EL MUNDO › MURIO FAHD DESPUES DE 22 AÑOS DE REINADO EN ARABIA SAUDITA

El adiós a un monarca en la penumbra

Desde hacía 10 años, debido a la enfermedad de Fahd, el poder de facto lo tenía Abdullah, su medio hermano. Este es su sucesor y el nuevo príncipe heredero, el también medio hermano, Sultan.

 Por Robert Fisk *

El anciano será enterrado esta tarde en el extremo de la capital saudita, Riad, en una tumba sin inscripciones. La estricta tradición wahhabi –a la cual, por supuesto, ese saudita mucho más famoso, Osama bin Laden, pertenece– no exige estatuas, ni lápidas, ni placas. De manera que Fahd será puesto a descansar en la arena del desierto, su cabeza tocando la tierra, cubierto totalmente y dejado ahí para la otra vida. Ni una sola piedra marcará su lugar. Ay que alguno de nuestros grandes líderes sufriera tal humillación al morir. El rey Fahd de Arabia Saudita murió a los 84, después de 22 años en el trono. Su sucesor, el príncipe Abdullah, tomará su lugar formalmente mañana.
Pero el viejo rey murió realmente en 1995, cuando una embolia lo dejó incapacitado, con la mente paralizada y sus sentidos confusos. El cuidador de los Dos Lugares Sagrados a menudo les pedía a los sirvientes que sirvieran café para los huéspedes musulmanes durante el Ramadán –cuando beber y comer está prohibido durante el día–. En realidad, su medio hermano, el príncipe heredero Abdullah, ha sido “rey” desde entonces y ahora, a la edad de 81 años, está, como dice el cliché, “aferrado al poder”. Otro medio hermano –y todos estos medios hermanos reflejan los antecedentes beduinos de la monarquía saudita–, el príncipe Sultan Abdul Aziz, será el nuevo príncipe heredero. Y ya tiene 77 años.
Aquellos que declaran que la familia real saudita está liderada por un anciano esclerótico tienen un argumento, pero quizá no se extienden demasiado. Igual que la gran nación petrolera del norte, Irán, Arabia Saudita se ha convertido en una necrocracia: gobernada por, con y para los muertos. Durante años estuvimos diciendo que Fahd moriría en su enorme palacio familiar en Andalucía (fue una vez parte de un gran imperio árabe) o sobre sus espléndidos aviones jets, con sus interiores diseñados para que parecieran tiendas árabes, y quizás en esa horriblemente famosa pileta de natación. “Sufrió de neumonía y fiebres altas”, insistían los funcionarios. Cualquier otra cosa era “especulación maliciosa”, lo que significaba que era verdad.
Este fue el hombre, sin embargo, que fundó las legiones árabes contra la invasión soviética de Afganistán en 1979, cuando, como sabemos, Bin Laden tomó el rol de “príncipe” porque los príncipes reales de Fahd –incluyendo 7000 oficiales y no oficiales– preferían los bares de Mónaco o las prostitutas de París a sacar la espada por la religión en cuyas tierras se hallaban los grandes santuarios, La Meca y Medina. Y es el mismo Fahd que desató sobre el Golfo Arábigo, y eventualmente sobre los estadounidenses, el odio de Bin Laden y sus Al Qaida, al pedirle a Estados Unidos que enviara tropas para proteger la tierra del Profeta después de la invasión de Kuwait. Su destino pudo haber sido haber muerto en un asesinato antes: pero es difícil asesinar a un hombre ya muerto.
Este fue el rey que volcó sus muchos fondos en las arcas de guerra de Saddam Hussein contra Irán, cuidadosamente no mencionando para nada los asesinatos con armas químicas de hasta 60.000 soldados y civiles iraníes durante ese conflicto, con la esperanza de que la Bestia de Bagdad (nuestro amigo en aquel momento, inútil decirlo) derrocaría a la bestia aún más terrible, el revolucionario ayatola Rubollah Jomeini. Cuando Saddam llegó a Kuwait, Fahd le escribió una carta, recordándole cuánto habían contribuido los sauditas a su guerra brutal contra Irán. “Oh gobernante de Irak –escribió Fahd–, el reino le entregó a tu país 25.734.469.885,80 de dólares.” Analizando esa cifra, calculé una vez que la cifra emitida por los cortesanos de Fahd estaba calculada por dólares y centavos. Pero los banqueros de Fahd calcularon que habían gastado 27.500 millones de dólares por la liberación de Estados Unidos de Kuwait, un poco más de lo que le habían pagado a Saddam.
