EL MUNDO › OPINIóN

Un país dividido, un mismo legado

 Por Ariel Goldstein *

Considerando las últimas contiendas, estas elecciones constituyen el tercer triunfo consecutivo en el periplo 2012/2013 del oficialismo, teniendo en cuenta las elecciones presidenciales y regionales de 2012, y las últimas elecciones presidenciales del 14-A. Concluye aquí de un modo particular un período de seis meses que ha sido fuertemente movilizador y convocante desde el punto de vista político y electoral para los ciudadanos venezolanos. El resultado, por lo apretado de la victoria chavista, no parece augurar justamente el fin de una disputa política incrementada en los últimos meses en Venezuela.

Las primeras elecciones sin la presencia de Chávez manifestaron la dificultad de reemplazar al carismático líder por parte del elenco gubernamental, considerando que la sucesión de Maduro se impuso por una fatalidad, originada por la enfermedad de Chávez y no pensada como momento inherente al proceso político. Durante la campaña, Maduro estuvo pendiente especialmente de representar ante los venezolanos la figura del sucesor legítimo, colocándose como heredero de la tradición y los ideales del fallecido líder venezolano. Apeló especialmente a la emotividad y la mística que le reportaban ser el sucesor de Chávez en el contexto de fuerte conmoción despertado por su fallecimiento el 5 de marzo.

Ante este escenario imprevisto, Capriles supo capitalizar su razonable desempeño en las elecciones de octubre de 2012 (44 por ciento), sosteniendo la incorporación en su plataforma de las demandas populares del campo chavista (promesa de continuidad e institucionalización de las Misiones, aumento salarial), así como tuvieron posiblemente cierta efectividad sus denuncias acerca de que se estaría manipulando la figura del presidente difunto, aspirando a tender un cerco entre la identificación Chávez-Maduro pretendida por el oficialismo. Posiblemente, esbozó un discurso crítico más orientado hacia los problemas cotidianos de los electores (inseguridad, inflación), que su rival en cierta medida no podía permitirse por presentarse como la continuidad del proyecto de gobierno. Es posible que Capriles además haya capitalizado el sentimiento de cansancio en ciertos segmentos sociales que parecería existir luego de 14 años de chavismo, enarbolándose como el defensor de la causa de la “libertad” contra el “autoritarismo”. En definitiva, la figura de Capriles se ha afianzado en el electorado venezolano, al haber logrado un desempeño favorable para la Mesa de Unidad Democrática, en un clima que desde el punto de vista de las condiciones iniciales debía favorecer al oficialismo tras la conmoción movilizadora producida tras la muerte de Chávez.

Con este resultado, el candidato derrotado representa hoy el punto más avanzado en la región en la estrategia de las derechas que disputan electoralmente por la vía democrática frente a los gobiernos progresistas, obviando los golpismos parlamentarios de Honduras y Paraguay, así como la victoria de Piñera sobre la Concertación chilena, dado que las características de esta última respondían a un ciclo previo y distinto al de los gobiernos progresistas que emergieron a principios de siglo.

Las consecuencias de una partición de la sociedad que dificulte la gobernabilidad del sucesor de Chávez es un dato que debe ser interpretado. En este sentido, el nuevo gobierno podría reducir la épica de sus alocuciones orientadas hacia su porción electoral y poner su énfasis en la gestión, demostrando así por qué no solamente representa la continuidad del “legado de Chávez”, sino también que es capaz de continuar resolviendo los problemas de la mayoría de los venezolanos.

* Sociólogo. Instituto de Estudios de América latina y el Caribe (UBA)

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