EL MUNDO › COMO ELLOS, KHADAFI FUE UN AMIGO FIEL DE LAS GRANDES POTENCIAS

En la lista con Ben Ali y Mubarak

A diferencia del tunecino y del egipcio, el coronel libio no perdió por el levantamiento popular sino una vez que Occidente decidió intervenir. Y los rebeldes unidos en su contra tienen identidades por demás dispares.

 Por Eduardo Febbro

Desde París

Uno menos en el mapa. Aunque tardío, Khadafi fue el mejor abanderado de Occidente, el más solícito, el que hizo y deshizo a su antojo en cuanta capital Europa visitó. Lo dejaron reprimir a ultranza y exhibir sus excentricidades vacías mientras tuviera las cuentas al día con el FMI, dejara abiertos los portones de la explotación petrolera y de las inversiones, y combatiera a Al Qaida. Al igual que el tunecino Ben Ali y el egipcio Mubarak, Khadafi fue un amigo fiel de las grandes potencias. También fue el eterno escarapelado de una izquierda que lo siguió viendo como un emblema del antiimperialismo cuando el hábil dictador era ya, desde hacía mucho, un obediente soldado del capitalismo, un inversor voraz cuyos capitales circulaban en los mismos circuitos que su socialismo sangriento combatía con palabras. Seis meses después de la insurrección que se desató en la localidad libia de Benghazi luego del arresto del militante por los derechos humanos Fethi Tarbel, el coronel siguió los pasos de Ben Ali y Mubarak.

Pero su caída no tiene los ingredientes nobles de Túnez y Egipto. Ben Ali y Mubarak cedieron ante la potencia de la insurrección popular mientras que Khadafi perdió el poder una vez que las potencias occidentales que antes lo sostenían intervinieron militarmente y respaldaron con sus armas y su tecnología a la aún enigmática oposición libia agrupada en el CNT, Consejo Nacional de Transición. La revuelta libia se desató el 15 de febrero. Dos días después, la oposición decretó “el día de la ira” contra el gobierno y el 25 de febrero los mismos opositores tomaron el control de varias ciudades del país, entre ellas la que será la capital rebelde, Benghazi. El 26 de febrero, la ONU decretó un embargo sobre la venta de armas a Libia y el 5 de marzo el Consejo Nacional de Transición se autodeclaró como único representante de Libia.

Una semana después, Francia fue el primer país en reconocer al Consejo Nacional de Transición como el “representante legítimo del pueblo libio”. El 17 de marzo, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas aprobó la resolución 1973 mediante la cual creó una zona de exclusión aérea y autorizó el uso de la fuerza para su aplicación. Inmediatamente después, Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos pasaron a la ofensiva militar. Los bombardeos siguieron en paralelo el proceso de negociación a cargo de la Unión Africana sin que ni uno ni otro, es decir, la guerra y el diálogo, hicieran ceder a Khadafi. La fase de la intervención occidental se amplificó primero en abril, cuando París y Londres despacharon sus consejeros militares para ayudar a la rebelión, y luego en junio, cuando Francia reconoció haber entregado armas a los rebeldes.

En los próximos días se escucharán los tradicionales gargarismos occidentales sobre el triunfo de la libertad sobre la tiranía, en especial del gran socio del Coronel, Gran Bretaña, país que desempeñó un papel clave en la reintroducción de Libia en el circulo “decente” de la comunidad internacional luego de la extensa exclusión de que Libia fue objeto a raíz de su probada implicación en el terrorismo internacional. El coro moralista de Occidente se extenderá como un sermón por todo el planeta y de poco o nada servirá recordar que, el igual que con los otros tiranos de la historia, sin la complicidad mercantil de Occidente estos dinosaurios asesinos nunca hubiesen existido.

Las armas con las que Khadafi asesinó a su pueblo y enfrentó a la oposición provenían de las grandes democracias occidentales que luego hicieron del Consejo Nacional de Transición un interlocutor legítimo. Todo el problema radica ahora en saber qué autoridad tiene ese Consejo para gobernar sin disensos sangrientos el conjunto de un país constituido esencialmente por tribus y carente de instituciones. Los rebeldes se unificaron para combatir a Khadafi, pero sus identidades son por demás dispares, cuando no peligrosas. El reciente asesinato del general Abdel Fatah Yunes, jefe de la estructura militar de la rebelión, por miembros del mismo Consejo Nacional de Transición, es un dato que adelanta una configuración al estilo de Afganistán. Y no es el único. En la estructura militar de los rebeldes hay militares profesionales, grupos de revolucionarios independientes que se crearon con la insurrección y facciones islamistas armadas. Férreos opositores de Khadafi desde el principio, los islamistas se sumaron a la oposición para derribar al tirano. Varias de esas milicias islamistas se forjaron en la guerra contra la invasión soviética de Afganistán. Cuando regresaron a Libia, esos jihadistas se enfrentaron a Khadafi, que los reprimió.

Históricamente, el islamismo mayoritario en la región de Cirenaica siempre combatió los dos males del país: el colonialismo italobritánico y Khadafi. El Consejo Nacional Libio siempre presentó su mejor cara ante Occidente: era una entidad laica, liberal y democrática. Sin embargo, el asesinato del general Abdel Fatah Yunes empaña el panorama ideal. Yunes habría sido ultimado por los islamistas del CNT. Estos no se olvidaron de que antes de pasar a la oposición el general fue un khadafista responsable de la persecución sin fin de los islamistas. El alivio de ver un tirano menos en la Tierra y los previsibles cánticos de las potencias occidentales no disminuyen las dudas sobre una rebelión que se unió contra un dictador pero que, al igual que en Afganistán, puede ahora romperse en mil facciones que se disputarán los espacios de poder. Occidente apostó por ellos. La responsabilidad occidental en el futuro libio es aplastante. Cuesta creer que un grupo sin identidad política definida, una alianza de comerciantes, islamistas, militantes de los derechos humanos, jóvenes hartos de 42 años de dictadura y unos cuantos ex altos mandos del sistema de Khadafi que se pasaron de bando, puedan encarnar una alternativa verosímil y con capacidades para gobernar en paz.

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Entre los rebeldes hay militares, grupos de revolucionarios independientes y facciones islamistas armadas.
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