EL MUNDO › ESCENARIO

Insurgencia, terrorismo y guerra civil

 Por Santiago O’Donnell

Terrorismo, insurgencia, guerra civil. Distintas palabras para describir lo que viene escalando los últimos quince meses en Siria, donde según Naciones Unidas más de trece mil civiles han muerto por la violencia en curso. Al principio, durante más de un año, mientras el gobierno de Bashir Al Assad parecía en control de la situación, era muy difícil comprobar lo que estaba pasando. Las denuncias que surgían bajo el anonimato de las redes sociales hablaban de una violenta represión, con muertes incluidas, de protestas pacíficas en el contexto de la Primavera Arabe. Los manifestantes pedían más apertura y reformas democráticas al régimen baasista de la dinastía Assad que viene gobernando a Siria desde hace décadas. Difícil saber qué pasaba porque los medios sirios siguen el modelo propagandístico de la prensa china y los medios extranjeros no alineados tenían prohibida la entrada al país.

La situación se espesó cuando los manifestantes pacíficos –represión mediante, intereses extranjeros mediante, o ambos a la vez– mutaron en insurgentes y terroristas. Los insurgentes se hicieron de armas pesadas y empezaron a ocupar ciudades enteras. Los terroristas se despacharon con una serie de atentados contra objetivos del régimen ubicados en zonas de alta densidad poblacional, matando a docenas de civiles. Assad mandó a sus tanques y sus aviones a las ciudades insurgentes y las bombardeó sin piedad hasta que los insurgentes se marcharon. A los terroristas Assad todavía los está buscando.

Todo ese movimiento de tropas y cadáveres despertó el interés de Naciones Unidas, que mandó a su ex secretario Kofi

Annan para mediar y a un equipo de veedores para que informe desde el terreno. Casi al mismo tiempo Assad denunció una campaña internacional para voltearlo y, terminada su ofensiva y retomadas las ciudades insurgentes, permitió el ingreso de los principales medios del mundo, que llegaron junto a los veedores de la ONU. Por un lado, los veedores y los periodistas constataron los bombardeos y, peor, masacres, crímenes de lesa humanidad cometidos por los soldados y las milicias de Assad. Por otra parte constataron que los combates continúan en distintas partes del país y, más grave, los asesinatos de civiles en atentados terroristas contra objetivos del régimen sirio.

Annan propuso un plan de paz de seis puntos que consistían de un alto el fuego y un llamado al diálogo entre el gobierno y la oposición. Fue aceptado por el gobierno y por las distintas facciones de la llamada oposición, pero ninguna de las partes cumplió y, según pudieron constatar los veedores y los periodistas, la matanza continúa.

Es que el plan de Annan no es tan fácil de implementar. Llama al diálogo con la oposición, pero hoy la oposición consiste básicamente en un grupo de exiliados, un “ejército libre” de desertores y una red terrorista anónima, que nunca firma sus atentados. También estarían los activistas por los derechos humanos que denuncian al régimen desde Siria y los manifestantes pacíficos que sobrevivieron la represión. Pero no se trata de una coalición articulada ni nada que se le parezca, sino más bien de un conjunto de voluntades dispersas a las que sólo las une el mismo enemigo. Para dar cuenta de la dispersión basta decir que Damasco acusa a la red terrorista Al Qaida por la serie de atentados, al mismo tiempo que acusa a Estados Unidos y Europa de violar el alto el fuego al continuar la provisión de armas para la insurgencia desde Jordania y Turquía.

En otras palabras, Estados Unidos y la OTAN están en guerra con Al Qaida en Afganistán, Pakistán, Irak y Yemen. Pero en Siria los enemigos de la guerra global trabajarían juntos a la par para derrocar a Assad (y en Libia se juntaron para voltear a Khadafi).

¿Qué hacer? En el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el único organismo con mandato para autorizar intervenciones militares extranjeras, las opiniones están divididas. Europa y Estados Unidos quieren tratar a Siria como un país débil, Rusia y China quieren tratarlo como un país importante. A los países débiles, cuando no pueden controlar su propia violencia, se los presiona, se los sanciona y eventualmente se los invade. A los países poderosos se les permite aplicar soluciones drásticas en sus territorios y esferas de influencia bajo el principio de no intervención en los asuntos internos de una nación soberana. Para Washington y la OTAN, la solución pasa por votar una “no fly zone” en Siria, o sea controlar el espacio aéreo con aviones supersofisticados, asegurarse de que los rebeldes están bien pertrechados y así debilitar a Assad hasta que caiga. Esta semana Francia hizo punta en el Consejo y pidió “aplicar presión” al régimen de Assad.

Pero Rusia, aliado histórico de Siria, y China, superpotencia emergente, rápidamente contestaron que no. Dijeron que se oponían a cualquier sanción o intervención en Siria. No quieren que pase lo mismo que en Libia, donde el “no fly zone” se convirtió en una campaña de bombardeos masivos porque los rebeldes se caían a pedazos, Khadafi los tenía rodeados, y sin esos bombardeos era imposible dar vuelta la situación.

Yo creo que a todos los países hay que tratarlos de la misma manera. No estoy de acuerdo con el intervencionismo que plantean Estados Unidos y Europa, ni con apañar y proteger a Assad como Rusia y China. Hay que parar la violencia, hacer reformas democráticas y que Assad se vaya cuando se tenga que ir. Es un poco lo que plantea Kofi Annan. Difícil.

El empate catastrófico en el Consejo de la ONU deja a la población siria expuesta a una espiral de violencia con final incierto. Cada día aparecen nuevas evidencias de masacres, atentados, bombardeos y desplazamientos, de terrorismo estatal y terrorismo en contra del Estado. Hoy, el plan de paz de Annan es sólo un papel que apenas sobrevive en la mente de los diplomáticos más optimistas.

Tras quince meses del conflicto algunas cosas están claras. Está claro que hay injerencia extranjera, que los extranjeros arman, financian y propagandizan a la insurgencia. Pero también está claro que los muertos no son extranjeros, sino ciudadanos sirios. O sea, que miles de sirios están dispuestos a dar la vida para que caiga

Assad. También queda claro que unos cuantos sirios están dispuestos a dar la vida por la permanencia del régimen. Por eso los muertos se acumulan día a día.

Los países que ejercen el liderazgo en materia de derechos humanos a nivel mundial no pueden callar ante estos crímenes que ahora sí se pueden constatar y verificar. No pueden esperar a ver qué termina decidiendo el Consejo de la ONU.

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