EL MUNDO › OPINION

Desensillar hasta que aclare

 Por Estela Díaz *

“La argentinidad al palo”, nunca mejor cantado que hoy. La construcción del ser nacional ha tenido capítulos memorables en la historia argentina. Ese afán por ser parte importante de la memoria histórica del Occidente cristiano nos ha permitido construir una profusa literatura y mitología de la argentinidad. Parte de ella es la que refiere a que los y las argentinas nacimos de los barcos, olvidando el primer genocidio del continente, que no es prerrogativa sólo del resto de los pueblos latinoamericanos.

La tensión binaria civilización o barbarie forma parte de esta gesta, que supo colocar del lado oscuro del mundo civilizado a la negritud, la pobreza, las etnias originarias americanas, las mujeres, las orientaciones sexuales e identitarias diversas de la heteronormatividad obligatoria. Lo contrario de ellas fue constitutivo de la ciudadanía, la nación y la decencia. Todo ello al amparo de la oración incesante de la Iglesia Católica, como no podía ser de otra forma.

Cumplimos el Bicentenario y lo celebramos con un revisionismo histórico necesario. A diferencia del primer centenario, que la derecha añoró, empezamos a mirar la pluralidad presente en la construcción de la historia argentina, las luchas, las represiones, los sujetos políticos y sociales, las disputas de poder, nuestro vínculo con los pueblos de la región. A pesar de ello siempre caemos en la tentación primermundista, algo del ser más que... En este recorrido están los mitos del poder, pero también los populares, aquellos que se transforman en personajes mitológicos porque le dan alegría al corazón. Gardel, Maradona, Messi, Evita, Perón y Néstor.

Ahora Habemus Papa. Sin compartir, cómo no entender el júbilo y la alegría popular. Cómo no entender el regodeo de la derecha argentina y de la región. En esta sintonía pueden leerse las declaraciones prudentes de muchos funcionarios nacionales y la actitud de nuestra presidenta, bien correspondida en la primera visita de jefa de Estado recibida por el nuevo papa, sin estridencias protocolares. En qué lado de la galería de líderes se colocará Francisco, podemos casi sin error a equivocarnos presuponerlo, pero por lo pronto sólo queda abrir un paréntesis, dejar que siga el regocijo mediático y esperar.

Es necesario, más allá de los mediáticos gestos de austeridad y descontractura del ahora llamado Francisco, no perder de vista la historia y actualidad de la institución que representa. La Iglesia Católica Apostólica Romana, institución bimilenaria, es una monarquía absoluta, que protagonizó en las últimas dos décadas un avance de los sectores más conservadores, cuasiintegristas, con un fuerte liderazgo del Opus Dei.

Desde el reinado del también muy popular Juan Pablo II, que supo llamarse “peregrino”, junto a grandes gestualidades de renovación, concretaba un retroceso dogmático fenomenal, a punto tal que el insólito renunciante Benedicto quiso volver a la misa en latín. A la vez que marginaron, expulsaron y sancionaron a las teologías de la liberación, feministas y tercermundistas, que bregaban por cambios imprescindibles, que habían prefigurado en el Concilio Vaticano II.

Las encuestas en Argentina muestran la expectativa favorable por esta designación, pero también la esperanza acerca de que la Iglesia haga cambios imprescindibles. El papado anterior fue eyectado en helicóptero por los escándalos de corrupción, el lavado de dinero de la Banca Vaticana y el encubrimiento sistémico de los delitos sexuales mundiales perpetrados desde sus entrañas. Todo históricamente silenciado al amparo institucional.

En el debe de nuestra región existen cuentas pendientes en varios de los temas citados. Baste recordar al ultramontano arzobispo monseñor Aguer, oficiando de fiador de los Trusso para garantizar su libertad y buena vida europea, luego de que estafaran desde el Banco de Crédito Provincial a miles de pequeños ahorristas platenses.

Una de las grandes revoluciones iniciadas durante el siglo pasado, no violentas, pero no por ello menos transformadoras, la protagonizó el movimiento social de mujeres. Logrando construir una voz pública y una ampliación de ciudadanía, que supuso colocar en la escena nada más y nada menos que a la mitad (+ uno) de la humanidad. Todos estos avances fueron enfrentados, resistidos y boicoteados por la Iglesia Católica.

Muchas deudas para saldar tiene por delante la nueva gestión papal. Muchas internas por mitigar. El pedido de perdón a los muertos, a las mujeres violadas, a los niños y niñas abusadas, es un gesto inútil, si no se traducen en decisiones que expresen un auténtico cambio. Una de las omisiones y acciones más graves de la Iglesia argentina la vivimos a diario. Siguen dando la comunión a los genocidas condenados –nada arrepentidos– además de la falta de un compromiso cierto con la memoria, la verdad y la justicia.

Tal vez estemos frente a una oportunidad histórica. Un cambio que reconozca que no son infalibles, que son más terrenales que divinos y que los mejores momentos históricos de nuestros pueblos han sido dentro de la democracia, con avances significativos de separación entre el Estado y la Iglesia. Este es el mejor aporte que puede hacerse a la Patria Grande Latinoamericana, respetando el camino de unidad, integración y soberanía popular. Vale casi siempre el optimismo de la voluntad, cuando de clero se trata, gana el pesimismo de la razón.

* Secretaría de Género, CTA.

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Imagen: EFE
 
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