EL PAíS › ARTURO CHILLIDA, SOBREVIVIENTE DE EL VESUBIO, DECLARó DESDE MADRID POR VIDEOCONFERENCIA

“Noté una saña especial con las mujeres”

El testigo relató que había “saña” con las secuestradas. Que sufrían abusos y violaciones. Contó que vio al escritor e historietista Héctor Oesterheld y que en el centro clandestino festejaron el fin de año de 1977 con tiros.

 Por Alejandra Dandan

Arturo Chillida estaba hablando desde una pantalla, al otro lado de una línea conectada al consulado argentino en Madrid. Su hermana María Cristina entró tarde a la sala de audiencias de los Tribunales de Comodoro Py, se sentó del lado del público. ¿Dijo si lo torturaron?, intentó saber. “Porque yo se lo pregunté muchas veces –dijo– y me dijo que no, y quería saber si me estaba mintiendo.”

Arturo militaba en la JP, vivía en Mercedes. Aunque no lo contó en la audiencia, venía de una familia de circo, un bisabuelo trapecista que había llegado de Barcelona haciendo de payaso blanco, un padre que había crecido como El Tony, el payaso que se deja pegar durante las funciones y él, que a pesar del legado de esa familia se estaba dedicando un poco a la política, plantaba ajos con dos compañeros en un terreno que le había dado su hermana para que por favor –se acordaba ella ayer– hiciera algo.

El a poco de empezar se detuvo. Estaba completamente conmovido. Desde el Tribunal Oral Federal 4 le habían pedido que comenzara por lo que se acordara. Arturo empezó con el secuestro, en la madrugada del 28 al 29 de diciembre de 1977, de la casa en donde también vivían sus padres. Llegaron diez o doce personas, reconoció las voces de todos, eran del Regimiento de Infantería 6 de Mercedes, donde él acababa de terminar el servicio militar. “Venían todos disfrazados”, explicó y se quebró cuando intentó decir enseguida que el que le puso una pistola en la cabeza mientras estaba durmiendo y lo despertó era el teniente Cabrera, le puso una pistola y lo llamó por su nombre. Cambió la voz, pero Arturo lo reconoció. Le ataron las manos atrás con alambre, le vendaron los ojos. Lo metieron adentro de un coche, donde ya habían subido a Javier Casaretto, uno de sus amigos. No lo supo –decía después María Cristina, sillas atrás–, pero en la revuelta los represores pincharon las ruedas del auto de la casa para que su padre no pudiese salir a buscarlo.

Arturo había hecho el servicio militar en la enfermería del Regimiento 6 de Mercedes. Sabía que había un estacionamiento de los coches del cuartel, que había un comando que operaba, que tres vehículos estaban sin patente. Un día, durante un operativo, hirieron a un subteniente, tenía una herida de bala en las rodillas. Arturo ayudó al doctor. Tenía conciencia de que había una patota en el Regimiento que estaba a cargo del mayor Durán. “El secretario de Durán era amigo mío, militaba cuando era estudiante, y él que era el secretario del jefe de inteligencia supo que lo buscaban, y por eso desertó.”

Antes de ir a El Vesubio pasó dos días en Mercedes con Javier. Los interrogaron. El jefe era el teniente Del Río, un militar al que Arturo tuvo que seguir yendo a ver hasta que se fue del país. Cuando llegó al Vesubio, el centro clandestino se había ampliado, había una casa dos para la enfermería y las torturas y la casa tres para el alojamiento de los secuestrados. Uno de esos cuartos era la sala Q, el lugar donde dormían los llamados “quebrados”. Aunque no estaba en ese grupo, en ese cuarto también habían puesto a Héctor Oesterheld. “Ya era un señor conocido –explicó Arturo–, no sabían qué iban a hacer con él.”

Apenas llegó conoció a un chico, contó, y volvió a llorar. Era José Vega, un maestro, secuestrado, que les decía cómo sobrevivir. No tenían que sacarse las vendas, no ver las caras de los represores porque si no los iban a matar. Dijo que él ya estaba muerto, porque podía andar sin capucha por el centro. Recibió un cartel con la identificación de una “V” y un número. Y José le explicó que era un buen síntoma: el resto de los carteles decían “M” de Montoneros o “E” de ERP, el suyo quería decir “Varios”, le dijo José, por lo tanto “no me habían declarado ni Montonero ni del ERP”. Pasó dos o tres días alojado con las mujeres, en unas “cuchas”, de acuerdo con la jerga. Espacios individuales, divididos por maderas aglomeradas. Cuando lo pasaron con los hombres creyó entender que esas cuchas habían sido usadas antes para caballos. Eran divisiones con ladrillos, con unos ganchos donde había grilletes a la altura del suelo, ellos estaban con una mano atada, de modo que nunca podían estar de pie.

