EL MUNDO

Sarko va a toda marcha por sus polémicas reformas

El presidente francés, Nicolas Sarkozy, tiene las manos libres para implementar, por ejemplo, un paquete fiscal que favorece a los más ricos. Y desoye las consignas de la UE sobre presupuesto.

 Por Eduardo Febbro
desde París

Doscientos kilómetros por hora y sin mirar por el retrovisor. El presidente francés, Nicolas Sarkozy, alimenta cada semana su leyenda a fuerza de una actividad frenética que le ha valido una lluvia de apodos, críticas e interrogantes sobre la extensión de su poder en un país donde la oposición socialista es un elefante dormido: “Super Sarko”, “el hombre que rompe los códigos”, “un presidente a cargo de lo esencial y de lo accesorio”, “Sarko a toda marcha”. Un viaje posible a la región de Darfur, en el oeste de Sudán, con el objetivo de forzar al gobierno de Jartum a poner término a la matanza de civiles, otro desplazamiento en vista a Libia para acelerar la liberación de las cinco enfermeras búlgaras y un médico palestino acusados injustamente de haber contagiado a centenares de niños con el virus del sida, un viaje a Argelia y, de vuelta a París, desplazamientos interiores, puesta en marcha de un comité para reformar las instituciones, intervenciones públicas constantes, reformas judiciales, entrevistas con la prensa casi diarias. Sarkozy se ocupa de todo: del gobierno, del Parlamento, de los sindicatos, de los estudiantes, de la Unión Europea, del partido conservador UMP y hasta del tambaleante Partido Socialista. Paradoja suprema de un poder ejercido sin discreción: Sarkozy ha diseñado los contornos de la oposición.

Al cabo de sus cien primeros días a la cabeza del Estado, las fronteras se corrieron. Sarkozy incorporó a varios socialistas a su gabinete, integró a otros en diversos órganos del Estado, propuso a uno de los jefes más sólidos del PS para dirigir el FMI (Dominique Strauss-Kahn, ex ministro socialista de Economía y candidato a la candidatura del PS en las elecciones presidenciales de mayo) e incluso manifestó su intención de viajar a Brasil para defender la candidatura de Strauss-Kahn. Brasil, junto a la India y Sudáfrica, es otro de los llamados países emergentes que reclama la jefatura del FMI y el fin de esa regla no escrita que quiere que el Banco Mundial esté dirigido por un norteamericano y el FMI por un europeo.

En lo económico, el presidente también ha ampliado algunas fronteras e impuesto sus criterios a la disciplina presupuestaria determinada por la Unión Europea. El proyecto de ley llamado “paquete fiscal”, que contiene varias promesas hechas por Sarkozy durante la campaña electoral, ya fue aprobado por la Asamblea Nacional. El texto prevé la exoneración de cotización impositiva de las horas extras y limita el importe total de los impuestos directos al 50 por ciento de la renta del contribuyente frente al 60 por ciento actual. También suprime el impuesto a la sucesión en caso de que alguien se quede viudo y regula las indemnizaciones a los directivos despedidos en las empresas. El coste total de estas medidas fue evaluado por la ministra de Economía, Christine Lagarde, entre 10.000 y 11.000 millones de euros (14.000 y 15.000 millones de dólares) en el 2008. Este incremento pospone hasta 2010 o 2012 el retorno al equilibrio presupuestario del Estado prometido por el presidente y también desobedece las consignas de la Unión Europea a no persistir en el déficit.

La izquierda denunció que varias de esas medidas son “regalos fiscales” a los ricos, pero la sociedad asiente. Un diputado de la mayoritaria UMP comentaba a Página/12: “Nicolas Sarkozy hace menos que lo que comunica, pero como comunica todo lo que hace, es decir, la acción, Francia tiene la sensación de que todo avanza. Y si en una de esas alguna reforma no se hace o hay una promesa incumplida, Sarkozy ya comunicó que estaba trabajando en ello”. Método hábil y juvenil que contrasta con la República encarpetada de los últimos cuatro mandatos presidenciales, dos del conservador Jacques Chirac y dos del socialista François Mitterrand. La ausencia de una oposición verosímil le facilita la tarea. Los socialistas o se han mudado de ideología o se han mudado de barrio. El PS arrastra la pérdida de legitimidad acumulada durante la campaña electoral y su voz no llega a encontrar oídos atentos.

Los proyectos más controvertidos del presidente aún están por venir. El período estival facilita el consenso. Esta semana, el gobierno presentó el texto que instaura penas mínimas para los delincuentes reincidentes. La autora del texto es Rachida Dati, la ministra de Justicia. Esta mujer de 41 años, asidua ocupante de la primera plana de las revistas de gran circulación (las pipolandias), es hija de un obrero marroquí y una madre argelina. La prensa medio progresista la llama la “dama de hierro” y su nombramiento –primera mujer surgida de la inmigración que ocupa un puesto de ese calibre en Francia– suscitó burlas y críticas en las filas del partido UMP. El día en que presentó la ley ante los diputados, uno de sus hermanos, Jamal, comparecía por un caso de droga en el que ya fue condenado en febrero a seis meses de cárcel condicional. En 2001 ya había sido condenado a un año y medio de cárcel por tráfico de heroína y otro de sus hermanos, Omar, se encuentra bajo control judicial desde junio de 2005 por estar implicado en el tráfico de cannabis. La ministra francesa fue objeto de duros ataques racistas desde la derecha, la cual hizo circular infundados rumores que llevaron incluso al presidente de la Liga internacional contra el racismo y el antisemitismo (Licra) a considerar que la ministra es “víctima, a causa de su nombre, de una campaña injusta”.

Sin oposición sólida y con una parte de ella en su gabinete, el presidente francés actúa con las manos libres. A quienes lo critican por su excesivo intervencionismo y por haber abierto los ministerios a los socialistas, Sarkozy dice: “Gané aún cuando Francia estaba a la izquierda, y gané porque era el candidato del movimiento, de la creatividad”. Ahora es el presidente de la comunicación. Gobierna a la derecha, pero da la impresión de que lo hace al centro y, por momentos, a la izquierda. Todo lo que hace Sarkozy se ve. Y lo que no se ve será recién visible cuando llegue el invierno y la realidad comunique sus prerrogativas.

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Sin oposición sólida y con una parte de ella en su gabinete, Sarkozy actúa confiado.
 
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