EL MUNDO › PAGINA/12 EN UNA MISA DE PASCUA DE LA MINORIA CRISTIANA DE BAGDAD

Lejos de Cristo, cerca de los invasores

En todo Irak, los cristianos son apenas el 3 por ciento de la población. Y tienen miedo, como se lo dijeron al enviado de Página/12 en una misa de Jueves Santo en Bagdad.

 Por Eduardo Febbro

El padre Buthros Haddad no tiene rencores. La cruz y la cultura cristiana no se lo permiten. Después de 35 años de una dictadura feroz, si alguien le pregunta qué haría si Saddam Hussein viniese a golpear la puerta de su iglesia, el padre Haddad dice: “Se la abriría, esta no es mi casa, es la casa de Dios”. La iglesia de la Virgen María, en el barrio cristiano de Karrada, está llena. El jueves santo convocó a los fieles que los bombardeos norteamericanos habían dispersado. El padre pronuncia su sermón en nombre de la caridad, la confianza, la solidaridad, el perdón, la unión del pueblo iraquí y los lazos indestructibles de la comunidad.
El hombre no profesa ni las divisiones confesionales ni tampoco agita el fantasma del miedo. Con una regularidad agresiva, las palabras del padre se pierden entre el ensordecedor rugido que hacen los tanques norteamericanos cuando pasan por la calle. Con un gesto de infinita compresión y un gusto exacto por el humor y el doble sentido, el padre Buthros comenta: “Quién sabe a dónde irán. Tal vez tengan sed y salieron a buscar agua”. A diferencia de otros religiosos cristianos, el padre Buthros se niega a agitar el fantasma de un horizonte sin futuro, de una comunidad cristiana ahogada entre chiítas y sunnitas. “Por qué vamos a tener miedo del mañana. Después de lo que ocurrió en los últimos 10 días, lo que estamos viviendo ahora es un paraíso.”
Los cristianos iraquíes, en su mayoría asirio caldeos, viven con el temor de una venganza orquestada por los musulmanes. “Bush lanzó las bombas, nosotros pagaremos por ellas”, dicen. Algunos jefes religiosos alimentan esa obsesión. El padre Haddad no. Con un lento movimiento de la mano, aparta ese argumento, se saca los anteojos y, en un inglés perfecto, afirma: “Eestuvimos juntos, estamos juntos y seguiremos juntos”.
Las Pascuas lo ocupan más que de costumbre. A pesar de los tanques, las bombas, las heridas y la muerte, Buthros Haddad quiere llenar el corazón de la gente con un contenido más grande que la esperanza. En los días de la guerra, la gente venía a refugiarse a su iglesia. Muchos tenían miedo, otros habían perdido su casa o necesitaban sentirse protegidos por Dios. “Lamentablemente, sólo teníamos luz dos horas por día. El generador es tan viejo que anda un rato y después se para”, cuenta. Y no juega con las formas elegantes o diplomáticas cuando se refiere a los norteamericanos. Seca, brevemente, dice: “No necesitamos de ellos”. El padre se asombra si se le pregunta por qué no hay un solo tanque estadounidense estacionado en los alrededores, por qué no solicitó un mínimo de protección en estos días de pascua. “¿Para qué? ¿Quién va venir a atacarnos?” Luego, señalando la ventana agrega: “Los que atacaron fueron ellos...”
A la iglesia de la Virgen María venían los cristianos y también los musulmanes. “Estaba abierta para todos, igual que hoy”, dice señalando la ventana. Abajo, en el patio de la iglesia, una cueva con una Virgen adentro ofrece una escena impensable. Tres familias cristianas rezan ante la cueva. Junto a ellas, una mujer con la tradicional túnica negra de los chiítas reza de rodillas con un niño en los brazos. “Ve, qué mejor pascua que ésta. La unidad. Cómo voy a hablar de divisiones si en mi propia iglesia somos plurales y lo mismo.” Los fieles, sin embargo, no se atreven a mirar muy lejos. “En Irak, todo problema político se vuelve religioso. Nosotros estamos en primera línea y nos sentimos amenazados”, dice un padre de familia de 50 años. El padre Buthros reconoce que el “temor es legítimo, pero no por ello real”. Sumados los distintos ritos, los cristianos constituyen una comunidad de 700.000 personas. Después de la Guerra del Golfo, los cristianos iraquíes inmigraron masivamente al exterior. Están en Jordania, Canadá, Estados Unidos, Alemania y otros países de Europa. “Gente calificada, ingenieros, médicos, profesionales de alto vuelo que dejaron un país que hoy los necesita más que nunca.” A su iglesia vienen cerca de 700 fieles, gente pobre y de clase media tanto más devota cuanto que el miedo las acerca como si la iglesia de la Virgen María fuera un fuego protector. “Me hace bien. Nos sentimos menos solos”, dice una mujer que acaba de mojar sus dedos en el agua bendita. Se persigna y, cuando sale de la iglesia, piensa y luego dice: “Debemos mantenernos juntos para no desaparecer”. Otra mujer se acerca y explica que la mayoría de su familia salió del país dos semanas antes de la guerra: “No sé si volverán. Estamos siendo muy pocos”. Al fin, levanta los ojos hacia el cielo e implora: “¡Deben volver!”.
Adentro, la misa avanza en sus etapas rituales. Los niños se aburren hasta que un piano desafinado ejecuta un puñado de notas. La gente se pone de pie y canta. Se perciben el fervor y la unión. “Cuando oigo estas canciones que acompañan la misa, cuando rezamos todos juntos siento que nada puede ocurrirme, que algo muy potente me protege contra todos los males, por más fuertes que sean –explica un hombre joven, profesor de Literatura–. Mi casa quedó bastante dañada con los bombardeos, la universidad en la que trabajaba está cerrada y no sé cuándo se reiniciarán los cursos. Después de que los norteamericanos entraran en Bagdad la gente se precipitó a la Universidad y robó todo lo que había. En el mundo que estaba a mi alrededor, lo único que sigue intacto es la iglesia, y la fe, que nos convoca con más densidad en estas Pascuas”.
El profesor interrumpe lo que estaba diciendo cuando los tanques vuelven a hacer retumbar la tierra. Su voz suave, su rostro dulce y entristecido contrastan con la brutalidad de esas masas de acero. “La iglesia ha sido fundamental. Si ella me hubiese sentido perdida”, dice una mujer. Luego pregunta: “¿En qué y en quién pensar cuando todo se derrumba?”. El padre Buthros tampoco quiere que se piense así. “La gente necesita comprensión y palabras de aliento. Estamos lastimados. Estas Pascuas nos permitirán reencontrarnos. Los días venideros son importantes. Mi mensaje será siempre el mismo. Somos iraquíes y estamos de pie”. La iglesia se vacía lentamente, con la música de fondo y el olor a incienso. En el patio, los cristianos se cuentan cosas de la vida cotidiana, organizan las Pascuas, preguntan por los que se fueron o aún no aparecieron. Un joven le cuenta una broma a un grupo de amigos. Mira de reojo para ver si alguien más lo escucha y dice. “Cuando se supo que Saddam Hussein había muerto, los chiítas querían enterrarlo. Pero los sunnitas no quisieron, dijeron que mejor lo hacían ellos. En eso vino un cristiano y les propuso que más bien lo enterraban ellos. El chiíta y el sunnita se agarraron la cabeza y dijeron. No, por favor, a ver si en una de esas pasa lo que ocurrió con Jesucristo y Saddam Hussein resucita.”

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Cristianos iraquíes rezan durante la celebración de la Pascua en la Iglesia de la Virgen María.
 
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