EL MUNDO › UN ATENTADO MATO A OCHO PERSONAS EN UN RESTAURANTE EN BAGDAD

Fin de año en elo país de las maravillas

Irak, donde un atacante suicida se inmoló el 31 para volar un restaurante, matando a ocho comensales, es un lugar con ribetes de surrealismo, donde hechos extraños ocurren sin explicación alguna, según esta nota.

Por Robert Fisk *
Desde Bagdad

Misterio. ¿Por qué un atacante suicida se volaría en pedazos para destruir un restaurant? No hay duda de que el hombre que mató a ocho personas en Nabil’s el miércoles –e hirió a otras tantas, incluyendo a tres periodistas de Los Angeles Times– era un kamikaze. Uno de los mozos, un hombre casi calvo, y furioso, me mostró ayer lo que quedaba de él. Piel en el umbral, cuatro dedos ennegrecidos bajo una pared. “¿Quiere una brochette de pollo?”, preguntó con crueldad. Pero éstos son tiempos crueles.
Al lado del lugar, cada uno de los miembros de la familia en la residencia ahora destrozada había sido llevado al hospital. Yo los conocía bien. Unos meses atrás, cuando el hotel de enfrente fue bombardeado, les había prestado mi teléfono para que llamaran a sus parientes en Estados Unidos. “Al-hamdulila –gracias a Dios– estamos todos bien”, exclamó la mujer, que se estaba comunicando con Detroit. Pero ya no es así. Su marido fue herido en el pecho por la explosión del miércoles por la noche. Además, todas sus hijas habían sido lastimadas. ¿Por qué a ellos?
Misterio. Estoy hablando a un joven soldado norteamericano del Tercer Regimiento de Caballería Blindada. Acaba de volver de la frontera siria.
“Tuvimos un problema allí –dice–. Un tipo se mostró hostil con nuestros hombres anoche. Sacó un cuchillo. Fue muerto a balazos.” ¿Un cuchillo? ¿Un tipo blandió un cuchillo ante un soldado? En los diarios no sale ninguna información, por supuesto. El muerto iraquí del cuchillo no es mencionado en la conferencia de prensa usual de la potencia ocupante.
Misterio. Apenas dos días antes de Navidad, estoy manejando un auto de noche por la ruta del desierto al oeste de Ramadi. Este es territorio de bandidos, una trampa tanto para norteamericanos como para insurgentes. Entonces, en el sur, hay un gran incendio, con numerosas explosiones, estallidos de proyectiles, llamaradas, brillos de balas traceadoras, por las llamas brillan fuertemente en el horizonte del desierto, en tonos de naranja y rojo, por casi 20 minutos, el lapso que le toma a mi auto llegar a Faluja. Pero al día siguiente nadie informa de ningún incendio. En los diarios no sale nada.
Misterio. Estoy en medio de una congestión de tránsito en el área de Muthbana en Bagdad, junto a un Toyota viejo muy baqueteado con un hombre de barba al volante. La ventana del conductor está rota, la puerta no cierra bien, las placas de identificación se han caído. “Bueno, usted está seguro –le digo al hombre–. Nadie va a robarle su auto.” El hombre me responde sonriendo. “No, no pueden robarme el auto”, me dice, inclinándose al suelo del vehículo. Entonces saca su pierna izquierda artificial y la agita hacia mí diciendo: “Y tampoco me pueden robar a mí”.
¿Brochette de pollo? ¿Piernas artificiales? ¿De dónde sacan los iraquíes su sentido del humor?

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

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Los bagdadíes pasan junto a autos chamuscados por la explosión ante el restaurante Nabil’s.
 
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