EL PAíS › EL ALINEAMIENTO INCONDICIONAL NO ACEPTA CRITICAS

Cuando disentir no es democrático

 Por Luis Bruschtein

La decisión presidencial de no votar una propuesta impulsada en nombre de la democracia por Estados Unidos en la ONU y de criticar la guerra en Irak aislará a la Argentina del mundo y le acarreará fuertes problemas en el plano económico, aseguran los críticos de esa decisión. También auguran represalias y presiones futuras, lo cual no parece muy democrático.
La declaración impulsada por Estados Unidos en la ONU condena al gobierno cubano por no aceptar la disidencia interna. Pero, a juzgar por lo que dicen los mismos que apoyan esa condena, Estados Unidos tampoco acepta la disidencia en el plano internacional. Sin embargo, en vez de impulsar también una condena contra Estados Unidos, esta gente acepta como natural la intolerancia de la gran potencia y se indigna por la cubana.
En definitiva, el escándalo que hacen los políticos, como Carlos Menem, y los medios como Ambito Financiero, anunciando terribles males si Duhalde no se subordina en forma perruna a Estados Unidos le hace poco favor a la imagen norteamericana. Lo muestran como un gran dictador mundial que castiga a los gobiernos disidentes con guerras, matanzas y crueles presiones económicas como bloqueos y usura que terminan por golpear a los pueblos más que a los gobiernos.
La idea que transmiten los defensores del alineamiento incondicional con Estados Unidos es que en nombre de la democracia no se puede disentir con Washington. Dicho de otra manera: el que disienta, aun en lo más mínimo, será castigado porque está en contra de la democracia. Nadie podrá imaginar una definición de dictadura mejor que esa.
Para el caso de los argentinos que apoyan esta posición, la falta de simetría es tan obvia –critican una forma de intolerancia y apoyan alegremente la otra– que resulta evidente que en realidad no les preocupan los derechos humanos ni la democracia. Ninguno de ellos se ha destacado en la defensa de los derechos humanos en su país y muchos han apoyado las dictaduras locales. Se trata entonces de una actitud ideológica, en algunos casos, y en otros de una intención económica, como la del pordiosero que halaga al posible benefactor.
De las dos, resulta más digna la primera, la del que asume una actitud ideológica junto a los sectores más recalcitrantes de los Estados Unidos. Pero no es digno esconder esa actitud detrás de la bandera de los derechos humanos, que nunca le interesaron en Argentina, o de la democracia, cuando la intolerancia del actual gobierno norteamericano a nivel mundial no tiene nada de democrática.
Con respecto a los Estados Unidos es tan ciego el que no encuentra matices y diferencias en los sectores políticos, sociales y económicos de ese país, como el que se niega a ver el espacio que ocupa ese país en el mundo. Pero disentir y criticar es democrático, no es subversivo ni antinorteamericano. La democracia reconoce la existencia de intereses y puntos de vista distintos y por eso acepta la polémica, las críticas y las opiniones diversas.
Y en especial para los países latinoamericanos, que conviven geográficamente con la gran potencia, la relación con Estados Unidos ha sido siempre compleja. Como el pobre tipo que convive con una mujer dominante, absorbente e invasora y tiene que poner límites todo el tiempo para sobrevivir sin convertirse en un monigote.

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