Durante el cautiverio estuvo con una camisa de abrigo y un pantalón de invierno, aunque estaban en pleno verano. Les daban de comer un plato de lentejas con tripa de cordero: “Todos los días, mañana y tarde; como era verano, a la noche era asqueroso, estaba fermentado”.

El fiscal Félix Crous le preguntó si había logrado ver algo del lugar. Otros ex secuestrados hablaron de ruidos de árboles. Arturo, de la pileta: “Un día nos sacaron a todos afuera porque iban a desinfectar, y con el claro y la luz del sol algo vimos. Recuerdo que estábamos en una pileta, grande, donde éramos 20 o 30 personas, desde donde podíamos ver que estábamos rodeados de un parque muy grande, e intuimos una o dos carreteras cerca, por los ruidos”.

Frente a él, al comienzo, había varias mujeres detenidas. Sólo veía atrocidades: cómo las violaban todas las noches y las maltrataban. Una estaba embarazada. “No la vi –dijo–, sólo escuchaba a los guardias que se jactaban de abusarla. Lo que notaba era un sadismo empecinado, cuando estuve con los hombres no sentí esa saña que tenían con ellas.”

Muchos días pidió en nombre de los derechos humanos que le abrieran las puertas. Al pedido le respondían con tiros al aire. Para el 31 de diciembre de 1977 estaba ahí. Adentro de El Vesubio, el cambio de año se festejó con más tiros.

“A mí me agredieron una sola vez y en concreto porque no recordaba el número que me habían puesto y me lo hicieron recordar a base de golpes”, explicó cuando se lo preguntaron. “Luego estuve con un estreñimiento de doce días, y para ir al baño nos tenían que llevar, de madrugada me dio una infección intestinal y por eso tuve problemas y tenía que ir al baño seguido y eso molestó al guardia.” También relató en primera persona escenas de las que no suelen hablar los varones, y ahora empiezan a aparecer en los juicios. Adentro del centro, explicó, los guardias los humillaban. Lo hicieron bañar con su amigo Javier, contra la pared, mientras los represores de atrás se reían y les decían que froten los cuerpos uno con otro. Y se reían, les gritaban, comentaban.

Además de Arturo y Javier, había otro secuestrado de Mercedes, era Juan Carlos Benítez, al que habían detenido antes. Un día, les anunciaron que los iban a devolver. “Nos visten con ropas que no eran lógicas porque eran extremadamente pequeñas, nos alambran las manos, y ya nos habían dicho que eso significaba que nos iban a matar, porque así aparecían los cadáveres de la mayoría de la gente.”

Finalmente llevaron a sus compañeros a Devoto. El salió en un camión para Mercedes. Durante el trayecto el infierno no terminó. La camioneta se metió en un camino de tierra paralelo a la ruta, se paró, escucharon a los guardias, decían que los iban a matar, pero de pronto subieron y el viaje siguió.

María Cristina acompañó a su madre cuando llamaron para retirarlo. “Arturo era un fantasma”, dijo ella. “Apenas si podía caminar, tenía un olor terrible, ese olor que te da la adrenalina.” El se fue a Madrid quince días más tarde, no volvió a la Argentina durante diez años. En Madrid es director y dramaturgo, vive en un carromato, y su hermana asegura que no es clown, sino payaso. Ahora es un payaso Tony, como su padre, de esos que se dejan pegar. Claro que ahora está sobre un escenario.

–¿Qué le provocó el exilio? –preguntó Crous.

–Me gustó venirme al exilio, festejaba la vida todos los días, y me sentí un poco con culpa muy grande por haber dejado a mis compañeros en la cárcel y yo gozar de la libertad sin haber hecho ni más ni menos que ellos.

La fiscalía les pidió a los jueces que separaran parte de la causa, vinculada con los hechos de Mercedes, porque empiezan a tener una unidad que debería investigarse.

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Arturo Chillida es director y dramaturgo, vive en un carromato, y su hermana asegura que no es clown, sino payaso.
Imagen: Rolando Andrade
 
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