EL MUNDO › OPINION

Bush lleva al desastre

Por Howard Dean*

Cuando el Congreso aprobó la autorización al presidente Bush de ir a la guerra en Irak, le estaba dando luz verde para poner en marcha su doctrina de guerra preventiva. Ahora parece que Irak era sólo el primer paso. La administración Bush ya está viendo a Siria y a Irán como los próximos países en su lista. La doctrina Bush debe detenerse ahí.
Muchos que votaron esta resolución en el Congreso debieran haber sabido mejor. El 23 de septiembre de 2002, Al Gore advirtió que “si el Congreso aprueba la resolución de Irak recién propuesta por la administración, está creando el precedente para una acción preventiva en cualquier lado, en cualquier momento que este u otro futuro presidente decida”. Permitir que el presidente estableciera este precedente peligroso fue un gran error del Congreso.
Hay demasiado en juego. Llevará décadas reparar el daño que este presidente y sus consejeros ideológicos de derecha le han hecho a nuestra posición en la comunidad internacional. La suya es una opinión radicalizada de nuestro rol en el mundo. El presidente, que basó su campaña en una plataforma de una política exterior humilde, comenzó en cambio implementando una política exterior caracterizada por la arrogancia y la intimidación. La ola de apoyo y de buena voluntad que nos envolvió después de la tragedia del 11 de septiembre se secó y fue reemplazada por la desconfianza, el escepticismo y la hostilidad por muchos de aquellos que se contaban entre nuestros aliados más cercanos.
Este enfoque unilateral de la política exterior es un desastre. Todos los desafíos que enfrenta Estados Unidos, desde ganar la guerra contra el terror y encontrar las armas de destrucción masiva hasta construir una economía global abierta y proteger la ecología mundial sólo se pueden lograr trabajando con nuestros aliados. El ejército más grande y sofisticado en la historia del mundo no puede eliminar la amenaza de células terroristas escondidas. Esa tarea requiere el más alto nivel de cooperación de inteligencia con nuestros aliados. Tampoco se puede esperar que ese ejército vaya a la guerra con cada dictador malvado que pueda poseer armas químicas. Esto requiere un esfuerzo diplomático agresivo y efectivo conducido en total cooperación por una comunidad internacional unida, y preferiblemente con el apoyo de instituciones multilaterales. En todo caso, la guerra debe ser la última opción frente a una amenaza.
La Carta de la ONU protege de modo específico el derecho a la autodefensa contra el ataque armado, y la mayoría está de acuerdo en que la acción contra una amenaza también está justificada. Como presidente, como ha sido el caso de todos nuestros presidentes previos, yo no dudaría en usar nuestro poderío militar para proteger a nuestro pueblo o a nuestra nación de un ataque. Pero no encontrarán una administración Dean optando por la fuerza como primera instancia como lo hace este presidente. La tarea inmediata para el próximo presidente será comenzar a reconstruir nuestras relaciones con nuestros aliados para poder trabajar conjuntamente y resolver esos desafíos. El próximo presidente tendrá que deshacer el trabajo de esta banda de extremistas que actualmente controlan nuestra política exterior, que ven a Medio Oriente como un laboratorio para sus experimentos en la construcción de la democracia, donde tales tradiciones no existen. El pueblo de este país debe comprender que esta administración tiene un concepto que significa imponer nuestra voluntad sobre naciones soberanas, desmantelar las instituciones multilaterales que nos costó décadas construir. Y este concepto significa distorsionar la ley para satisfacer sus mezquinos propósitos. ¿Cuándo nos convertimos en una nación de temor y ansiedad, cuando éramos conocidos por todo el mundo como la tierra de la esperanza y de la libertad?
Este presidente nos divide de forma desvergonzada. Nos divide por raza, como lo hizo cuando declaró inaceptable que la Universidad de Michigan usara cuotas para la admisión en su Facultad de Derecho. Nos divide por clases al recompensar a los donantes de su campaña con enormes recortes deimpuestos mientras al resto de nosotros se nos priva del cuidado de la salud. Nos divide por orientación sexual al nombrar a jueces reaccionarios como lo hizo en Texas al negarse a firmar una la ley discriminatoria si incluía potenciales víctimas homosexuales norteamericanas.
Soy lo que se llama comúnmente un progresista en lo social y un conservador en lo fiscal. Estoy orgulloso del hecho de que como gobernador siempre equilibré el presupuesto, lo que no está requerido por la Constitución de Vermont, y pagué hasta un 75 por ciento de la deuda de nuestro Estado. Por esa forma de gobernar, Vermont no está recortando en educación y no está recortando en ayuda médica a pesar los peligrosos tiempos que acarrearon las políticas fiscales de Bush.
Uno de mis objetivos como candidato a presidente es representar al ala demócrata del Partido Demócrata, un dicho popularizado por Paul Wellstone. Algunos se han cuestionado por qué me alineé tan de cerca con un político cuyas políticas eran considerablemente más progresistas que las mías. El hecho es que yo admiraba enormemente a Paul Wellstone, no sólo por su política, sino porque sostenía sus creencias y luchó por ellas hasta el día en que murió. Sólo espero que algún día la gente diga lo mismo de mí, que yo también me mantuve firme en mis principios sin importar qué. Creo que el Partido Demócrata tiene que significar algo si queremos que la gente vote por nosotros. Y al oponernos a la doctrina Bush de la guerra preventiva y la división interna, quizá podamos redescubrir el alma de nuestro partido.

* Precandidato presidencial demócrata.
Traducción: Celita Doyhambéhère.

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