pero por primera vez en muchos años me siento tranquilo, aquí.
–¿En este teatro?
–Sí. Vamos a morir aquí por la libertad de nuestro país.
–¿Querés morir?
–No podrás creerlo, pero esto es lo que realmente queremos. Nuestros nombres quedarán en la historia de Chechenia.
Por supuesto, soy una negociadora muy mala. No se me ocurría qué decir. Y él, que vivió la mitad de su vida sin sacarse el uniforme militar y con una subametralladora en sus manos, tampoco. Por eso es que recaíamos cada tanto en conversaciones sobre el significado de la vida de los chechenos, por ejemplo. Algunos de los rebeldes entraban para escuchar.
Abubakar volvió a la calma, dejó su arma y dijo que quería dejar las cosas claras en su alma antes de morir. Lo escuché atentamente, pero también trataba de mencionarle el sufrimiento de los rehenes.
–Liberen a los adolescentes –le sugerí.
–No. Nosotros sufrimos en las manos de tu gente. Ahora que sufran ustedes. Y los padres, allí afuera, que sientan lo que sintieron nuestros padres.
–Al menos dejen que alimentemos a los niños.
–No. Nuestros niños están hambrientos. Que tus niños también sientan hambre.
Abubakar dijo que no esperaba piedad para su persona y que soñaba con morir en el campo de batalla. Creo que fue franco y honesto conmigo porque estaba en presencia de una mujer que podría ser su madre. Y eso es lo que le dije: que él tenía la misma edad que mi hijo y que ni siquiera en la peor de las pesadillas podía ver a mi hijo acorralado.
–Si él fuera checheno, estaría así. Y, como yo, también querría morir por todo lo que están haciendo ustedes en Chechenia.
–¿Y si vos tenés que morir mañana?
–Alabado sea el Todopoderoso.
Finalmente, decidimos que era momento de que yo me vaya. No llegamos a un acuerdo sobre nada y no estoy demasiado convencida de que la conversación haya sido efectiva en algo. Pero yo no soy negociadora. Sólo acordamos que en las horas siguientes traería agua y jugos dentro del teatro y que trataría de que sea suficiente para las casi 700 personas que estaban allí.
Salí del teatro en completo silencio. Una vez más tuve la sensación de que no había nadie alrededor mío. Camperas y pilotos solitarios seguían mis pasos. Hacía frío, mucho frío, en ese espantoso teatro, y no debe haber habido nunca un teatro tan lleno de explosivos en el mundo entero. Sólo atiné a decirme: “Andá y conseguí los jugos, buscalos, hacé sólo esto y no pienses en otra cosa”.
¿Hice mucho o poco? Poco, por supuesto. Pero no podía hacer mucho más. Cuando el edificio fue atacado, todos los terroristas con los que hablé habían muerto. Y con ellos murieron 67 de los rehenes que antes bebieron el jugo que pude llevar. Maldita sea la guerra.

* De The Guardian de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

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La procesión con los féretros de las víctimas más jóvenes, de 13 y 14 años, ayer.
 
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