EL MUNDO › LA CANCILLER ALEMANA LOGRó QUE EL PRESIDENTE RUSO SE MOSTRARA DISPUESTO A INICIAR “UN DIáLOGO POLíTICO” EN UCRANIA

Putin brindó un poco de oxígeno a Europa

El mandatario ruso obtuvo el sábado la autorización para llevar a cabo una intervención militar en Crimea. En medio del conflicto más grave que estalló desde el fin de la Guerra Fría, Moscú accedió a crear “un grupo de contacto”.

 Por Eduardo Febbro

Desde París

Angela Merkel sacó las castañas del fuego. Cuando los mecanismos de presiones y amenazas se habían puesto en juego para obligar a Rusia a no intervenir militarmente en Ucrania, la canciller alemana logró que el presidente ruso aceptara “un diálogo político” mediante la creación de “un grupo de contacto” que podría actuar bajo el amparo de la OSCE, la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa. Alemania manda en Europa. Los dirigentes europeos habían celebrado la victoria antes de tiempo. Cuando los manifestantes pro europeos de Ucrania derrocaron al autoritario Viktor Yanukovich, los dirigentes del Viejo Continente estaban convencidos de que le habían ganado un round capital al presidente ruso Vladimir Putin al sacar de su zona de influencia a este Estado del este de Europa, el segundo más importante por su superficie. El futuro se anunciaba promisorio: los “verdaderos” demócratas iban a gobernar Ucrania y Rusia no podía sino acatar la voluntad popular. Pero Putin convirtió una semiderrota en un foco de tensión que le devuelve el protagonismo. El jefe del Estado ruso obtuvo el sábado la autorización para llevar a cabo una intervención militar en Ucrania, concretamente en Crimea, un territorio de mayoría rusa que goza de un estatuto muy particular: Crimea es hoy una “república autónoma” que forma parte de Ucrania.

Esta crisis deja bien visible la histórica debilidad estratégica de todas las grandes potencias, empezando por la pretenciosa Unión Europea, que atizó el fuego en Ucrania y luego se mostró incapaz de aportar una idea útil más allá de su verborragia teatral. Ante la perspectiva de una escalada militar, las capitales de Occidente activaron el expediente “presión diplomática”. Antes de que Berlín entrara en el juego, París, Londres y Canadá cerraron filas detrás de Washington y se sumaron al boicot de las reuniones previas a la cumbre del G-8 que debe celebrarse en junio en la localidad rusa de Sochi, sede de los últimos Juegos Olímpicos de invierno. Mientras la Casa Blanca evalúa el impacto que tendría la adopción de sanciones económicas y la suspensión de los acuerdos comerciales con Moscú, los europeos recién van a reunirse hoy en Bruselas con la crisis de Ucrania como tema central de la agenda. Poco se ve lo que podrían hacer, y lo mismo vale para Washington. Rusia tiene entre sus manos una válvula clave: más del 70 por ciento del gas que se consume dentro de la Unión Europea proviene de las exportaciones rusas. A su vez, el 60 por ciento del gas que Moscú exporta hacia la UE pasa por Ucrania. La Alianza Atlántica, otro actor gigante pero con poco margen de maniobra, salió también en defensa de Kiev. Su secretario general, Anders Fogh Rasmussen, que definió a Ucrania como un “valioso aliado”, declaró que Rusia “viola los principios de la Carta de las Naciones Unidas. Amenaza la paz y la seguridad en Europa. Rusia debe poner fin a sus actividades militares y a sus amenazas”. Sin embargo, a pesar de que existe una colaboración desde hace muchos años, Ucrania no forma parte de la OTAN, con lo cual Kiev no puede contar con el apoyo del artículo N 5 sobre la defensa colectiva. Este apartado prevé una asistencia, incluida la militar, en caso de que uno de los miembros de la OTAN sea atacado.

En un plano más amplio, las sanciones evocadas por Estados Unidos chocan con otra realidad: Rusia es hoy un socio irrenunciable para Washington en la resolución de varios focos de tensión mundiales, empezando por la guerra en Siria, siguiendo con las garantías en Afganistán de cara al retiro de las tropas internacionales que ocupan el país, o la solidez de las negociaciones con Irán a propósito del programa nuclear de Teherán.

La única dirigente europea que plasmó un esbozo de solución es la canciller alemana Angela Merkel. Según su portavoz, Steffen Seibert, la misión aceptada por Vladimir Putin tiene como meta facilitar “un diálogo político” en Ucrania. La misma fuente adelantó que Merkel le reprochó a Putin haber “violado el derecho internacional mediante la intervención rusa”. La responsable alemana se refiere al llamado “Memorando de Budapest” firmado en 1994, a través del cual Rusia se había comprometido a respetar la independencia y la soberanía de Ucrania en sus actuales fronteras. Aunque todos los actores de esta crisis están de alguna manera atados por sus mutuas dependencias, gas, negociaciones claves para la paz o la seguridad de las tropas extranjeras, este antagonismo abierto en Ucrania no deja de ser el conflicto más grave que estalló desde el fin de la Guerra Fría. Sorprende, en este contexto, constatar la desnutrición estratégica que atraviesa a los grandes bloques de Occidente. Por más que Occidente gesticule y amenace con sanciones, Rusia tiene casi todas las cartas en sus manos: un ejército poderoso, independencia estratégica, enormes recursos naturales y suficiente dinero en el sistema internacional como para desencadenar otra megacrisis financiera en caso de sanciones en este sector. Washington es un gigante con los pies atados y la Unión Europea un mero parlanchín que sólo saca pecho ante los más débiles. Y ni siquiera así porque, cuando los negocios le convienen, jamás duda en firmar acuerdos y pactos con los regímenes más horrendos del planeta.

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Soldados rusos de la Marina de Infantería vigilan el barco Orsk, anclado en el puerto Sebastopol, en Crimea.
Imagen: EFE
 
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