EL MUNDO › OPINION

La lógica de la guerra

 Por Luis Bruschtein

La geometría austera de las miles de cruces blancas del cementerio de Arlington, en Washington, constituye una de las imágenes más poderosas de los Estados Unidos. Avenidas y diagonales con las tumbas de los soldados caídos en todas las guerras se extienden hasta donde alcanza la vista. Ese paisaje sobrecogedor induce reflexiones pacifistas al visitante que llega del exterior. Se supone que el recuerdo de tanta desgracia tiene el sentido de no repetirla, de recordar para no recaer. El vasto cementerio sería para ese visitante un gran monumento a la paz. Pero el visitante no piensa como una inmensa parte de los norteamericanos, para los que ese escenario estremecedor es un enérgico recordatorio de su supuesta responsabilidad en el mundo, una especie de grito de batalla.
A poca distancia de Arlington, en el centro de Washington, está el monumento a los cincuenta mil muertos en Vietnam. Es un muro de piedra negra pulida donde están grabados los nombres de los soldados. Y se ve a los familiares o amigos, algunos ancianos, otros que llevan a sus hijos, que tocan la piedra con la yema de los dedos, dejan una flor o se sientan en silencio frente al nombre familiar. También es impresionante, sin el espíritu marcial de Arlington y donde el recogimiento y el dolor son más visibles.
La guerra está siempre presente en Estados Unidos, por sus monumentos, por su historia y porque además es la nación que ha intervenido en más guerras en los últimos cien años. La guerra tiene un impacto en la cultura, en los medios de comunicación, en la educación y en las actitudes de los norteamericanos de una manera que es difícil de comprender para los no norteamericanos. Incluso para los europeos, que han participado en muchas guerras, pero donde los cementerios funcionan como un recordatorio del horror.
La reacción a favor de la paz tras la derrota en Vietnam hizo pensar que, de allí en adelante, les resultaría difícil a los gobiernos de Estados Unidos lograr consenso para entrar en una nueva guerra, porque también es cierto que otra parte importante de los norteamericanos se opone a esa vocación de guerra permanente. No fue tan así y con el atentado a las Torres Gemelas por primera vez se sintieron en peligro en su propio territorio. Ahora hay otro devastador monumento de guerra en el centro de Nueva York, en el solar que ocupaban las Torres. Desde ese ominoso agujero en el corazón de Manhattan George W. Bush construyó su liderazgo. Es un político mediocre rodeado de asesores belicosos. Es un jefe de guerra.
Ni siquiera puede decirse que estas elecciones presidenciales funcionaron como un plebiscito sobre la guerra. Eso ni llegó a estar en discusión. No había un candidato pacifista y otro guerrerista, sino uno menos guerrerista que el otro. Los errores cometidos en Irak fueron las imágenes usadas por Kerry. Pero la imagen sobre la cual se apoyó Bush fue más contundente, definitoria y primaria en el juego de la guerra donde no hay medias tintas: Bush es el hombre de las Torres en llamas, se encargó de encarnar la furia y el orgullo.
La guerra tiene esa lógica: se está a favor o se está en contra. Y si los dos están a favor, gana el que está más a favor de los dos. Como dijo un reconocido estratega argentino: “La duda es la jactancia de los intelectuales”. Puede resultar cómico, pero la guerra tiene esa lógica, que es la más brutal y primitiva. No deja de preocupar que el país más importante del planeta se rija por ese pensamiento elemental, incapaz de controlar sus emociones básicas. Porque más allá de los intereses económicos y geopolíticos, esa fue la forma de construir política y hacer campaña en estas elecciones en los Estados Unidos.
Se habla de un país dividido. Entre los votantes a Kerry hubo una minoría que se manifestó claramente por la paz. Pero no fueron todos Michael Moore. La gran mayoría de esos votos también está por la guerra igual que todos los que votaron por Bush. Y esa lógica de guerra arrastra con ella a las posiciones más reaccionarias en todos los aspectos. Para la sociedadnorteamericana y para lo que le compete al resto del planeta, estas elecciones fueron la expresión de un retroceso de la civilización.

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