Fueron Fahd y los paquistaníes los que, en nombre de Estados Unidos, ayudaron a armar las milicias de Afganistán contra la Unión Soviética y, disgustado por las peleas de los vencedores, apoyó el ejército wahhabi del Mullah Omar de los clérigos fariseos campesinos, los talibanes. Bajo Fahd, el reino donó millones a las madrassas de Pakistán que fueron noticia nuevamente después del 7 de julio. Los talibanes (como algunos de los terroristas suicidas de Londres) eran un auténtico producto del wahhabismo, el estricto estado de fe islámica pseudorreformista de Arabia Saudita, fundado por el clérigo del siglo XVIII Mohamed Ibn Abdul-Wahhab.
A los periodistas les gusta decir que el wahhabismo es “oscurantista” pero esto no es cierto. Abdul-Wahhab no fue un gran pensador o filósofo sino, de acuerdo con sus seguidores, casi santo. Librar una guerra contra musulmanes que se habían equivocado era una parte obligatoria de su filosofía, ya fueran los “inaceptados” musulmanes chiítas de Basora (Irak), a quienes él en vano intentó convertir al islamismo sunnita, o los árabes que no seguían su propia y exclusiva interpretación de la unidad musulmana. Pero también proscribió la rebelión contra los gobernantes. Su ortodoxia amenazó la Casa Saudita moderna de hoy por su corrupción, pero aseguró su futuro prohibiendo cualquier revolución.
Que es por lo cual todo el discurso en Arabia Saudita moderna de “reprimir el terrorismo”, “proteger los derechos de la mujeres, reduciendo el poder de la policía religiosa”, es puro palabrerío. El rol de Arabia Saudita, bajo el liderazgo nominal de Fahd, durante los atentados del 11 de septiembre de 2001 no ha sido totalmente explorado. Mientras que altos miembros de la familia real, especialmente el entonces príncipe heredero Abdullah, que nunca estuvo tan convencido de la sabiduría de Estados Unidos en política exterior en Medio Oriente como Fahd, expresó el shock y el horror que se esperaba entonces, no se hizo ningún intento por examinar la naturaleza del wahhabismo y su inherente desprecio por toda representación de actividad humana o muerte.
La destrucción de los dos Budas gigantes de Bamian por los talibanes en 2000, junto con el vandalismo en el museo Kabul, cuadran perfectamente con la sabiduría teocrática. También se podría discutir que lo hacían las Torres Gemelas del World Trade Center. En 1920, las muy adoradas estatuas de Dhu Khalasa, que databan del siglo XII, fueron destruidas por los wahhabis. Sólo semanas después, el profesor libanés Kamal Salibi sugirió a fines de la década de 1990 que los pueblos una vez judíos en lo que ahora es Arabia Saudita podían haber constituido la ubicación de la Biblia. Fahd envió topadoras para destruir todos los edificios antiguos de esas ciudades. Las autoridades religiosas sauditas han destruido cientos de estructuras religiosas en nombre de la religión en La Meca y en Medina, y ex funcionarios de la ONU han condenado la destrucción de edificios otomanos en Bosnia a manos de una agencia de ayuda saudita apoyada por el gobierno de Fahd, que declaró que eran objetos de adoración.
De manera que todo lo que se dice sobre los príncipes “inquietos”, de la rivalidad potencial entre los medio hermanos ahora que Fahd está muerto tiene una suerte de pseudoimportancia. La sociedad saudita no es, y no puede ser, una sociedad “moderna” en nuestro sentido del mundo, mientras el wahhabismo tenga el poder. Pero se le debe permitir hacerlo para proteger al rey. Y como se convierte cada vez más en un país pobre, las autoridades wahhabis y la policía religiosa se han hecho más fuertes.
En la medida en que dependemos más de los sauditas para extraer petróleo, callamos cada vez más lo que está mal en el reino. Nuestra política hacia Arabia Saudita es igual a la que había en Irán antes de la caída del sha en 1979. Cuando fue gobernador de Riad, el príncipe Sultan, de acuerdo con ese brillante periodista estadounidense, Seymour Hersh, dijo una vez en un teléfono de Estados Unidos que estaba intervenido que el rey Fahd no sabía lo que sucedía durante un vuelo internacional. “Es un prisionero en el avión”, dijo. “Como toda la familia real saudita.”

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.
Traducción: Celita Doyhambéhère.

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En 1995, una embolia dejó incapacitado al rey Fahd.
 
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