CULTURA / ESPECTACULOS › EL VACIO QUE DEJA FONTANARROSA DIBUJANTE

Sobre la línea que narra

La de Fontanarrosa es una línea constructiva, que avanza guiada por una intuición de volumen, y le imprime a la forma creada una dirección precisa en relación con ese espacio teatral que es para él el cuadrito de historieta. Su dibujo se emparenta con el de Pratt y Oesterheld.

 Por Beatriz Vignoli

El último chiste de Fontanarrosa, el único que no le causó ninguna gracia a nadie, fue morirse en la víspera del Día del Amigo. Pero la Parca no se pudo quedar con el gusto del uno a cero al final del segundo tiempo: el Negro deja una obra literaria y una obra gráfica con las que desempata gloriosamente por penales.

Se extrañará sin embargo su generosidad, aquella con que dibujaba esas rápidas viñetas dedicadas (un Mendieta, un Boogie) que desde el jueves inundan los blogs. Se extrañará su gracia para dar entrevistas. Se extrañará la rara combinación de genio y modestia con que supo ser reconocido por el público amplio de los lectores de los diarios, la gente común que se identificaba con él y se sentía representada en sus gestos irreverentes pero amables. Fontanarrosa fue el primero que se atrevió a presentar en un Congreso de la Lengua, organizado por la Real Academia Española, una ponencia sobre las malas palabras. Que, por supuesto, las incluía. O a proponerles a los mexicanos, en ocasión de recibir el premio La Catrina en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, un insólito revival del muralismo. "Yo avizoro una nueva época de oro entre los muralistas mexicanos si aprovechan bien los muros que están haciendo los norteamericanos en la frontera", dijo en aquella ocasión, con su ácido humor político. Se extrañará su humor.

Para los rosarinos, Fontanarrosa fue un crack, un héroe popular. Sufría cuando Central perdía y, según confesó en una conferencia, no se dedicó a jugar al fútbol por dos problemas: "Uno era mi pierna izquierda. El otro, mi pierna derecha". Con ese espíritu sobrellevó una enfermedad cruel, que se ensañó con su diestra de dibujante de siete días semanales. "La risa libera endorfinas. Gracias por las endorfinas de cada mañana", le dijo una lectora porteña emocionada en la Feria del Libro de Buenos Aires de 1994. El viernes, sus lectores agradecidos le dieron un último adiós multitudinario como el que en su época recibieron Gardel o Fangio. El cortejo pasó por la cancha de Rosario Central, en una escena digna de alguno de sus cuentos.

En 1957 ni sospechaba aquél padre deportista, que le recomendó ir al colegio industrial, lo que su hijo crearía con las líneas escuetas que el Politécnico le inculcó para que diseñara objetos industriales. La de Fontanarrosa es una línea constructiva, que avanza guiada por una intuición de volumen, y le imprime a la forma creada una dirección precisa en relación con ese espacio teatral que es para él el cuadrito de historieta. Así, no necesita recurrir al claroscuro: los contornos de sus figuras bastan para tensionar el vacío y hacer de él una tridimensión ilusoria con gran sensación de realidad. Fontanarrosa supo lograr todo esto con un gran poder de síntesis, al ritmo del intenso dinamismo narrativo de sus textos y el histrionismo de sus personajes. Su dibujo, como el de Hugo Pratt y Héctor Oesterheld, es línea puesta a narrar.

Fue acertado su juicio de autor al preferir, de entre sus dos creaciones más famosas, Inodoro Pereyra a Boogie el Aceitoso. Este último (acaso continuación de su primigenio Ultra, inspirado en James Bond) es una figura de rostro adusto que se mueve en interiores. Inodoro, en cambio, monta su solitario circo gauchesco en medio de la inmensidad: nadie como Fontanarrosa para hacer sentir que un cuadro de historieta es la pampa infinita. Lo logra con una línea de horizonte, dos siluetas y la magia de sus textos, que parodian la poesía poéticamente. Además, don Inodoro es muy expresivo: los ojos se le agrandan, sus manos gesticulan con todo el brazo. Lo mismo puede decirse de su compañera la Eulogia (que fue envejeciendo y afeándose), de sus ocasionales visitantes extraviados, del enternecedor Mendieta y de los otros animales humanizados que lo rodean. Son pura expresión los personajes de la serie de Fontanarrosa sobre el fútbol, como también las llorosas víctimas de Boogie. La dinámica de las tiras de Boogie es siempre más o menos la misma: planteo del problema, desarrollo, liquidación drástica del problema (con gran onomatopeya de tiro o puñetazo limpio; mandíbula desencajada de la víctima) y reflexión final de un Boogie hiperbólicamente impasible. Inodoro, en cambio, existe en lo abierto: lo que le adviene, lo que él rumia a partir de eso, todo es imprevisible. El suyo y el del Mendieta, como el del Quijote y Sancho en la llanura manchega, es un mundo materialmente pobre pero simbólicamente exquisito, siempre cargado de nuevas posibilidades de aventura.

Y la vida de estos dibujos continúa. Acaso porque en cierto modo son teatro en historieta, han inspirado innumerables adaptaciones teatrales. Y cinematográficas: ya están en Internet los trailers de Fierro, una película animada argentina basada en el Martín Fierro de José Hernández, con dibujos originales de Roberto Fontanarrosa. "Yo soy fundamentalmente dibujante", declaró éste en el Congreso de la Lengua en Rosario en 2004. Pero no sólo hay que recordar a este otro Negro devenido ícono: tampoco hay que olvidar que esta ciudad es cuna de dibujantes, y que muchos de ellos (Max Cachimba, Flor Balestra, Chachi Verona, el Niño Rodríguez, Silvia Lenardón) se hallan en plena madurez creativa. Cabe señalar esto último porque sería injusto hundirse en la melancolía (nunca más acertado este término) necrófila por alguien que apostó siempre, contra viento y marea, al humor y la risa. Alguien para quien la muerte, como dice Woody Allen en su última película, no es necesariamente una discapacidad.

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Boggie, el aceitoso, un clásico del Negro.
 
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