EL PAíS › OPINIóN

Simplificaciones malvineras

 Por Federico Lorenz *

En las discusiones recientes en torno de Malvinas aparecen, aunque no igualmente explícitos, tres ejes que vale la pena identificar.

El primero de ellos tiene que ver con el derecho argentino a reclamar el archipiélago. El segundo, con el lugar de los malvinenses en la disputa. El tercero, a mi juicio el más importante, tiene que ver con las características del país que hoy reclama las islas. Es, a la vez, el más desafiante, pero también el que evidencia con mayor fuerza el nivel pobre y superficial de muchas de las intervenciones que, aunque formalmente se refieren al archipiélago, son una fotografía de intereses más coyunturales.

Las polarizaciones, aparentemente, se han establecido entre el grupo que firmó “Malvinas: una visión alternativa” y quienes, en general con gran intolerancia, han salido a enfrentar lo que consideran una visión probritánica o, directamente, antiargentina. Ambas posturas pecan de simplistas en relación con el problema. Sólo de ese modo el grupo de intelectuales puede ignorar el mandato constitucional de recuperación, el cambio de contexto internacional, la historia regional y nacional, y hablar de la “autodeterminación” de los isleños. La mayoría de los firmantes han reclamado reiteradamente al actual gobierno respeto por las instituciones; sin embargo, a la hora de proponer una mirada alternativa sobre Malvinas, una cláusula transitoria de la Constitución nacional parecer ser sólo un dato. Como los firmantes no ignoran esto, debemos detenernos entonces en su intencionalidad política, y lo que emerge, antes que nada, es la impronta opositora del texto, para la cual Malvinas es un instrumento, como antes lo fueron la política de derechos humanos, los funerales de Kirchner o la operación de la Presidenta. Esa oposición al Gobierno –válida, respetable, imprescindible– lleva a sobredimensionar algunas cuestiones específicamente malvinenses que la misma historia desmiente, entre ellas el nacionalismo que, aunque esencialista en sus visiones, no es esencial, sino que modifica sus prácticas y anclajes a lo largo de la historia, como saben perfectamente la mayoría de los firmantes. Esa desmesura interpretativa lleva a ignorar otros datos de la realidad: la historia de la expansión imperialista británica, de su incidencia en el Cono Sur, y la actual lucha por los recursos. Al reaccionar contra la actual política, lo hacen frente a esperpentos del pasado, como el Galtieri de 1982, sin tener en cuenta cuántas cosas han cambiado.

Quienes los denuestan hacen lo mismo. Hacía tiempo que palabras como “cipayo” no las leía sino en las mesas de saldo en Parque Rivadavia. La última vez que vi en imprenta otras como “apátrida” y “antiargentino” fue en documentos del servicio de inteligencia de la Policía Bonaerense del año 1974, para referirse a militantes obreros. Quienes sostienen el modelo “nacional y popular” también están atados, de un modo nostálgico, a una Argentina pasada, que aparentemente se regenerará cuando expulsemos a los que piensan distinto y, claro, recuperemos las Malvinas. Sólo así puede explicarse que autores como Federico Bernal hayan calificado de “acto en legítima defensa” el desembarco del 2 de abril de 1982: porque el conflicto entre una Argentina incompleta y las fuerzas que atentan contra su grandeza es eterno y ahistórico, tanto como los fantasmas que preocupan a los 17 firmantes. Sólo este tipo de simplificaciones permite que a la vez, en el mismo texto, el autor califique a Horacio González, una de las espadas intelectuales del Gobierno, de “promover, respaldar –voluntaria e involuntariamente– la posición imperialista y colonialista británica”. O sea: quien no piensa en la clave del nacionalismo irredentista, o es traidor o es tonto. Del mismo modo, para volver a “los 17”, quien apoya el reclamo o sostiene ciertas banderas no es más que masa disponible para que le rellenen la cabeza con cualquier tipo de estopa, eso sí, bien inflamable.

El director de la Biblioteca Nacional no necesita que este historiador lo defienda, pero el ejemplo vale para resaltar lo errado y anacrónico de los marcos conceptuales para pensar el problema de Malvinas, en vistas a una resolución favorable de la disputa, pero también para pensar las formas de la soberanía popular de la sociedad que reclama el fin de una situación colonial y la restitución del archipiélago.

Cualquiera que haya leído cuentos como “El australiano” o “De cómo murió el chilote Otey”, del chileno Francisco Coloane, la multieditada La Patagonia Rebelde, de Osvaldo Bayer, el menos conocido pero fundamental El último confín de la Tierra, de Lucas Bridges, sabe de las superposiciones entre identidades y experiencias, de la debilidad del concepto de fronteras nacionales que son constitutivas de la conformación de una experiencia patagónica anclada en hombres y mujeres de distintas procedencias, en los que la impronta británica es uno de sus rasgos distintivos. ¿Es esto un argumento a favor de la autodeterminación? No, pero sí una advertencia acerca de lo que implica pensar nociones como soberanía y nación incorporando la experiencia histórica y la dimensión regional.

El documento alternativo ha repetido el fenómeno del “bombero piromaníaco”: les ha dado aire a reaccionarios y xenófobos marginales pero siempre presentes que se erigen en defensores de la nacionalidad y que por extensión reivindican a la dictadura. Hay límites a esto. El documento de Memoria Paz y Soberanía, corriente de pensamientos de ex soldados de Malvinas lo pone claro: no puede haber reivindicación al precio de amparar a represores bajo el argumento del sacrificio en batalla. Para evitar otra simplificación: son ex soldados que en los años ’90, cuando otros que hoy claman contra “los intelectuales” pactaron con el menemismo, decidieron no vender la memoria de sus muertos.

“Malvinas”, en definitiva, sigue teniendo una gran vigencia. No, desde una mirada nostálgica, “porque cuando sean recuperadas recuperaremos la Argentina” ni porque su sobredimensionamiento condiciona la política nacional. Sencillamente, porque es una forma más de preguntarnos qué país quiere ser el que recupere las islas y reciba a sus habitantes.

* Historiador.

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