EL MUNDO › OPINION

¿Pueden matar a Arafat?

 Por Claudio Uriarte

Detrás del epidérmico bombardeo israelí contra una presunta base de Jihad Islámica en Siria (bajas: un campo de entrenamiento deshabitado y en desuso, un guardia de seguridad herido), de la decisión en suspenso de expulsar al líder palestino Yasser Arafat de Cisjordania, del avance de la construcción de una valla de seguridad con Cisjordania y de la política israelí de “asesinatos selectivos” contra líderes de la Intifada, Israel tiene un dilema del que nadie habla: ¿hay que matar a Yasser Arafat? El tema merece ser analizado.
Por el momento, y pese a sus declaraciones melodramáticas (“sólo me sacarán de acá muerto, como mártir”, etc.), Arafat parece cubierto por un seguro de vida con garantía norteamericana: la promesa personal que hizo el premier israelí Ariel Sharon al presidente estadounidense George W. Bush de no asesinarlo. Pero las garantías se vencen con el tiempo: atentados como el del sábado en Haifa (bajas: 19, entre ellas cuatro niños) suman presión doméstica para que Sharon haga algo drástico, mientras Bush, de cara a un año electoral, envenenado por el estancamiento económico y las dificultades en Irak, difícilmente pueda darse el lujo de sancionar a Israel y privarse de la posibilidad de ganar el voto judío (después de haber perdido el de los árabes, los hispanos, los trabajadores blue-collar y, crecientemente, el de la clase media). Entonces, y aunque nadie lo enuncie en voz alta, el asesinato de Arafat surge como una posibilidad de respuesta mucho más drástica que las ensayadas hasta ahora.
De todas ellas, la valla de seguridad es posiblemente la más efectiva, aunque hace falta tiempo para terminarla (más del que se necesita para enviar a un atacante suicida desde Cisjordania) y su carácter es esencialmente defensivo. La deportación de Arafat puede complicar un poco su manejo de las cosas y el aura de que dispone como irredentista profeta en su tierra, pero todos saben que Arafat es quien tiene el control del dinero y de las armas y, siendo así –y debido a la invención del teléfono, del fax y del e-mail– no hay motivos para que no pueda seguir dirigiendo la Intifada desde Marruecos, o Túnez (aunque es previsible que su remoción del escenario de los acontecimientos desate una carrera de ratas para tomar el control de esta o aquella facción). La política de “asesinatos selectivos” es irrelevante: matan a un líder local de la Intifada y surgen otros cuatro, entre otras cosas porque la Intifada es una guerra de baja calidad, y en ella más o menos cualquiera puede reemplazar a cualquiera en cualquier momento. Y todos pueden comprender que el bombardeo al campo deshabitado en Siria es un chiste: Israel tiene la capacidad militar y de inteligencia de atacar blancos realmente sensibles; las Fuerzas Armadas sirias son una reliquia oxidada de la época soviética, y de todos modos, por más ayuda que Siria dé a los grupos fundamentalistas, la de Israel es una guerra contra una guerrilla y no contra un Estado; si Israel atacó una casamata vacía es porque necesitaba responder con algo al clamor popular, y respondió con un gesto simbólico.
Pero el asesinato de Arafat sería mucho más que simbólico. Su efecto inmediato sería arrojar a la Organización para la Liberación de Palestina en el caos. Precisamente porque Arafat es el que controla el dinero y las armas, y porque –como buen autócrata árabe– se ha preocupado minuciosamente por evitar cualquier mecanismo para su sucesión, prefiriendo rodearse de figuras grises y burocráticas –como el ayer juramentado “primer ministro” Ahmed Qureia, o el anteayer renunciado “primer ministro” Mahmud Abbas–, el primer efecto de su muerte sería desatar una feroz competencia por el lugar del líder. Y como Arafat se ha ocupado de que no haya sucesor, el resultado más probable será la fragmentación de la inmensa carpa palestina. En términos ideales, Israel necesitaría que fuera alguna facción árabe la que se ocupara de la faena, o hacer que parezca un accidente, o una muerte natural (ninguna de estas opciones es fácil, sin embargo). Y la valla de seguridad podría oficiar decontención para el desmadre en los territorios. Esta, por lo menos, debe ser una de las opciones que se están analizando.

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